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Un nuevo telón de acero

Lituania y Bielorrusia formaban parte de la URSS en la época soviética y muchos pueblos se encontraban a ambos lados de una frontera que sólo existía sobre el papel. Hoy, visitar el otro lado de la frontera constituye toda una carrera de obstáculos.

Publicado en 25 octubre 2012 a las 15:54

Hace sólo veinte años, Lituania y Bielorrusia pertenecían a la Unión Soviética. Los dos países vecinos sólo estaban separados formalmente, por una línea sobre un mapa. Actualmente, una alambrada marca la frontera, una especie de nuevo telón de acero que se erigió tras la caída del comunismo. Mientras que Lituania ha pasado a ser miembro de la OTAN y de la Unión Europea y pertenece al espacio Schengen, el régimen autocrático de Alexander Lukashenko domina Bielorrusia.

Esta alambrada metálica coronada con espirales de alambre de espino no sólo ha separado dos países, sino también un pueblo. A un lado, la parte lituana conocida por su castillo restaurado del siglo XVI y su festival de música Be2gether, se llama Norviliskes; al otro lado se encuentra Piackunai, la parte bielorrusa. Se han separado a algunas familias, a otras personas se las ha alejado de sus vecinos, de la iglesia o del cementerio.

“Mi tía vive al otro lado de la frontera. Podemos hablar a través de la alambrada. No lo prohíben ni los bielorrusos ni los lituanos. Sólo necesitamos la ayuda de los vecinos para ponernos de acuerdo sobre el horario”, comenta Stanislaw Alencenowiczius, cuya casa marca el fin del territorio lituano. La frontera pasa justo por la mitad de su huerto de patatas.

Aunque las dos partes del pueblo están a dos pasos de distancia, al pasar al otro lado de la frontera, se llega a un mundo totalmente distinto. Al noroeste del terreno de Stanislaw Alencenowoczius, se distingue entre los árboles el castillo blanco de Norviliskes. Hacia el este tan sólo hay casas de madera en ruinas y abandonadas, alineadas tras una doble fila de alambradas.

«¿Para qué iba a infringir la ley?»

Antes, este hombre nacido en Lituania, solía recibir la visita de sus familiares de Bielorrusia, o bien él se desplazaba con frecuencia a este país. Hoy, para ir a casa de su tía, a la que puede llamar desde su casa alzando la voz, tiene que recorrer 40 kilómetros hasta la ciudad de Salcininkai para recibir su visado en el centro cultural bielorruso, antes de presentarse en el puesto fronterizo. El camino que pasa delante de la casa de Stanislaw Alencenowiczius lleva hasta una puerta cerrada a cal y canto. A unos pasos de la frontera, en la parte lituana, no hay ninguna señal de vida en el contenedor metálico verde.

Al otro lado, no hay ni un solo bielorruso de guardia. Pero no hay que confiarse: está prohibido arrojar objetos al otro lado de la frontera o intentar trepar por la alambrada. Apenas comenzamos a caminar a lo largo de la alambrada, llega un minibús verde oscuro sin ningún distintivo visible. Se detiene unos minutos y se vuelve a marchar tan discretamente como ha llegado.

En Norviliskes, la frontera ha separado a Leokadija Gordiewicz de su marido y sus dos hermanas. Una vive en Piackunai, a tan sólo 500 metros de allí. Allí también se instaló su compañera del colegio, pero es imposible mantener la relación. Ni siquiera se comunican a través de la alambrada. “¿Para qué iba a infringir la ley?”.

Se casó en la época soviética y al principio vivió con su marido en Lituania. Luego él encontró un trabajo en Bielorrusia y obtuvo un pasaporte bielorruso antes de decidir permanecer al otro lado de la frontera, en Asmena. Nuestra interlocutora no visita a sus familiares. Sólo el viaje hasta Salcininkai y un visado anual cuestan 600 litas [174 euros]. Y no puede permitírselo.

«Aquí comienza Europa»

Cuando le preguntamos cuándo fue la última vez que vio a su marido, Leokadija Gordiewicz calcula mentalmente. Hace unos años, pero ya no se acuerda cuándo exactamente. “Me divorciaría, pero cuesta demasiado caro”, comenta riéndose. Se toma todas las preguntas con humor, pero no logra ocultar su sufrimiento al responder, ya sea por esa vida dividida o por las dificultades financieras.

En medio de la conversación, un minibús se dirige a toda velocidad al castillo de Norviliskes. Según Leokadija Gordiewicz, el fin de semana siempre hay visitantes. “Los coches son preciosos. Sin embargo, todo el mundo dice que vivimos mal. Pero ¿de dónde vienen? De Bielorrusia”. No tiene dudas: los coches los compran gracias al dinero que se gana con el contrabando de tabaco y gasolina más barata del otro lado de la frontera.

En otro pueblo, Sakaline, dividido de forma similar, la visión es la misma. Las casas lituanas están pintadas de colores distintos, en las calles se cultivan macizos de flores, los huertos están surtidos y las ramas de los manzanos se inclinan por el peso de la fruta. Justo detrás de la frontera, todas las casas están abandonadas. Pero cerca del contenedor metálico verde del puesto fronterizo, encontramos un 4×4 y un guarda fronterizo en servicio. Aquí hay que estar al acecho, porque de lo contrario, vuelan los paquetes de tabaco.

“Aquí comienza Europa”, afirma con orgullo Ceslava Marcinkevic, jefe del cantón de Dieveniskes, la pequeña ciudad de este pedazo de terreno lituano en Bielorrusia, a una hora en carretera de Vilna, en Lituania. “Pero también termina aquí, porque lo que hay alrededor es una alta alambrada metálica que separa a los Estados y a las familias. La gente no puede visitar a sus familiares. Hay posibilidad de hacerlo, pero cuesta dinero y se tarda mucho tiempo”. Este pequeño territorio, el bucle de Dieveniskes, se adentra unos 30 kilómetros en el territorio de Bielorrusia.

La pipa de Stalin

En 1939, cuando las fronteras lituanas se volvieron a trazar en el Kremlin después de que el territorio de Vilna se devolviera a Lituania, la pipa de Stalin estaba apoyada en el mapa y como nadie se atrevió a quitarla, se rodeó al trazar la línea. Esta es la leyenda que les gusta contar a los habitantes de este lugar con una sonrisa no disimulada.

La historia real no es tan emocionante. En cien años, el trazado de la frontera ha cambiado al menos cinco veces. Los habitantes más ancianos de la región se divierten contando que sin mudarse, han vivido en tres Estados distintos: Polonia, la Unión Soviética y luego Lituania o Bielorrusia. El territorio de Vilna perteneció a Polonia prácticamente durante todo el periodo de entreguerras. El Ejército Rojo lo ocupó en septiembre de 1939, pero la frontera no se pudo trazar hasta 1940, cuando la URSS ya era dueña de Lituania.

Cuando los dos países recobraron su independencia, la frontera interna pasó a ser el límite entre los dos Estados y se podía visitar a los vecinos sin demasiadas restricciones. Los bielorrusos podían desplazarse a Lituania para rezar y visitar el cementerio y las tumbas de sus familiares cercanos.

Pero con la adhesión de Lituania a la Unión Europea, su frontera con Bielorrusia, que se extiende 677 kilómetros, se convirtió en la frontera exterior de la Unión Europea, y por consiguiente la frontera del espacio Schengen, de ahí la necesidad de aumentar la seguridad contra la inmigración ilegal y el contrabando. El visado que entonces costaba 5 euros, ahora cuesta 60 euros. Para visitar Lituania, los bielorrusos que viven justo al lado de la frontera tienen que desplazarse hasta el consulado de Grodno, a más de cien kilómetros, hacer la cola, volver para recoger los visados, pasar la frontera y finalmente llegar de nuevo a Norviliskes, justo al otro lado. Visitar a la familia que vive a unos cientos de metros es más complicado que irse de viaje un fin de semana a Londres o a París.

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