Una joven democracia sacudida por el escándalo

Los casos de corrupción se suceden y se acumulan en Tallin, pero los responsables políticos evitan reaccionar y prefieren mantenerse en un segundo plano por miedo a verse salpicados también. Frente a ellos, la reacción de la sociedad y de las instituciones resulta insuficiente.

Publicado en 4 septiembre 2012 a las 15:21

Ya han pasado tres meses desde el estallido del escándalo Silvergate y de momento no ha habido consecuencias. Teniendo en cuenta que el escudo de protección de la élite política estonia parece inquebrantable y que la incapacidad de ésta a mirarse frente al espejo es tan tenaz, casi no resulta sorprendente que así sea.

No obstante, faltaríamos a la verdad si afirmásemos que esta crisis política no ha tenido ninguna consecuencia: algunos políticos podrían tener que vérselas con la justicia y la concepción maniquea de la política empuñada hasta ahora por los partidos en el poder como fuente de legitimación, ha perdido brío. Por otro lado, la Comisión de la Constitución del Riigikogu [Parlamento] está a la espera de las propuestas de la sociedad civil y de los especialistas para modificar la ley de partidos.

Cartelización de la vida política

Sin embargo, nada de esto basta, ya que nos encontramos ante un fenómeno de cartelización de la vida política. Con respecto al resto de Europa, y debido a una experiencia democrática más breve, este fenómeno ha cuajado particularmente rápido en Europa central y oriental y Estonia ha sido el país más “ejemplar” en la materia.

Resulta pues fácil de entender el silencio de nuestra élite política. Determinadas formas de financiación de los partidos se han convertido en un tema tabú. Incluso está bien visto no hacer alusión a este tipo de cuestiones durante las contiendas políticas. Por último, el verdadero “error” de Silver Meikar, no sólo de cara a su formación, Reformierakond, sino también hacia los demás partidos, ha sido el de violar este acuerdo tácito. Incluso los partidos de la oposición, que en general se apresuran a denunciar cualquier pequeño mal paso dado por los partidos en el poder se han mostrado bastante abúlicos. Todos saben que echar piedras contra el tejado ajeno sobre algo que se les podría reprochar igualmente, entrañaría una venganza particularmente amarga.

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Así pues, el escándalo del Silvergate deja entrever unos partidos estonios unidos en un club de conspiradores cuya conciencia no está del todo tranquila y que, por este motivo, no se atreven a dar ningún paso para abordar estas cuestiones públicamente. La fusión progresiva de los partidos con las estructuras estatales y su distanciamiento de la sociedad es otra de las tendencias de la política estonia actual. La élite política vive cada vez más en una burbuja.

No es necesario estar dotado de una capacidad de análisis extraordinaria para comprender el riesgo que entraña semejante situación desde el punto de vista de la democracia. En el fondo, hemos llegado a un punto en el que si los cuatro partidos presentes en el Parlamento debieran tomar una decisión consensuada, no habría ninguna otra voz en Estonia capaz de decir “no” en voz alta y clara.

La "cultura del insulto"

Las instituciones, al igual que la sociedad civil, los medios de comunicación o el presidente Toomas Hendrik Ilves, que habrían podido hacer presión y romper la ley del silencio, están ahí pero no han conseguido hacerlo por diversas razones. Si bien la sociedad civil se ha ido consolidando a lo largo de los últimos años, no existe una cultura de oposición en Estonia y los partidos en el poder son demasiado fuertes como para que las distintas formaciones políticas puedan llevar a cabo de forma inmediata las distintas acciones públicas. Los ciudadanos defraudados y disgustados han optado, por su parte, por quedarse en sus casas lamentándose.

Aunque la reacción de los medios de comunicación ante este escándalo ha sido contundente, se han concentrado demasiado en buscar culpables y no se ha llevado a cabo un debate constructivo. Además, es también palpable la sustitución de la cultura de debate por una “cultura del insulto”: ya no sabemos debatir ni resolver los problemas con respeto y mesura.

Por último, también ha sorprendido la reacción desproporcionada del presidente. A pesar de haber enviado un aviso, éste ha resultado ser demasiado timorato con respecto a su respuesta ante otro escándalo reciente [que afectaba al partido centrista Keskerakond], mucho menos trascendente para la democracia del país.

Tenemos así una visión completa de la sociedad estonia: por un lado los partidos-cárteles y, por otro, las instituciones (sociales) incapaces de obligar a los políticos a mirarse al espejo. Las consecuencias para el país son deplorables. Hemos construido un sistema carente de mecanismos de contrapoder y de control de las instituciones democráticas que constituyen los partidos políticos. Estamos ante un sistema que podría acabar cerrándose completamente, haciendo oídos sordos a la voz de la ciudadanía y perdiendo un reflejo, por otra parte, natural, el de la mirada crítica.

Corrupción

El Silvergate revela la financiación oculta de la política

El escándalo político estalló el pasado mes de mayo a partir de las sospechas de blanqueo de capitales a través de unas donaciones realizadas por miembros del partido en el poder, Reformierakond [Partido Estonio de la Reforma, liberal], a su propio partido. El caso ha sido bautizado Silvergate en referencia a su protagonista principal, Silver Meikar (en la foto), exmiembro del partido, quien ha reconocido públicamente haber transferido donaciones sin conocer el origen del dinero en metálico. Según él, habría varios miembros del partido implicados entre ellos Kristen Michal, el ministro de Justicia actual, al que ha mencionado explícitamente. Una exmiembro del partido también cuenta que recibió 1.000 euros de manos de un parlamentario de Reformierakond, que transfirió a la cuenta del partido como si fuese una donación personal.

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