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Bosnia y Ucrania: dos rieles de la misma vía

La agresión contra Ucrania posee todas las características de una larga guerra de desgaste. Para mantener la paz y la prosperidad en la UE, los europeos deberán salirse de su zona de confort y hacer sacrificios, explica el poeta bosnio Faruk Sehic, que experimentó la guerra de primera mano como soldado en su tierra natal.

Publicado en 14 julio 2022 a las 12:10

Si le hablas a una persona en la calle en Sarajevo y le preguntas qué piensa sobre la guerra en Ucrania, te dirá que, en su opinión, casi todo lo que ocurrió en la guerra de Bosnia y Herzegovina está sucediendo también en Ucrania.

Alguien en Twitter escribió que la guerra en Ucrania era una partida de ajedrez rápido comparada con la guerra de Bosnia y Herzegovina, ya que en Ucrania todo estaba sucediendo a un paso más frenético.

Unos días antes de la invasión de Rusia a Ucrania, realicé una entrevista con un joven escritor ucraniano, y me dijo que el objetivo de Rusia era conquistar toda Ucrania. No es que no le creyera, pero mi mente está configurada para poner un granito de optimismo incluso en el peor clima apocalíptico.

Era flagrantemente obvio que Rusia iba a atacar porque nadie instala hospitales de campaña para recibir a heridos si solo se están realizando maniobras. Las personas que no están familiarizadas con los mecanismos de guerra creen que es fácil parar una máquina de guerra de 190 000 efectivos que incluye miles de tanques, vehículos blindados, piezas de artillería y unidades logísticas.

La máquina de guerra entró en acción en las horas tempranas del 24 de febrero, y se desencadenó el infierno en Ucrania.

En abril, conmemoramos el 30 aniversario de la agresión y la guerra contra Bosnia y Herzegovina. Consideramos los inicios de abril de 1992 como el punto de inflexión que marca el inicio de una nueva era (antes, durante y después de la catástrofe). Este cálculo de tiempo continúa existiendo para la mayoría de la población de este país, que nació suficientemente antes de 1992 para tener recuerdos de la vida civil previa a la guerra.


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Incluso después de un mes de guerra en Ucrania (y quizá desde antes), escuché a los ucranianos comenzar a utilizar la frase «antes de la guerra». Hemos pasado por lo mismo que ellos, pero nadie nos pregunta al respecto ni nos pide ayuda.

La guerra te hace empezar a mirar la vida y la muerte con otros ojos. Antes de nuestra guerra «más o menos pequeña» (una frase irónica que uso en trabajos literarios), quería ser poeta y escribí poemas ultrametafóricos e incomprensibles. Después de la guerra intenté con persistencia escribir tan clara y precisamente como fuese posible, en especial sobre los eventos de la guerra. Esta lucha con el lenguaje duró un buen tiempo, y luego atravesé la barrera y pude ver los contenidos de mi memoria de la guerra con claridad absoluta. Fue en ese momento que me convertí en escritor. La guerra fue un inmenso catalizador en el proceso.

En un texto para The Paris Review, Ilya Kaminsky cita a la poeta ucraniana Daryna Gladun: «Dejé de lado las metáforas para hablar sobre la guerra en palabras claras». Muchos poetas de Sarajevo pasaron por lo mismo durante el asedio de esta ciudad – el más largo de la historia en cuanto a las guerras modernas. El famoso poeta esloveno Tomaž Šalamun una vez afirmó que no había escrito nada de poesía durante la guerra en Bosnia.

La maldición del ser humano es que cada persona piensa, de manera narcisista, que la horrorosa situación que está viviendo en completamente única e incomparable. Cualquiera que ha sobrevivido la guerra sabe que esto es enteramente falso. La gente suele pensar que solo puede sentir dolor en su propio cuerpo (por eso el narcisismo), pero también puede sentirse en los cuerpos de otros. El dolor de la guerra es transcorporal y omnipresente.


La guerra no es algo que quieras experimentar. Nadie en su sano juicio lo desea. Es un regreso a la Edad de Piedra y a lo más básico de la vida


El 21 de abril de 1992, el ataque comenzó en mi ciudad natal en el extremo oeste de Bosnia.

En ese entonces estaba estudiando en Zagreb. Regresé a mi ciudad porque sabía que la guerra comenzaría pronto: varias formaciones serbias regulares e irregulares habían comenzado a atacar localidades en el este de Bosnia a inicios de abril.

Vi cómo los poblados ardían a lo largo del río Drina, la frontera natural entre Bosnia y Herzegovina y Serbia, pese a que el país todavía se llamaba República Federativa de Yugoslavia. Pero no quedó nada de Yugoslavia porque Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina habían declarado su independencia y se habían separado de ella.

Estaba sentado en el café Casablanca cuando el ataque comenzó en Bosanska Krupa, la localidad donde crecí. Estaba usando Levi’s, un plumífero y zapatillas Adidas. Estaba bebiendo cerveza y escuchando música en la terraza del café. Era un día encantador, pero poco después de las 6 p.m. inició un ataque de artillería. Fue en ese momento que me di cuenta del significado de la expresión «terror mortal». Con la ayuda de las fuerzas del antiguo Ejército Popular Yugoslavo, los militantes del Partido Democrático Serbio bombardearon la ciudad desde las colinas circundantes.

Yo no me ofrecí como voluntario ni fui reclutado. Estábamos rodeados de fuerzas enemigas y no había forma de abandonar la zona (después llamada bolsa de Bihać o distrio de Bihać), a menos que pudieses volar. Tomé las armas porque fui expulsado de mi piso, mi calle y mi vecindario. Mi conciencia me exigía que luchase.

Peleé durante 44 meses como soldado y luego como oficial, cuando dirigí una unidad de 130 hombres durante varias operaciones de combate complicadas, al final de la guerra. Una vez recibí una herida seria en el pie izquierdo. Necesité muletas para caminar durante seis meses. El dolor era más o menos tolerable porque era joven y mi cuerpo tenía la fuerza del acero. En ese momento no teníamos tiempo para pensar en la transcorporalidad del dolor, ni para obsesionarnos con el nuestro.

Recuerdo tener que ir al baño en una silla de ruedas especial que tenía un hueco en el asiento para hacer el número dos. También era incómodo orinar, pero me recuperé rápido. Regresé a la unidad y retomé las mismas responsabilidades que tenía antes de mi herida, como comandante de un pelotón de treinta hombres. Después de mi herida pude haber pedido que me transfirieran a un lugar un poco más seguro, lejos de la primera línea, pero no quería quedarme esperando en una unidad de logística a que la guerra terminara. Quería utilizar mis habilidades de combate para contribuir a poner fin a la guerra, que nos parecía interminable.

El tiempo cronológico se detiene durante la guerra. (En el texto de Paris Review que mencioné, varios escritores ucranianos de Bucha destacan que el tiempo se ha detenido para ellos porque entienden lo absurdo e inútil que es medir el tiempo durante la guerra). Usábamos relojes en nuestras muñecas, pero mostraban horas sin sentido. No había televisión, escuchábamos la radio y no había periódicos. Estábamos desconectados del resto de nuestro país y del mundo civilizado.

Nos encontrábamos en un pequeño enclave a solo cinco horas en coche de Viena, al menos antes de la guerra. Pero en ese momento vivíamos como si estuviésemos en el fin del mundo, por lo que el tiempo era irrelevante. Nosotros albergábamos un tiempo distinto en nuestro interior – el que cuentas desde el instante en que tu vida idílica y civilizada se derrumba y te conviertes en refugiado. Tras los primeros momentos de shock, fuimos rápidos en aceptar el modo de vida apocalíptico.


Si Ucrania es derrotada, nunca volveremos a vivir en la paz que prevalece en el presente


La guerra no es algo que quieras experimentar. Nadie en su sano juicio lo desea. Es un regreso a la Edad de Piedra y a lo más básico de la vida. En la guerra, podrías vender un cepillo de dientes, un tubo de pasta de dientes o una navaja y emborracharte con ese dinero. Una vez lo hicimos: fuimos a una localidad bastante alejada del frente, bebimos cerveza y escuchamos a Whitney Houston cantar «I Will Always Love You» en MTV. No es que fuéramos fanes de ella. Preferíamos el grunge, y antes escuchábamos la new wave, pero nadie nos preguntó sobre nuestra identidad musical ni ningún otro tipo de identidad urbana.

Ni siquiera sabíamos que los nacionalistas serbios nos veían como los Otros que debían ser expulsados de las «tierras serbias», matados, despojados y encarcelados en campos de concentración. En el verano de 1992, cuando el ejército y la policía serbios ocuparon la localidad de Prijedor, todos los no serbios debían usar bandas blancas en sus brazos y colgar sábanas blancas en las ventanas de sus casas y pisos. Ahí comenzó el genocidio, y terminó con el genocidio de Srebrenica, probado por el tribunal, en julio de 1995. La frase «nunca más» se repitió en los campos de concentración de Prijedor en el verano de 1992 y ahora se está repitiendo en Ucrania.

Si bien mi familia y yo, mis compañeros de armas y mis conciudadanos pasamos por el peor sufrimiento y el peor calvario posibles (como refugiados, soldados y civiles), nunca me he permitido odiar a todo un grupo de personas. Solo he odiado a ultranacionalistas y criminales de guerra, no a otros miembros del pueblo serbio.

Teníamos que pelear por nuestra supervivencia misma. Y cuando luchas de esta manera, nunca puedes ser derrotado porque ninguna idea es más fuerte que la de tu propia vida. Ahora mismo, los ucranianos están luchando en un combate de vida o muerte. Cuando te encuentras en la posición de no tener nada que perder salvo tu propia vida es cuando eres más fuerte. La voluntad de vivir es imposible de extinguir. Nuestra vitalidad y nuestra voluntad de vivir eran indestructibles. Éramos inquebrantables, como diamantes. Nuestros cuerpos eran jóvenes y estaban llenos de energía primaria.

En el otoño de 1995, finalmente logramos recuperar nuestra localidad después de haber sido expulsados de ella en la primavera de 1992. Estaba en ruinas, pero la reconstruimos. Años después de la guerra, te das cuenta de que la vida nunca será igual que antes. Apenas pierdes aquella vida arcádica, es imposible encontrarla de nuevo.

Nada de esto preocupa a la gente de Ucrania en estos momentos. Esperan que la guerra acabe tan pronto como sea posible, pero la guerra tiene su propia lógica, ajena a la lógica humana. La agresión contra Ucrania posee todas las características de una larga guerra de desgaste.

El día en que comenzó la guerra en Ucrania, escribí en Twitter que los rusos cometerían crímenes de guerra, aun cuando todavía no habían ocurrido. Para quienes vieron y escucharon a Putin durante el discurso en el que reconoció la independencia de los pequeños estados falsos de Lugansk y Donetsk, estaba claro que pronto llegarían la guerra y otras atrocidades. Se refirió a Ucrania como un estado falso y a los ucranianos como un pueblo falso.

Milošević y Karadžić dijeron lo mismo sobre Bosnia y Herzegovina y los bosnios – que eran falsos y no merecían existir. Esas palabras luego se convirtieron en los peores crímenes de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Espero que los crímenes del ejército ruso no superen a los que se cometieron en mi país.

La masacre descubierta en la pequeña ciudad de Bucha, cerca de Kiev, será menor comparada con los horrores que tendrán lugar si la guerra continúa a este ritmo. Todavía no conocemos la escala de los crímenes de Mariúpol. Ucrania se encuentra en un estado severo de shock porque fue atacada mientras todos dormían. La noche previa al ataque, la vida era completamente pacífica para la gente en Kiev. Las calles estaban llenas de personas, los bares estaban abarrotados.

Cuando alguien te ataca de la nada, te quedas perplejo – no crees lo que te está pasando. Descubriremos los verdaderos crímenes y atrocidades de la invasión rusa de Ucrania cuando la guerra se termine. Lo más importante es que la máquina de guerra rusa en Ucrania se quebrante y sea detenida. El dictador solo entiende el idioma de la fuerza, y las políticas de apaciguamiento fortalecen su poder. En la UE, las personas deberán abandonar su zona de confort porque ese será el sacrificio que deberán hacer mientras los soldados ucranianos mueren cada día para mantener la paz y la prosperidad en la Unión Europea. Si Ucrania es derrotada, nunca volveremos a vivir en la paz que prevalece en el presente.

Las ciudades ucranianas se reconstruirán a partir del polvo y las cenizas. Todo el país puede levantarse de nuevo. Lo que no se puede recuperar son los muertos. Estas heridas nunca se sanarán, pero se puede vivir con ellas, y hay que hacerlo. El trauma de la pérdida te marca y nunca desaparece. Creo en la determinación y el valor de los soldados y los ciudadanos ucranianos, tal como creía en nosotros. Creo en la victoria de la vida sobre la muerte. El cuerpo humano es frágil, pero la vida es adamantina.

En asociación con S. Fischer Stiftung

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