Hace poco, el destacado historiador social Jürgen Kocka recordaba que las grandes crisis del capitalismo en muchas ocasiones han servido de catalizador de las reformas profundas del propio sistema capitalista. Podría ser una esperanza y debe servirnos de advertencia: si la crisis del euro brinda alguna oportunidad de que surjan "efectos productivos", esa oportunidad debe aprovecharse ya.

Las crisis anteriores allanaron el camino a los cambios estructurales o al menos los aceleraron. Las crisis dieron lugar a la institucionalización de la regulación estatal, al Estado del bienestar y en particular, al paradigma económico keynesiano que se impuso durante tanto tiempo. Éste era básicamente el panorama general. Sin embargo, al final, los "efectos productivos" acabaron una vez más por servir a los intereses particulares. Una de las explicaciones del actual batacazo es que una Alemania gobernada por una coalición integrada por los social-demócratas y los verdes, que liberalizó lo que estaba regulado y renunció al nivel de redistribución que ya se había conseguido, puso contra la pared esos efectos.

¿Se ha aprendido algo de la crisis de la deuda en Europa? Al parecer, no. Porque lo que se está dando a entender al preocupado público como gestión de la crisis no tiene nada que ver con los "efectos productivos" de los que hablaba Kocka. En la carrera contra "los mercados" para rescatar al euro, lo único que están demostrando los Gobiernos es dónde se encuentra realmente el poder. En lugar de abordar las causas de la crisis económica y política, se intenta dar con una explicación convincente, como si fuera la solución. Lo que se ha seguido dejando al Estado es que, desde 2008, ha tenido que soportar las cargas sociales de una crisis financiera privada. Y antes de que a los presupuestos públicos se les hubiera cargado el coste de propagar la riqueza privada, se recetó otra dieta para curar la enfermedad que ahora se denomina "crisis del Estado".

Si el euro fracasa...

Con la crisis, el principio alemán del "freno a la deuda" se ha expandido por toda Europa. ¿Quizás gracias a las virtudes de la ahorrativa ama de casa de Suabia? En absoluto. "Lo que no debemos hacer", afirmaba la canciller Merkel, "es que los inversores pierdan la confianza a lo largo del proceso". Esto revela a quién es fiel. E ilustra claramente a lo que se ha visto reducido el debate europeo: a un debate sobre ahorrar dinero, sobre mantener las reclamaciones sobre los activos, sobre conservar la competitividad.

Cuando alguien pide más "pasión por Europa", se apela en última instancia a reducir las autorizaciones para aplicar una disciplina presupuestaria, normas para las deudas soberanas y temas similares. Además, no se pueden ocultar las disputas de motivación política de la coalición sobre la política europea. El hecho de que el Parlamento se vaya a implicar más en el futuro en las decisiones sobre el rescate del euro no es en sí mismo la respuesta a la pregunta de qué van a rescatar los diputados.

"Si el euro fracasa, fracasa Europa", declaró la canciller y así dio rienda suelta globalmente a una amenaza que tendrá el mismo impacto en los parlamentarios de los partidos gobernantes que en los pequeños ahorradores y en los receptores de prestaciones, en los trabajadores y en los estudiantes, en los médicos y en los artistas, en los jubilados y en las amas de casa. Como mucho, la frase expresa sólo la mitad de la verdad.

Se están destruyendo las bases de una Europa mejor

Porque se están destruyendo las bases de una Europa mejor, de una Europa que, en la discusión sobre el Tratado de Lisboa, al menos estaba abierta al debate: una Europa que defendía las normas sociales, los derechos fundamentales que pudiesen exigirse. Quien desee salvar a Europa, pensando en algo más que un proyecto elitista ideado únicamente para servir a intereses económicos, a una Europa con su déficit demográfico, su competencia fiscal y dumping social, debe enfrentarse a los "salvadores", a Merkel, Sarkozy y compañía.

Es necesario, por un lado, porque a través de las mismas decisiones de gestión de la crisis ya se está creando la futura realidad constitucional de la UE. Por otro lado, no será tan sencillo, ya que la negativa a la vía del rescate por parte de una sociedad unida se puede confundir fácilmente con el populismo euroescéptico que se está extendiendo actualmente por esa misma sociedad. Estas críticas equivocadas de Europa han encontrado su "órgano central" en el tabloide Bild; lo que aún les falta es el apoyo de un partido político.

Austeridad autoritaria

Según una reciente encuesta, dos tercios de los ciudadanos de la UE creen que el mercado único sólo ha beneficiado a las grandes empresas. La mitad creen que el statu quo europeo ha degradado las condiciones laborales y que el estado actual de la integración política no aporta nada a los desfavorecidos. Esto dice mucho del carácter de la Europa que Merkel y otros desean salvar. Y aún así, sería un error abandonar por completo la noción y dar vía libre a los que ven la salida en los marcos alemanes, en la pérdida de solidaridad y la estrechez mental nacional.

Lo que está en juego es ni más ni menos que esto: o la crisis del euro se resuelve "desde arriba", con lo que se llegará a un régimen de austeridad autoritaria en la UE, que reducirá el margen de maniobra para la creación de políticas sobre el terreno y alejará las fuerzas sociales centrífugas del ideal europeo; o bien, la presión "desde abajo" obligará a los Gobiernos a cambiar su rumbo.

No bastará con una campaña publicitaria de los sindicatos. Ninguna crisis ha tenido "efectos productivos" únicamente realizando llamamientos. Tal y como nos recuerda Kocka, siempre se necesita una crítica al capitalismo, compromiso político y movilización social. Las críticas ya han salpicado todas las páginas de los periódicos, pero aún no se ha caído en la cuenta de que con eso no es suficiente.

Una traducción en inglés de este artículo apareció publicada en la red de comentarios de The Guardian en colaboración con Presseurop.