"Los alemanes también tienen problemas", afirma un joven, "no sólo los turcos". Necla Kelek ha escuchado esta afirmación otras veces. Hace una mueca antes de esbozar una sonrisa. "Hay muchas cosas que no funcionan en Alemania", comenta irónicamente. El joven se muestra satisfecho y Necla Kelek reconoce que si bien todos los musulmanes de Alemania no constituyen una amenaza para la democracia, algunos sí lo son y son precisamente en los que se centra. Necla Kelek, alemana de origen turco de 52 años, es la invitada del centro cultural de Achim, cerca de Bremen. Es autora de Himmelsreise (2010) ["Viaje al cielo"] del que acaba de leer algunos extractos.

En este libro, Kelek dirige una mirada crítica al islam y denuncia la opresión de algunas familias turcas afincadas en Alemania. Esta posición la convierte en un personaje muy polémico en este momento. El diario Süddeutsche Zeitung ya la ha acusado de "incitar al odio" y Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung la ha calificado de "cruzada". Lo interesante de Kelek es que defiende todos los valores que constituyen el fundamento de la sociedad alemana, es decir, la libertad, la democracia, la educación y el secularismo, y por ello recibe tantas críticas.

Una infancia inadaptada

Sus detractores estiman que no ha superado las humillaciones sufridas en su propia familia y por ello culpa al islam en general. De niña, Kelek dejó Turquía para vivir en una pequeña localidad de la Baja Sajonia, pero no lograba adaptarse a Alemania. Lo peor era el colegio y los recreos que pasaba sola. Fuera del colegio, Kelek seguía viviendo en un entorno turco, en el que el padre se comportaba como un dictador, la madre obedecía y los niños debían servir con reverencia al jefe de la familia. Kelek estudió dibujo técnico y se inició en sociología gracias a la fundación Hans Böckler, próxima al medio sindical. Considera a los integrantes de la fundación como "sus auténticos padres". Tras dedicarse a la investigación, actualmente vive de sus publicaciones. Aunque posee la ciudadanía alemana, cuando habla de Europa, siempre dice "los europeos" y no "nosotros, los europeos". Cuando se le advierte de este detalle, dice que se considera europea y sonríe, como si se la hubiera pillado in fraganti.

La sociedad necesita defensores implecables de la libertad

En su caso, lo desconcertante es ver con qué entusiasmo elogia la libertad. Los alemanes ya no hablan así. Kelek pronuncia palabras como democracia, sociedad civil y educación con una pasión que hoy sólo está presente al comentar los mejores partidos de primera división. Quizás sea necesario haber sufrido la esclavitud para profesar un culto similar a la libertad. Sus héroes son hombres como Heinrich Heine, intelectuales que lucharon por la libertad a comienzos del siglo XIX.

También sorprende que Kelek se atreva a criticar a la familia turca sin excusarse, sin apuntar en ningún momento que también hay muchos turcos en Alemania que están a favor de la democracia y la educación. Existen dos motivos que explican por qué los alemanes no saben defender sus propios valores: aprecian su tranquilidad y temen parecer intolerantes. Pero una sociedad libre necesita defensores implacables de la libertad como Kelek para no caer en el cinismo. Sin embargo, Necla Kelek se enfrenta a un dilema: un defensor de la tolerancia debe mostrarse intransigente ante la intolerancia. En su opinión, mientras el velo siga siendo la expresión de la sumisión de las mujeres, será inaceptable, la sharia no debe aplicarse en Alemania y los matrimonios forzados son vergonzosos. "La religión es parte de la libertad, pero no está por encima de ella", declara Kelek.

Para Kelek, la clave reside en hacer que los musulmanes se conviertan en ciudadanos europeos que respeten valores como la democracia, la libertad y el secularismo. Mientras la población de musulmanes no deje de aumentar, la sociedad debe luchar por cada hijo de inmigrantes. El sistema democrático necesita alcanzar una masa crítica. Los defensores del multiculturalismo a menudo olvidan este aspecto. Sin embargo, Kelek, la turca alemana, ha tenido un gesto difícil de comprender para un europeo. Al ver que la tumba de su padre en Turquía se encontraba en mal estado, pagó para que la restauraran y así poder descansar en este lugar con sus hermanos al final de sus días, junto al hombre que les oprimía. Se niega a que la entierren en otro lugar.