Un viernes 13 de junio, hace treinta años, una declaración emitida por la Comunidad Europea abrió nuevos horizontes al respaldar la “autodeterminación” del pueblo palestino e instar a la Organización para la Liberación de Palestina a que “se vinculase” a las negociaciones para la paz en Oriente Medio.

La “Declaración de Venecia”, que llegó en medio de los esfuerzos de EE.UU. por iniciar negociaciones entre Israel y Egipto sobre la autonomía palestina, de acuerdo con el tratado de paz firmado por ambos países un año antes, asombró a Jerusalén y crispó algunos nervios en Washington.

El primer ministro israelí, Menachem Begin, hizo las declaraciones más furiosas en los anales de la diplomacia. Llamando a la OLP “las SS árabes” y comparando la declaración europea con el apaciguamiento de Hitler: “Cualquier hombre de buena voluntad y cualquier persona libre en Europa que examinase este documento vería en él una rendición similar a la de Munich, la segunda de nuestra generación, a la extorsión tiránica y un estímulo para todos los elementos que aspiran a truncar el proceso de paz en Oriente Medio”, vociferó.

Los principios fundamentales de una solución global al conflicto

Después de eso, no sorprende que ni Bruselas ni Jerusalén se muestren entusiastas ante la celebración de su aniversario. Pero volver a Venecia ofrece una oportunidad para evaluar el estado de la declaración con el paso del tiempo y para reconocer un momento visionario en la política de Europa de Oriente Medio.

El veredicto está claro: los europeos tenían razón al señalar que para solucionar el conflicto árabe-israelí era necesario que Israel reconociese la “autodeterminación” de Palestina, la palabra designada en el código de la diplomacia para referirse a la independencia. Tenían razón al exigir la participación de la OLP en el proceso de paz. Y tenían razón al ejercer presión para alcanzar una solución global al conflicto árabe-palestino, una solución que iría más allá del acuerdo bilateral entre Israel y Egipto y la autonomía que ambos países iban a negociar en nombre de los palestinos.

De hecho, la declaración europea no sólo era correcta, sino también visionaria en la medida en que explicaba en detalle los principios que requeriría esta solución global. Estos principios incluían el reconocimiento del derecho a existir de Israel, garantías de seguridad para todas las partes del conflicto (incluyendo, si fuese necesario, el despliegue de una fuerza multinacional sobre el terreno) y una retirada de Israel de los territorios árabes que ocupó en 1967. Tras calificar a los asentamientos judíos de “grave obstáculo para el proceso de paz”, la declaración también desaconsejaba cualquier iniciativa unilateral para cambiar el estatus de Jerusalén. Estos son los principios que siguen definiendo los contornos del único acuerdo plausible entre Israel y los palestinos.

Pero aunque se haya demostrado que los europeos tenían razón, eso no significa que su movimiento diplomático no tuviese defectos. Para empezar, se equivocaron en el desarrollo diplomático de la declaración y, por lo tanto, contribuyeron a su rechazo. De hecho, a raíz de la actitud fría de los europeos desde el comienzo del proceso de Camp David, mediado por EE.UU., la declaración de Venecia olía a vindicación oportunista más que a esfuerzo de buena fe.

Oriente Medio espera su nueva Venecia

En cuanto a Washington, su resistencia a reconocer que las negociaciones sobre la autonomía no producirían ningún resultado sustancial, llevó a muchos años de retraso deliberado. Habría que esperar a diciembre de 2000 para que se pusiese al nivel de la declaración de Venecia presentando los llamados parámetros Clinton. La OLP, para quien la declaración constituyó un triunfo diplomático incuestionable, tardaría ocho años más en renunciar formalmente a la violencia y comprometerse a la solución de los dos estados.

Aún así, la OLP, EE.UU. y, en diversos grados, incluso Israel han acogido la visión europea y, tres décadas después, la declaración de Venecia sigue destacando como la iniciativa de paz en Oriente Medio más prominente procedente de Europa. El hecho de que tras esta declaración no haya habido otros esfuerzos tiene que ver con muchos factores, entre ellos la expansión del grupo europeo, la falta de un músculo político (ya no digamos militar) en Europa y los concienzudos esfuerzos de Washington por mantener a raya a Europa.

Los europeos a menudo se quejan de que su papel en Oriente Medio ha sido relegado al de pagadores en lugar de jugadores. El 30 aniversario de la Declaración de Venecia debería servir como recordatorio de la capacidad única de Europa de articular una visión más clara, valiente y previsora que cualquier otra parte involucrada. La región espera una nueva Venecia.