¿Quién se acuerda de Kosovo? La guerra de 1999. Los bombardeos de la OTAN contra Serbia. El despliegue de una fuerza internacional, la KFOR, y la creación de un protectorado bajo los auspicios de la ONU. Luego, el 17 de febrero de 2008, la proclamación de la independencia, hoy reconocida por cerca de 100 países. Acto seguido, la UE tomó el relevo de la ONU, con la creación de la mayor misión civil de su historia, la Eulex. En septiembre de 2012 acabó la supervisión internacional.

Resumida así, la historia parece lineal. Transmite la idea de una emancipación. Pero hay que analizar los detalles para entender los matices. Cuando se da la vuelta al nuevo código de procedimiento penal, se descubre el logotipo del departamento de Estado americano.

Ya lo hemos comprobado en Afganistán y en Irak: ganar la paz es mucho más complejo que ganar la guerra. Sucede lo mismo en Kosovo, donde se pone en tela de juicio el "nation building" (la creación de un Estado), su coste (más de 600 millones de euros en cinco años por el Eulex, la misión europea de policía y justicia) y sus métodos. ¿Cuál es el precio de la estabilidad y la paz tan deseadas, tras las sangrientas guerras de los años noventa?

Las sospechas no dejan de aumentar: parece que la UE hace la vista gorda en la lucha contra la corrupción y la delincuencia. La prioridad es el diálogo entre Kosovo y Serbia, iniciado en marzo de 2011. "Todo el mundo parece estar decepcionado con la Eulex, desde los Estados miembros hasta las autoridades locales", reconoce el esloveno Samuel Zbogar, representante especial de la UE en Pristina. "Pero es un error creer que basta con llevar unos jueces y unos policías para que todo cambie al instante. Se necesita tiempo".

Superposición administrativa caótica

Los años pasan y el debate se intensifica. En el otoño de 2012, el Tribunal de Cuentas Europeo publicó un informe crítico sobre los resultados de la Eulex. El ministro alemán de Defensa, Thomas de Maizière, acabó con un tabú diplomático, al opinar que la misión necesitaba "un nuevo inicio, nuevas personas, una nueva estructura y un nuevo nombre". A Berlín le molesta la presencia prolongada de la fuerza de la OTAN en Kosovo (la KFOR, con 5.500 soldados, de los cuales cerca de un cuarto son alemanes.

El primer punto débil de la Eulex es político: tiene que ayudar a un Estado que no reconocen cinco miembros de la UE. El segundo es territorial. La misión no puede trabajar correctamente en los municipios del norte de Kosovo, de población serbia. Los vehículos oficiales de la Eulex siguen sin traspasar las barreras levantadas en la carretera. A los testigos se les intimida o bien se muestran hostiles a la misión. El amontonamiento de las administraciones genera el caos. ¿Y cómo lograr que se respete la ley si no se sabe cuál aplicar?

Por último, hay que analizar las singularidades del proceso del "state building". Los expatriados de la Eulex, muy bien remunerados (8.000 euros mensuales de media), responden más a su Gobierno que a la jerarquía. Su estancia en Kosovo es demasiado corta, de uno o dos años, como para que conozcan debidamente los informes y la mentalidad, aunque muchos hayan trabajado en la Unmik, la misión de Naciones Unidas en Kosovo.

Sus compañeros kosovares no están listos para garantizar el relevo. Cerca del 80% se formaron durante en antiguo régimen yugoslavo y luego han estado unos años inactivos. Tras una reducción del 25% de los efectivos en 2012, se plantea una reforma de la Eulex. Si bien el fin de la misión se ha fijado para junio de 2014, es poco probable que finalice entonces. La justicia kosovar no tiene ni la libertad, ni los medios, ni las competencias para llevar a cabo por sí sola investigaciones delicadas.

Pequeños peces y tiburones

En Kosovo están teniendo lugar dos procesos. El primero, bajo los auspicios de la Eulex, consiste en la creación de un Estado de derecho. Para ello se necesitan decenios. El segundo es la normalización de las relaciones entre Belgrado y Pristina, con el apoyo de Bruselas, que un día guiará a estos países hacia la UE. Estos dos procesos son irreconciliables. La información de la que disponen la Eulex y los servicios occidentales en materia de corrupción y de delincuencia organizada es abrumadora. Concierne a la élite política kosovar, alrededor del primer ministro Hashim Thaci, es decir, las mismas personas encargadas de la normalización. Es difícil no realizar comparaciones con el clan del presidente Karzai, en Afganistán.

"Los jueces locales sufren la presión de los políticos y la Eulex, la de Bruselas", resume el investigador kosovar Shpend Kursani, del Instituto Kipred, autor de un informe sobre la misión europea. "Si las investigaciones pusieran en peligro la estabilidad y el objetivo del diálogo, la oficina de Ashton [alta representante de Exteriores de la UE] diría algo".

A falta de otro mejor, Hashim Thaci es el hombre de Occidente. Sobre todo porque existe una gran carencia de políticos. Tras la guerra, los altos cargos del Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), que aún eran jóvenes, asumieron el poder. La cultura del derecho y el bienestar de la población siguen siendo conceptos abstractos.

"Sólo acaban en prisión los peces pequeños, no los tiburones”, concluye Albin Kurti, líder del movimiento nacionalista Vetëvendosje. Albin Kurti reclama profesores y médicos europeos en lugar de jueces y de policías. Avni Zogiani, figura destacada de la sociedad civil, comparte estas dudas sobre las motivaciones de la Eulex.

"Les proporcionaron informes, pruebas", comenta el director de la organización COHU, vigía de la lucha contra la corrupción. "Han realizado investigaciones, pero al final no han inculpado a nadie. La Eulex indulta a los miembros de la élite que se muestran obedientes".