Dar la vuelta a Europa por 500 euros. Pisar el suelo de nueve países en cinco días. Broncearse (ligeramente) en la playa de Sicilia, asistir al cambio de guardia del Palacio de Buckingham, callejear por los barrios populares de Oporto. En un mismo día, tomar el desayuno en Letonia, comer unas patatas fritas a mediodía en Bélgica y disfrutar de unas tapas por la noche en Cataluña.

Solo una compañía aérea hace posible este periplo: Ryanair. En los últimos años, los periódicos han escrito mucho sobre los métodos de la reina del low cost: cómo recurre a subvenciones enmascaradas, su indiferencia por las cotizaciones sociales, sus malabarismos con las normas europeas… Son muchas las prácticas que han permitido a la compañía ofrecer tarifas imbatibles a sus clientes, que nunca han sido tan numerosos como ahora (73,5 millones de pasajeros el año pasado).

Sin embargo, nos equivocamos si pensamos que los usuarios de Ryanair salen ganando siempre. Entre los precios que prometen los anuncios y las sumas que se desembolsan al final, la diferencia puede ser grande. Las tarifas que indicamos de los billetes adquiridos con más de un mes de antelación a la salida, incluyen numerosos "extras": tasas de aeropuerto, gastos de registro en línea, gastos de administración por el uso de tarjetas de crédito… Además, volar a bordo de un Boeing 737-800 de la compañía irlandesa, un modelo único por motivos de reducción de costes, es una experiencia singular.

El mejor modo de comprobar todo esto es hacer un uso intensivo de la compañía Ryanair. Saltar de aeropuerto en aeropuerto a un ritmo vertiginoso. Llegar al centro de las ciudades a las que volamos. Comer a bordo, por supuesto. E intercambiar opiniones con otros usuarios. Nueve vuelos programados, 12.000 km en total: abróchense los cinturones.

DÍA 1

LA ANGUSTIA DEL EXCESO DE EQUIPAJE

Sería imposible empezar una odisea similar en otro lugar distinto a Beauvais, el paraíso del low cost, al que se llega tras una hora y cuarto de autocar desde Puerta Maillot[accesos de París], unas dos horas antes de la salida de nuestro primer vuelo (en dirección a Sicilia), tal y como se recomienda. Matar el tiempo entre dos terminales alejadas de las carreteras tradicionales forma parte de la rutina del viajero ahorrador.

Dicho esto, dos horas no son muchas para comprobar y asegurarse de que no nos falta nada. Sobre todo la tarjeta de embarque, que cada cliente debe haber obtenido a través de Internet: si se olvida, su impresión en el lugar (realizada por Ryanair) costará 40 euros, con lo que la hoja de papel A4 sale bastante cara. Se reclama la misma cantidad por cualquier equipaje en cabina que supere las dimensiones (55 cm × 40 cm × 20 cm) y el peso (10 kg) autorizados por la compañía.

Con Paolo, mi amigo fotógrafo, pasamos momentos intensos la víspera del viaje, intercambiando camisas y material electrónico para equilibrar nuestros dos equipajes, que conseguimos que pesaran cada uno 10,1 kg. ¿Nos podrá alguna pega el celoso empleado de tierra de la compañía por esos 100 gramos superfluos? ¿O por los 2 centímetros de más que mide de alto mi maleta? Por lo menos Paolo no tiene de qué preocuparse: ha comprado la "bolsa de cabina oficial" que vende Ryanair en su sitio web. A un precio considerable: 79 euros por un objeto de poliéster.

Viajero estresado, viajero pagador

Pero así es como funciona el negocio aéreo: un viajero estresado es un buen pagador. Es una fórmula que Ryanair ha llevado al extremo, desarrollando diferentes servicios de utilidad discutible: SMS de confirmación, embarque prioritario… y un seguro que no se esquivará a menos que se preste una gran atención: la indicación de "Sin seguro de viaje" aparece en medio de una pestaña desplegable... ¡entre Letonia y Lituania!.

Esta mañana, en Beauvais, la ausencia de un control puntilloso -pues solo lo realizan a simple vista- es casi decepcionante. ¿Así que todo lo que se escucha y se lee sobre la famosa "dureza" de Ryanair no es más que un mito? Paciencia…

En la cola de espera, la pareja que está delante de nosotros tiene cosas que contarnos sobre el asunto. Clémentine Courbin y Redouane Abdat, estudiantes de un Máster de Relaciones internacionales en la Universidad Paris-Dauphine, no estaban descontentos con su transacción de hace una semana: dos trayectos de ida y vuelta de Beauvais a Trapani por 200 euros. Pero la historia se torció por motivos desconocidos

Un error de 100 euros

Ocurrió que [¿por un error al escribir? ¿o por un error informático?], en el momento de la reserva, el nombre de ella se encontraba en la casilla destinada al apellido de su compañero. La corrección del billete erróneo les costó… 100 euros adicionales. *"Llamamos al servicio de reclamación, un centro de llamadas situado en el extranjero, donde la gente te despacha con repuestas predefinidas.No quisieron escucharnos, a pesar de nuestra buena fe.Es la primera vez que volamos con* *Ryanair.Y será también la última**"*, refunfuña la joven.

Llegamos a Trapani, no lejos de los Mirage de la OTAN que salen desde aquí para bombardear Libia. Ida y vuelta al centro de esta pequeña ciudad siciliana, no desprovista de encanto. Y salida, esa misma tarde, hacia el aeropuerto de Francfort-Hahn.

El segundo vuelo es idéntico al anterior (y a los posteriores), con la diferencia de que este es nocturno. Y dormir en un aparato acuñado con el arpa celta (el símbolo de Ryanair) no es tarea sencilla. El uso de asientos no reclinables se convierte en un calvario para las cervicales al final del día. Pero qué quieren: hay que apiñar el máximo de personas en un avión para poder ofrecer tarifas atrayentes. Estas tarifas serán aún más económicas el día en que se comercialicen las plazas de pie, una idea mencionada en 2009 por Michael O’Leary, el inquieto director ejecutivo de Ryanair.

Mozzarella con sabor a goma

Intentamos dormir, sí. Nada fácil cuando además, cada 10 o 15 minutos, el personal de a bordo aparece para "vender" algo. Ryanair obtiene un 20% de su volumen de negocio (3.600 millones de euros) con la venta de productos complementarios. Pasemos por alto el sabor de los sándwiches, inversamente proporcional a su precio de venta. En Ryanair, también se pueden adquirir cigarrillos electrónicos ("¡Una gran noticia para los fumadores!", comenta con un entusiasmo discutible una azafata), tarjetas telefónicas (mucho más económicas que "sus tarifas astronómicas", vocifera animado un auxiliar principiante) o tarjetas para rascar del "fantástico" juego de azar que organiza la compañía y del que una parte de los ingresos se destina a obras de caridad.

Pero el 'must', ese producto estrella "cuya publicidad sin duda habrán visto en televisión", es un reloj de pulsera realizado con una fina piedra con la que mejora (según citan) "el sueño", "la relajación", "la meditación", "la concentración", "la vitalidad"… E incluso la "desintoxicación natural del cuerpo". Celebremos esta compra, por 12 euros, saboreando un sándwich caliente de mozzarella y tomate, con innegables propiedades de goma.

Pero no hay nada que temer, porque tenemos nuestro reloj. Continuará...