Viacheslav Kazanevskyi Putin Ukraine

La contrarrevolución rusa ha llegado a las puertas de Europa

Después de un año de la guerra total de Rusia, está absolutamente claro lo que la resistencia de Ucrania ha evitado al resto de la Europa oriental postsoviética: gulags, secuestros, deportaciones, cámaras de tortura y multitud de fosas comunes. El conservador de arte y activista político ucraniano Vasyl Cherepanyn cree que la guerra de Rusia contra Ucrania es un golpe militar contra treinta años de historia europea.

Publicado en 27 abril 2023

Cuando en su discurso televisado justificando el desencadenamiento de la invasión a plena escala de Ucrania el presidente de Rusia Vladímir Putin lanzó una advertencia a otros países para que no se inmiscuyeran o de otro modo se enfrentarían “a consecuencias que nunca habrían visto en la historia”, muchos líderes de Occidente no temblaron de miedo sino que dieron un suspiro de alivio: finalmente tenían una razón legítima para quedarse al margen, ocultándose tras una aterradora amenaza nuclear.

Después de un año de guerra total de Rusia, ha quedado absolutamente claro, incluso para quienes no intervienen, lo que Ucrania ha evitado hasta ahora a la Europa oriental (sobre todo a su parte postsoviética): campos de filtración, secuestros, deportaciones, cámaras de tortura, multitud de fosas comunes y otras atrocidades que acompañan a las supuestas anexiones.

Si no fuera por la resistencia militar ucraniana, hoy en día no existirían en sus formas actuales ni la propia Ucrania ni la Unión Europea o la OTAN, y Occidente no estaría preocupado por el número de tanques que se fueran a entregar, sino por la forma en que podrían habérselas con la República Popular de Chisinau, la República Popular de Narva, la República Popular de Bialystok…


Recibe lo mejor del periodismo europeo en tu correo electrónico todos los jueves

Frecuentemente se ha dicho que esta es una guerra de agresión, una guerra de desgaste, una guerra continental, a veces una guerra total –calificaciones todas ellas correctas– pero hay una especificidad de la guerra de Rusia contra Ucrania que suele omitirse. Al contrario que en la mayoría de los conflictos militares recientes, esta guerra no es sencillamente una guerra entre dos países, no es entre dos ejércitos y no es entre un ejército y una insurgencia: es una guerra de los militares de un país con el apoyo y la directa intervención de sus habitantes contra las gentes de otro país que habían sido privadas del derecho a existir.

El argumento de autonegación del Kremlin es el siguiente: no existes, pero como existes y no deberías hacerlo, tienes que ser eliminado. En realidad, no es una mera referencia exótica para Europa, sino todo lo contrario. Históricamente es muy reconocible. Desde el momento en que la guerra de Rusia se ha orientado básicamente a trastocar el orden político e institucional de Europa, que en sí mismo es un resultado de la derrota del nazismo, no se ha provocado accidentalmente revivificando e invocando algunos de los respectivos relatos y prácticas de la Segunda Guerra Mundial.

La revolución de Maidán fue la última revolución europea coronada por el éxito y la naturaleza ideológica de la actual guerra de Rusia contra Ucrania y Europa se deberá ver como fundamentalmente contrarrevolucionaria, basada en un resentimiento histórico, una frustración regresiva y una reacción política. Sean cuales fueren el entorno social o la cobertura retórica, todos los manejos del Kremlin han estado encaminados a un propósito principal: evitar un cambio de régimen. La revolución siempre ha sido el mayor temor del régimen de Putin, quien ha estado tan obsesionado con lo del Maidán en Ucrania que ha puesto a todo su país en contra del Maidán, eliminando su aun ilusoria proximidad por todos los medios. 


Si no fuera por la resistencia militar ucraniana, hoy en día no existirían en sus formas actuales ni la propia Ucrania ni la Unión Europea o la OTAN


La sociedad rusa se ha transformado en algo antisocial desde el momento en que tanto las instituciones como los representantes de la sociedad civil son tildados ahora de “agentes extranjeros” a los que se expulsa del país o encarcela. La ciudadanía rusa ha pasado a ser anticiudadana ya que la de los mismos rusos ha sido sustituida por la pseudometafísica entidad del Russkiy mir (mundo ruso), que necesita “protección” allí donde se pueda encontrar una población rusoparlante. Y la política rusa ha pasado a ser una antipolítica ya que literalmente ha sido convertida en una operación militar especial y permanente en todos los frentes. 

Famosa fue la frase de Putin afirmando que el colapso de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, pero ese colapso vino en realidad acompañado de una intentona militar de cambiar el curso de la historia, un golpe de Estado que pasó a ser un suceso definitorio para el marco ideológico del Kremlin. El putinismo es esencialmente un golpismo: su especificidad es que no tiene un núcleo ideológico particular o un contenido político per se. El Golpe de Agosto de 1991 se organizó no para salvar la ideología comunista o porque sus organizadores creyeran verdaderamente en el socialismo, sino exactamente con objeto de evitar un cambio de régimen y aniquilar la alternativa.

En general, la guerra de Rusia contra Ucrania es un golpe militar contra la historia europea de estos últimos treinta años. El golpe falló en 1991, pero solo hicieron falta ocho años para que regresara, cuando Putin fue designado para la presidencia en 1999. Fue testigo de la caída del muro de Berlín y vivió en primera persona su experiencia antirrevolucionaria en la RDA durante lo que los alemanes denominaron la Revolución Pacífica de 1989. Su principal ocupación personal mientras fue agente de la KGB consistía en rastrear y perseguir a los disidentes; en resumen, eliminar la posibilidad de un cambio y evitar que surgiera cualquier alternativa.

Primero director del FSB y luego presidente, no fue casualidad que Putin considerara a Yuri Andropov (primero jefe de la KGB y luego Secretario General) su directo antecesor espiritual y predecesor en la Guerra Fría. Andropov ejerció de embajador soviético en Hungría, donde se ganó una merecida fama como “carnicero de Budapest” por su inmisericorde represión del Levantamiento Húngaro de 1956. También fue un importante inductor del aplastamiento de la Primavera de Praga en 1968 y de la invasión soviética de Afganistán en 1979. Aquellas intervenciones militares de entonces, como la de ahora, se justificaron con el falso pretexto de una supuesta “agresión de la OTAN/CIA”. Andropov estaba obsesionado por un “complejo húngaro” del mismo modo que Putin lo ha estado por el Euromaidán ucraniano y ambos mantuvieron firmemente su postura de que solamente la fuerza armada podría asegurar la supervivencia del régimen.

Rusia lanzó su invasión militar de Ucrania en 2014 el mismo día, el 22 de febrero, en que el Euromaidán obtuvo su victoria. Esta guerra ha sido desde su mismo inicio una contrarrevolución en su más depurada forma. La principal lección política del Euromaidán fue la de la violencia. Debido a su rigurosa naturaleza e inminente peligro, la violencia política se mantiene todavía en una zona de incapacidad reflexiva. Lo que hoy en día se suele denominar pacifismo solamente es señal de desesperanza y de ausencia de herramientas conceptuales y prácticas que sean apropiadas para abordar una situación políticamente violenta.


La guerra de Rusia contra Ucrania es un golpe militar contra la historia europea de estos últimos treinta años


Una característica crucial que diferencia la violencia revolucionaria de otros tipos de violencia política es que si no se aplica violencia en un determinado punto del proceso revolucionario, más tarde se producirá una violencia mucho mayor. Si quienes protestaron en Maidán no se hubieran revuelto contra la policía fuertemente armada, habría prevalecido el aparato represor del Estado. Ucrania habría dejado de ser una democracia y hoy en día se parecería mucho a la Bielorrusia de Lukashenko con masivas represiones políticas y un aplastamiento extremadamente violento de la disidencia. 

Este enfoque político –el argumento para conseguir el cambio y defender la revolución– es evidentemente el opuesto al de no escalada y no radicalización que actualmente prevalece en Occidente. Ucrania ha estado pagando un precio impensable no solo por la revitalización geopolítica de Occidente en el presente, alentada por la efectiva resistencia militar de Ucrania ante la agresión rusa, sino por el propio resurgimiento del Occidente contemporáneo en el pasado, tal como Ucrania está soportando ahora el coste real de la guerra por la Revolución Pacífica de 1989. Y esos temores de Occidente solamente están posponiendo una verdad aborrecible: ¿a quién están dispuestos a sacrificar después?

Si uno se mueve paso a paso y constantemente espera, el resultado final será mucho más atroz que el de si uno interviene violentamente de inmediato. Esta es la lección revolucionaria que Occidente tiene que aprender rápidamente, por la sencilla razón de que en realidad no tiene ninguna otra salida que la de ganar esta guerra junto con Ucrania.

¿Aprecias nuestro trabajo?

Ayúdanos a sacar adelante un periodismo europeo y multilingüe, en acceso libre y sin publicidad. Tu donación, puntual o mensual, garantiza la independencia de la redacción. ¡Gracias!

¿Eres un medio de comunicación, una empresa o una organización? Consulta nuestros servicios editoriales y de traducción multilingüe.

Apoya un periodismo europeo sin fronteras.

Haz una donación para reforzar nuestra independencia

Artículos relacionados