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Desertec, lecciones de un fracaso

La explotación del sol en pleno desierto para abastecer de electricidad a Europa era una idea grandiosa. Pero su realización se complica. Si comprendemos los puntos débiles del proyecto podremos evitar volver a caer en los mismos errores.

Publicado en 24 julio 2013 a las 10:55
 | La central solar de Gemasolar, en Andalucía.

La fuerza del proyecto eran las imágenes que transmitía. En primer lugar el sol, que simbolizaba el fin del dilema energético tras el declive de la energía nuclear. Luego el desierto, que evocaba la inmensidad, el espacio, el infinito, incluso en cuestión de ideas. El proyecto Desertec, cuyo objetivo era producir electricidad en el Sáhara para enviarla a Europa, emocionó a más de uno y fue calificado como la mayor «idea ecológica» de los últimos años. El entusiasmo fue tal, que los grandes grupos se apresuraron a demostrar su interés. Siemens, Deutsche Bank, Munich Re: unas cincuenta empresas locales y extranjeras firmaron el proyecto.

Pero el tren ha empezado a perder velocidad. Los principales socios se han retirado, algo que hay que agradecer a una de las responsables del proyecto, [Aglaia Wieland], que pretendía proseguir con la hoja de ruta inicial. ¿Acaso este proyecto tan sólo era una estrategia de comunicación basada en quimeras, una gran idea arruinada por la mezquindad de algunos?

Sería un error ver en todo este asunto un simple fracaso. Porque el proyecto Desertec y las lecciones que nos enseña constituyen un avance del futuro de la política medioambiental y del éxito o del fracaso de muchos asuntos políticos que se enfrentan a grandes incógnitas.

Un único “cerebro” no salva el mundo

Lección n°1: los ingenieros, los directivos y los científicos no sustituyen la acción política. Sin duda resulta tentador ver el mapa del mundo o de un país como una sencilla hoja de papel sobre la que se pueden trazar líneas como queramos, ya sean grandes o pequeñas. Sin embargo, cualquiera que pretenda llevar a cabo un gran proyecto, le conviene pensar en primer lugar en los actores políticos, en sus intereses, en las fronteras del país y sus regiones. Conviene asociar al proyecto a los vecinos y a los países de alrededor. Mientras no nos pongamos de acuerdo con el conjunto de los interesados para saber lo que piensan o al menos para decirles lo que les espera, corremos el riesgo de crearnos un adversario en potencia: y un puñado de adversarios puede bastar para que un proyecto fracase. En los países en pleno descalabro, como en África del Norte, los socios pueden dejar de responder de la noche a la mañana. Este aspecto también lo tendrán que tener en cuenta los que pretenden dividir el país con líneas eléctricas en nombre de la transición energética.

Lección n°2: no hay que confundir la comunicación con el diálogo y el proceso político. La comunicación es una gran maquinaria: presentaciones de PowerPoint, vídeos de empresa, campañas publicitarias… Rostros cordiales en medio de paneles fotovoltaicos, en los coches eléctricos o bajo el sol del desierto. Es competencia de los consejeros de comunicación. Sin embargo, la campaña de comunicación únicamente triunfa si el promotor logra imponer su visión del proyecto.
En cambio, al final del proceso político por lo general encontramos un compromiso. Es lo que ha sucedido con el proyecto Desertec: los países de África del Norte serán los primeros beneficiarios. Algo que no es un mal compromiso. Y si el resultado es muy distinto al proyecto inicial, al menos se lo debemos a las partes directamente interesadas en el mismo.

[[Algunos miembros del movimiento ecologista desean que se aplique una política medioambiental al estilo chino]]: unos Estados autoritarios cuyos dirigentes imponen con fórceps su concepto de la política. Pero la experiencia nos demuestra que nunca es un solo «cerebro» el que salva el mundo, sino una multitud de cabezas pensantes que producen ideas. Si pueden retrasar ciertas tomas de decisiones, la pluralidad de las partes y la defensa de sus respectivos intereses hacen igualmente que esas decisiones sean más sostenibles. Es cierto que siempre se puede imponer esta u otra tecnología, pero si queremos que una política medioambiental dure, conviene cambiar los hábitos de consumo y las mentalidades, las estrategias de innovación y los procesos de producción.

Es necesario tener una visión más amplia

Lección n°3: dar prioridad a los proyectos locales, descentralizados y reversibles, en lugar de a los grandes proyectos centralizadores. Si queremos plantear el crecimiento de un modo inteligente y por lo tanto respetuoso con el medio ambiente, se plantea una cuestión: ¿quién decide qué es inteligente y qué no lo es? Los defensores de la energía nuclear, por ejemplo, pensaban que habían encontrado una energía limpia e inagotable. Y ahora sólo quedan problemas: ¿qué hacer con las centrales obsoletas y sus residuos?

En «La tercera revolución industrial», el sociólogo Jeremy Rifkin atribuye el poder revolucionario de la energía solar a las posibilidades que ofrece en materia de descentralización. Cada persona puede convertirse en productor en su domicilio, escribe. Sobre todo porque en breve se podrán instalar células solares en serie en los tejados o en el enlucido de los hogares. Entonces ya no será necesario traer la electricidad de otro continente.
Los pequeños proyectos descentralizados no sólo tienen la ventaja de poderse ajustar fácilmente en función del contexto, sino que además permiten fomentar la innovación y comprobar su aceptación por parte de la opinión pública.

Lección n°4: las grandes visiones dan lugar a pequeños proyectos y pequeñas ideas. Lo que comenzó como un proyecto de 400.000 millones destinado a producir electricidad en el Sáhara para alimentar a Europa ha acabado limitándose a unas simples centrales eléctricas en África. ¿Un fiasco? No para las personas que se benefician del proyecto en el lugar. A veces es necesario tener una visión más amplia para lograr un objetivo que valga la pena. Si el proyecto se divide en pequeñas etapas claramente definidas, puede incluso resultar una ventaja. Si a veces resulta necesario ser radical en las visiones, casi siempre es necesario ser pragmático [en su aplicación].

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