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Erasmus: la desigualdad del programa que debe unir Europa

El programa Erasmus se creó hace 35 años para dar a los estudiantes europeos la oportunidad de estudiar y vivir en el extranjero, disfrutando del privilegio de vivir en un continente sin fronteras. Pero tenía un defecto fundamental: sólo los que pueden contar con ayuda económica han podido acceder al plan, a pesar de las becas, según muestran los datos.

Publicado en 2 febrero 2022 a las 11:17

De los cuatro meses que Cristina estuvo en Londres haciendo su Erasmus, dos los pasó compartiendo cama con una amiga de Madrid. “Casi acabo durmiendo en un salón reconvertido en habitación con una cortina si no es porque otra amiga se fue y dejó libre su cuarto”, cuenta sobre su experiencia entre 2014 y 2015.

Claudia, de Granada, reconoce que su alimentación empeoró y que tuvo menos vida social a pesar del esfuerzo económico de sus padres para que pudiese disfrutar de unos meses de intercambio en Cambridge hace algo más de 15 años.

Juan descartó irse en tercero de carrera, como sus compañeros, cuando vio que solo le pagarían unos 300 euros al mes. “Era inviable, quería ir a Inglaterra y tendría que haber trabajado varios turnos, lo que me impedía ir a clase”, explica.

El programa Erasmus se planteó para dar la opción a todos los estudiantes europeos de tener la experiencia de vivir en un país extranjero. La intención era doble: por un lado, los alumnos se enriquecían académica y personalmente para ser más empleables en el futuro y, por otro, se reforzaba la cohesión europea a través de las experiencias que vivían en esos meses con compañeros de otros países. Se acortaban distancias físicas y culturales y se potenciaba así el futuro del continente.

Pero desde sus orígenes, hace ya 35 años, el programa cojea de una de sus patas fundamentales: solo aquellos que cuentan con apoyo económico pueden acceder a este programa de intercambio, a pesar de estar basado en becas. Tener dinero para complementarlas o no influirá después en la inserción laboral de cada graduado, generando una desigualdad que queda escondida entre las bondades del programa que ha acogido en este tiempo a más de diez millones de participantes, tal y como contamos en este especial en colaboración con el Osservatorio Balcani e Caucaso Transeuropa,  en el marco del proyecto European Data Journalism Network.

En la Comisión Europea son conscientes de esta desigualdad, como explica el comisario de Educación, Cultura, Juventud y Deporte hasta 2019, Tibor Navracsics: “Hay una profunda desigualdad entre los estados miembros que amenaza con separar toda la UE y tenemos que concentrarnos en reducir esta brecha”.

Los distintos niveles de vida entre ciudades apenas se corrigen en el importe de las becas. Solo existen tres categorías que clasifican los países con más y menos nivel económico, por lo que es poco ajustado a la realidad de cada destino. Y las diferencias entre distintas ciudades europeas son grandes. Como puede verse —y trastearse— en la visualización de abajo, un billete de transporte llega a valer tres veces más en Eindhoven (Holanda) que en Sevilla (1,4 euros frente a 4,27). O un menú de McDonalds pasar de los 4,4 euros de Hungría a los 12,6 de Islandia, un 184% más caro.

Según el estudio Social Inclusion & Engagement in Mobility, el 43% de los estudiantes procedentes de entornos de bajos ingresos reconoció que le preocupaba poder afrontar los costes de una movilidad o perder su trabajo actual al marcharse, frente al 34%  de los que venían de entornos más favorables. “Identificamos tres tipos de barreras que hacen que el acceso al Erasmus no sea inclusivo: institucionales, actitudinales y ambientales”, avanza Juan Rayón, presidente de la Erasmus Student Network (ESN), que analiza esta problemática.

En lo relativo a las ambientales, el primer objeto de desigualdad surge de las diferencias en la financiación entre países y regiones. El 53% de los estudiantes entrevistados para el citado estudio reconocieron no participar en el Erasmus porque la beca no cubría al menos tres cuartas partes de los costes. La cifra sube al 75% entre los que viven en entornos con bajos ingresos. Sin embargo, solo el 19% de todos los participantes dijeron tener cubierto ese porcentaje.

Otro de los grandes problemas es cuándo llega el dinero. El 82% de los estudiantes aseguraron que necesitaban la beca antes del inicio del programa para poder hacer frente a los gastos derivados de mudarse de ciudad. No obstante, lo habitual en muchos países y regiones, incluidas la mayoría de comunidades españolas, es que la beca se ingrese meses después de haber llegado al destino. En ocasiones, incluso cuando ya han terminado.

Ese desembolso inicial hace que muchos ni puedan plantearse acceder a esta experiencia. “Mi familia no podía asumir el coste de vuelo, piso... Estudiar en Madrid ya era un gasto, aunque tenía la beca del ministerio”, explica Isabel, comunicadora de 31 años que se quedó sin participar en el programa mientras estudiaba Periodismo y Comunicación Audiovisual. “Soy de un pueblo de Jaén y la crisis aquí golpeó mucho: mi padre se quedó sin trabajo y tengo otro hermano, por lo que era inasumible”.

Según un cuestionario elaborado por este diario a pasados ‘erasmus’, el 90% de los participantes asegura que la beca no cubrió todos sus gastos. De estos, el 64% dijo recibir en torno al 30% del coste total, un 27% cerca de la mitad, y solo un 9% llegó al 70%. El formulario lo han completado 100 personas, de las cuales el 90% eran estudiantes españoles.

Al no poder hacer frente a todos los gastos, el 88% reconoce que tuvo que recurrir al apoyo de su familia y un 44% a sus ahorros. Otro 20% estuvo trabajando y solo en 3 casos (3%) tuvieron que pedir un préstamo.

Menor inserción laboral

De dónde vienes y a dónde vas es el factor que más condiciona la estancia. No es lo mismo partir de un país de altos ingresos a uno menos rico, que al revés. Por eso, los estudiantes de países del sur y el este de Europa encuentran más problemas en la movilidad que los más desarrollados de la unión.

En las preguntas realizadas por este periódico, un 42% de los participantes reconocieron que habrían elegido otro destino si la beca les hubiera cubierto todo, frente al 54% que repetiría. En la mitad de los casos, el alquiler era más caro que en su ciudad de origen, frente al 31%, que dijo encontrarlo más barato y un 16% que lo consideró igual. El ocio tiene un reparto similar (48%, 28% y 19% respectivamente).

La beca de los participantes proviene, por un lado, de la UE y, por otro, del estado miembro, a lo que pueden sumarse las comunidades autónomas y universidades. Es un deber de los países cofinanciarlo, aunque no siempre se implican lo necesario. “Existen grandes diferencias en función de los criterios de cada país y región. Hay países donde básicamente es el dinero europeo, otros el nacional, y otros donde muchas universidades también contribuyen con fondos propios”, apunta Rayón sobre lo que consideran la mayor barrera institucional. “Es un proyecto europeo y gran parte de los fondos deben venir de la UE, pero luego el resto tienen mucho que hacer. Es lo que ocurre con Andalucía, que tiene números muy buenos a pesar de tener un alumnado con rentas más bajas”.

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Dentro de España también hay grandes diferencias para poder plantearse hacer un Erasmus en función de la financiación. Madrid y Castilla-La Mancha no aportan ningún tipo de ayuda al total de la beca que disfruta un estudiante Erasmus. Andalucía, sin embargo, puede dar en torno a 500 euros, además de la parte europea, lo que influye directamente en las oportunidades que tienen los andaluces para plantearse la movilidad. “Encuentro muy injusto que la beca al final dependa de lo que aporte cada comunidad autónoma y los estudiantes contemos con becas muy distintas en función de nuestra región de origen. Recuerdo tener una amiga de Córdoba que recibía una beca que era el doble que la mía”, explica Marta, madrileña que hizo el Erasmus en París en 2011-2012. “Tuve que subarrendar una habitación a la inquilina real, que vivía con sus hijos, porque con los 200 euros de beca no me daba para ningún otro alojamiento”.

En otras comunidades, como Castilla y León, es un misterio cuánto darán cada año a cada estudiante, porque el importe total se distribuye una vez se sabe cuántos lo han solicitado. “Así no pueden planificarse”, denuncian desde la ESN que elabora periódicamente un observatorio para estudiar  las desigualdades entre comunidades en España.

Hasta 2020, el presupuesto que dedicaba España a las becas Erasmus era el mismo que en 2010, a pesar de que el número de estudiantes había aumentado en un 40%. “¿Cómo podemos pretender que vayan el doble con casi la mitad?”, se pregunta Miguel Hernández, responsable en España de ESN. “Este año se ha aumentado en 10 millones de euros —de 30 a 40— y lo celebramos, pero también pedimos que no se quede ahí. Hoy día las becas no son suficientes en la gran mayoría de los casos y si no está al alcance de todo el mundo, se va a convertir en algo elitista: solo la gente con recursos podrá disfrutarlo y quizá quienes más necesitarían acercarse a otras culturas, otras experiencias, no lo van a tener”, apunta.

“Cuando una persona necesita trabajar para pagarse los estudios, no se puede ir de Erasmus. Las políticas de becas —todas, no solo las Erasmus—, desgraciadamente todavía dejan a muchas personas vulnerables desatendidas”, explica Màrius Martínez, vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Hay familias que apuradamente pueden pagar una matrícula universitaria, no les hables de pagar 300 o 400 euros al mes para que su hijo haga una movilidad. Es la clase media la que más partido saca a nuestras becas”.

“Es una especie de envidia y frustración de clase porque, por mucho que dijeran de descuentos y demás, había que tener un cierto respaldo y cuando la familia vive con lo justo, asumir un gasto de estas características es un gran trastorno que en mi caso resultó inasumible”, explica Juan, que quiso irse de Erasmus en 2003, cuando estaba en tercero de carrera.

Hasta ahora, hacer el Erasmus más inclusivo dedicando esfuerzos y fondos para los colectivos más vulnerables era solo una recomendación, por lo que solo algunas universidades y regiones tenían líneas dedicadas a dar ayudas extra a estos alumnos. Sin embargo, para este periodo ya es obligatorio tener estos programas especiales en todos los estados miembros, según explican desde la ESN. 

Pero provenir de un entorno con bajos ingresos no solo influye en la capacidad económica para hacer frente a una movilidad, también en la predisposición para participar, debido a la percepción que se tiene de estos programas. Es la tercera barrera, la actitudinal. “Es importante que los estudiantes se vean a sí mismos como posibles participantes: por muchas medidas que haya, si creen que no es para ellos o no van a tener ayuda, no va a servir de nada”, explica Rayón.

Según un estudio sobre estudiantes de universidad graduados en 2014-2015, el 4,8% de los estudiantes cuyos progenitores tenían trabajos profesionales participaron en el Erasmus, cifra que bajaba al 3,2% en el caso de alumnos con padres con peores trabajos.

Además, los universitarios con familias de menores ingresos suelen ir a universidades con limitadas opciones en materia de convenios comparado con las más prestigiosas. “Por eso estamos pidiendo que haya un añadido a los fondos que se dan aquellas universidades con más estudiantes con pocas oportunidades”, dicen desde la ESN.

Para corregir estas desigualdades, la comisión encargada del programa Erasmus pidió que su presupuesto para el nuevo periodo que arranca ahora, el de 2021-2027, se duplicase para llevar a cabo una financiación más dirigida a cada caso. Al final se ha quedado en un poco menos del doble, hasta los 26.200 millones de euros (respecto a los 14.700 de 2014 a 2020).

Se estará así más cerca de resolver la principal diferencia entre los que pueden irse y lo que no: la pérdida de competencia laboral. “Si un estudiante no puede participar en el Erasmus por razones sociales o por la red de financiación, descienden sus oportunidades en la vida. Cuando analizamos la inserción laboral de los estudiantes, queda bastante claro que los empleadores están más dispuestos a contratar personas del mercado laboral con experiencias internacionales, y el Erasmus es uno de los mejores ejemplos”, añade Navracsics.

Según datos de la Unión Europea, las personas que han realizado un Erasmus tienen un 42% mejor inserción laboral y el doble de oportunidades de cambiar de empleador. Además, un 40% se han trasladado a otro país después de graduarse, frente al 23% que no estudió en otro país.

La barrera de la discapacidad 

En las medidas aprobadas para el próximo periodo de becas Erasmus+, también se incluirá una mejor  atención a personas con discapacidad, que encuentran barreras específicas para participar. Según los datos, solo el 0,03% de los estudiantes con discapacidad realiza una movilidad a pesar de suponer el 1,5% del alumnado.

Isabel Vidal forma parte de ese 0,03%. Necesita una silla de ruedas para moverse y alguien que la ayude a levantarse, vestirse o comer, pero eso no fue obstáculo para irse a Newcastle, en Reino Unido, a pasar un semestre en 2010. Aparte de la beca para mantenerse, el programa Erasmus contempla una ayuda extra que pague todos los gastos de un acompañante, en este caso un amigo suyo que se animó a compartir la experiencia. “No coincidí con ninguna otra persona con discapacidad.

Si ya para alguien de 20 años es un riesgo, con una persona con necesidades especiales más, pero para mí merecía la pena asumirlo”. Ahora, las ayudas a personas discapacidad incluyen también gastos como la rehabilitación en el destino, además de orientar la comunicación de las becas más concretamente a estos colectivos tradicionalmente con menos participación. 

👉 Artículo original a El Confidencial

En colaboración con European Data Journalism Network.

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