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Amadou, atrapado en el umbral de la élite

Procedente del oeste de África, Amadou ha obtenido una plaza en Sciences-Po París, el campo de formación de la élite política y empresarial francesa. Sin embargo, han denegado su solicitud de asilo dos veces, y lo que debería haber sido una entrada triunfal lo ha dejado en una encrucijada desesperante. Si rechazan su última apelación de asilo, no podrá matricularse y perderá la oportunidad de su vida. Este es el segundo artículo de la colección sobre los jóvenes europeos indocumentados en tiempos de covid-19, en asociación con Lighthouse Reports y The Guardian.

Publicado en 23 septiembre 2020 a las 14:00
Enri Canaj |  Adam en Atenes.

De la pila de libros que Amadou Diallo llevó consigo el último verano a las islas griegas, una biografía de Frederick Douglass siempre acababa situándose encima. Resonaba una cita del pensador del siglo XIX, que huyó del esclavismo para liderar el movimiento abolicionista: “Cuando aprendes a leer, eres libre para siempre”.

Amadou se encontraba en Sifnos, un destino para familias extranjeras adineradas y atenienses cultivados. Él es un solicitante de asilo procedente de Guinea, y estaba trabajando largas jornadas para asegurarse de que otras personas recibiesen las vacaciones por las que habían pagado mientras ayudaba a dirigir un hotel de seis habitaciones. Por las noches se relajaba leyendo las biografías de grandes hombres y reflexionaba sobre la forma que tomaría su propia libertad.

Con 20 años recién cumplidos, el chico que llegó hace tres años y medio solo desde el oeste de África ha tomado cada pequeña oportunidad que le han ofrecido. Desde los hoteles boutique en islas de moda poco convencionales, hasta un colegio privado donde los diplomáticos envían a sus hijos, Amadou ha podido experimentar lo que Europa puede ofrecer. Ha leído vorazmente y ha trabajado duro para integrarse. Sin embargo, a diferencia de sus compañeros de clase o los turistas de Sifnos, el lugar de Amadou en este nuevo mundo depende del proceso de apelación de asilo en Grecia.

Trabajo de esclavos

Amadou no creció soñando con irse de Guinea, pero cuando su padre murió, su vida ensombreció como aquella del Dickens de África Occidental. Junto con su hermano pequeño, tuvo que ir a vivir con su madrastra, una mujer violenta que no le quería y le vendió al dueño de una mina de oro.

Su vida en la mina era básicamente la de un esclavo. Después de varios intentos, Amadou logró escapar y cruzar la frontera de Malí y se dirigió hacia el norte por la carretera del Sahara, que finalmente le conduciría a Turquía. Desde allí, cogió un barco a la isla griega de Lesbos. Cuando por fin Amadou llegó a Atenas, dos meses después de haber dejado Guinea, un trabajador social lo localizó y lo llevó a un centro de acogida para niños.

Amadou se vio protegido por Home Project, una organización sin ánimo de lucro que surgió en Grecia en 2016 como resultado de un aumento de las llegadas de niños refugiados. Se centran en acoger niños solos como Amadou, que se pueden contar por miles y acaban viviendo en la calle, en campamentos o centros de detención.

Como se trataba de un menor no acompañado, entró en la categoría de vulnerable y se le otorgó una protección temporal. Gracias al centro de acogida, conoció a Anna-Maria Kountouri, una abogada de inmigración para Home Project. Ella explica que los menores como Amadou tienen que afrontar una contrarreloj para obtener el permiso de residencia antes de cumplir los 18. “Cuando sea mayor de edad, será un poco más complicado porque no estará sujeto a esta disposición”.

Para garantizar su estancia a largo plazo en Europa, Amadou necesitaba que las autoridades griegas aceptasen su petición de asilo. Sin embargo, en los últimos años, el índice de rechazos a menores no acompañados ha aumentado. Durante la niñez, este rechazo no se traduce en la deportación, pero con la mayoría de edad se pierde esta protección.

Entre junio del 2013 y enero de 2020, Grecia ha tramitado un total de 7558 solicitudes de asilo de menores no acompañados, de las cuales el 63% fueron rechazadas. En enero de 2020, se tramitaron 186 solicitudes y el 71% fueron rechazadas. El índice de rechazo ya estaba en alza antes de que se aprobasen las últimas leyes de asilo radicales.

Cuando Amadou ingresó en el centro de acogida, se puso a aprender griego e inglés para añadir a su lengua materna, el francés. Conforme sus habilidades lingüísticas mejoraban, la plantilla del centro de acogida se encontró con un chico que hablaba suave y deliberAmadouente, pero que nunca interrumpía a nadie cuando hablaban con él. Estaba claro que Amadou era brillante y consiguieron que se pudiese presentar a una prueba de acceso para matricularse en un colegio privado francés muy codiciado de Atenas. Aprobó.

Como el curso ya había empezado cuando llegó, Amadou asumió el reto de alcanzar al resto de estudiantes: “Fue [una] oportunidad para demostrar[les] lo que puedo lograr si me ayudan”, afirma.

En un principio, Amadou se mostraba reservado debido a su turbulento pasado, incluso con un psicólogo cuya labor era ayudarle a adaptarse. No obstante, fue progresando y poco a poco pasó de ser un muchacho callado de 16 años al líder del centro de acogida y el presidente electo del cuerpo estudiantil de su colegio. Ahora, afirma que le encanta estar con otras personas y que únicamente está solo para estudiar.

Un lugar en Sciences-Po

El 31 de enero de este año fue un día sumamente significativo para Amadou. Esperaba que le concediesen el asilo y deshacerse de parte de la incertidumbre que le perseguía en su nueva vida. Es normal que la primera resolución de asilo sea negativa, así que cuando Amadou obtuvo su primer rechazo siguió siendo optimista de que aceptarían la apelación. Su abogada, Kountouri, pasó semanas reuniendo pruebas de las etapas previas de su vida, incluyendo fotos que mostraban las lesiones que había sufrido en la mina.

Sin embargo, la resolución también fue negativa. Amadou recuerda quedarse mirando el papel con incredulidad, sin poder procesar lo que estaba viendo. Su cabeza estaba plagada de preguntas. ¿Por qué no reconocían su sufrimiento, pero sí el de otros? Tuvo la entereza suficiente para sacar una foto de la resolución y enviársela a Kountouri. Ese día no pudo estar con él, pero por teléfono le aseguró que iban a encontrar una solución.

Estando solo con la resolución negativa era difícil sentirse reconfortado: “Estaba solo y no percibí compasión ni siquiera por parte de la persona que me estaba dando el resultado”.

Ahora, Amadou y su abogada se enfrentan a la ardua tarea de encontrar un juez que desestime el rechazo bajo el argumento de que es “ilegal y arbitrario”. Pocas veces se concede esta resolución, y un tercer y último rechazo resultaría inexorablemente en una orden de expulsión.

Los trabajadores del centro de acogida temían que la última negativa afectase también el enorme progreso que había hecho en el colegio, pero Amadou se aferró a las lecciones entresacadas de las biografías y no lo ha permitido.

“Me prometí que no me iba a defraudar a mí mismo y que no iba a dejar el colegio”, afirma. “Porque la oportunidad de estar en un colegio privado y de graduarme este año no la tiene todo el mundo”.

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El segundo rechazo también supuso que le quitasen el carnet de identidad, así que ahora incluso salir a la calle es angustiante. La policía le ha detenido ya dos veces y solo le permitió irse tras ver la foto de su antiguo carnet. El trabajo que su equipo legal está invirtiendo en su solicitud de asilo ha impedido que se preocupe demasiado, pero esa confianza se está evaporando poco a poco: “Ahora creo que es urgente”.

Estas preocupaciones están a años luz de las de la mayoría de sus compañeros de clase. Amadou reconoce que se avergüenza solo de pensar en un control policial delante de sus compañeros y de tener que admitir que no tiene papeles: “No tener carnet de identidad te hace parecer un delincuente”.

Desde el 15 de mayo se juega todavía más, pues le concedieron uno de los mayores honores europeos: una plaza en Sciences Po, una de las mejores universidades de Francia y el campo de formación de la élite política y empresarial del país. Lo que debería haber sido una entrada triunfal lo ha dejado en una encrucijada desesperante. Si rechazan su última apelación de asilo, no podrá matricularse.

El otoño podría traer consigo un vuelo a París y la oportunidad de estudiar relaciones internacionales a un nivel que podría prepararle para hacer algo sobre las penurias que sufren niños como él; o bien podría implicar tener que elegir entre ser expulsado y volver al miedo y sufrimiento que dejó en Guinea, y una vida como habitante de las sombras de Europa, viviendo al día y vigilando sus espaldas por si viene la policía.

La llegada de la covid-19 ha congelado el tiempo de Amadou y de millones en su situación. El día del juicio de Amadou se ha retrasado, así como muchas otras cosas en su vida. Grecia inició el confinamiento a mediados de marzo y el fallo definitivo del tribunal se ha retrasado.

“Es como si vieses la vida pasar”, afirma, “pero solo puedes verlo, porque sin papeles no puedes hacer nada.”

Amadou no suele hablar mucho sobre su frustración, principalmente porque respeta el esfuerzo que ha supuesto su caso de petición de asilo. “También intento recordar todo lo bueno que me ha pasado”, dice. “He podido educarme, algo que siempre he querido”.

Desde que Amadou llegó a Grecia hace cuatro años, su vida ha dado muchos giros. Y sin embargo, muchas cosas siguen siendo igual. Actualmente, sigue luchando por el reconocimiento legal en un país cada vez más en contra de los inmigrantes.

Y aunque la lucha a veces es agotadora, Amadou no se da por vencido. “Cuando todo termine, me sentiré extremAmadouente satisfecho y más fuerte”, afirma. “Ya me siento así porque no me estreso por muchas de las cosas que preocupan al resto, y creo que es por lo mucho que ya he sufrido”.

Este artículo es parte de la serie Europe Dreamers, en colaboración con Lighthouse Reports y el Guardian. Revise los otros artículos de la serie aquí.

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