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Una prolongada crisis de la dignidad humana

La gran víctima de la crisis del coronavirus en Hungría ha sido la dignidad humana, afirma Anna Lengyel. Mientras el sistema de Orbán continúe, la crisis perdurará mucho después de que el virus haya desaparecido.

Publicado en 18 junio 2020 a las 10:30

La última gran manifestación antes de que comenzasen las medidas de confinamiento en Hungría tuvo lugar el 23 de febrero. Era una manifestación que defendía la dignidad humana, a favor de la justicia y en contra de la discriminación. En los meses siguientes, marcados por la pandemia de la covid-19, la dignidad resultó ser el bien menos valorado  en la gestión de la emergencia por parte de Viktor Orbán.

En septiembre de 2019, el tribunal de apelación de Debrecen dictaminó que la segregación étnica de los niños romaníes que se estaba produciendo en la ciudad de Gyöngyöspata violaba su derecho a un trato igualitario y les privaba de la educación que garantiza la constitución. De acuerdo con esta decisión histórica, 60 niños recibieron una indemnización por daños y perjuicios de 99 millones de florines húngaros (284.033 euros). El primer ministro Orbán mostró rápidamente su desacuerdo con el fallo y afirmó: “Si yo fuese de Gyöngyöspata, preguntaría por qué los miembros de un grupo étnico dominante que viven en la misma comunidad que yo deberían recibir una gran cantidad de dinero sin haber trabajado para ganársela, mientras yo estoy trabajando todo el día.”

La reacción del primer ministro originó una oleada de protestas el día antes de que Hungría introdujese las medidas de confinamiento. La pandemia de la covid-19 ha demostrado que incluso en medio de una crisis económica de dimensiones históricas, el primer ministro húngaro desvía el dinero de los contribuyentes para financiar nuevos estadios de fútbol y rescatar las empresas de sus familiares o amigos, en lugar de ayudar a los pensionistas (muchos de los cuales reciben el equivalente a 200 euros al mes) a afrontar unos precios cada vez más altos. En cuanto a otros tipos de ayuda, ha reiterado su creencia de que nadie debería recibir dinero si no se lo ha ganado trabajando. En los últimos tres meses, el gobierno prácticamente no ha ofrecido ayudas a pequeños empresarios, personal de la industria hotelera y de la restauración, productores de teatro u otros trabajadores del sector cultural.

Ningún respeto por los expertos

El 4 de marzo se diagnosticaron los dos primeros casos del nuevo coronavirus en Hungría. Mediante un anuncio en su propia página de Facebook, Orbán dejó claro desde un principio que no sentía ningún respeto por los expertos y que solo él tomaría las decisiones. Estaba claro que utilizaría la pandemia como una excusa para extender su poder.

Una de las herramientas más importantes para combatir una epidemia es el acceso a información objetiva y actualizada proporcionada por expertos. En Hungría se ha ocultado y tergiversado información esencial desde el primer día. Al principio, casi no había información sobre las víctimas. Como respuesta a las protestas públicas, el gobierno publicó una lista en la que era posible identificar al fallecido y acceder a su historial médico confidencial.Esto supuso, por ejemplo, que  tan solo 24 horas después de su muerte, todo el mundo se enterase de que el embajador británico en Hungría de 37 años era alcohólico. Presuntamente.

Poco después se estableció un discurso oficial sobre las muertes: “pacientes ancianos con patologías crónicas”. Hasta hoy, las noticias dan la impresión de que en Hungría nadie muere de covid-19, a no ser que la víctima sea muy anciana y esté terminal desde un principio. En algunos casos, los familiares han desmentido las supuestas enfermedades y no hay forma de comprobar cuánta información es correcta, ya que a los hospitales no se les permite dar ningún dato.

A pesar de que el 20 por ciento de la prensa húngara continúa siendo relativamente independiente, tenemos muy poca información más allá de lo que el denominado “Equipo Operativo” nos cuenta. Sin embargo, algunas cosas que sí sabemos revelan un fracaso del gobierno, como por ejemplo, los cientos de respiradores enviados a muchas UCI. Estas máquinas estaban destinadas a un uso doméstico para personas con trastornos del sueño y, de hecho, habrían puesto en peligro las vidas de los pacientes con coronavirus, además de que las instrucciones solo estaban disponibles en chino. Por suerte, los hospitales húngaros siguen repletos de trabajadores competentes y meticulosos, incluso en un sistema sanitario al borde del colapso ya antes de la pandemia, por lo que al final nadie usó estos respiradores.

No obstante, parece que Orbán solo concibe una cadena de mando en la que sus subordinados le apoyan ciegamente. Cuando Miklós Kásler, un profesor de oncología, fue designado ministro de cultura, educación, deportes y políticas sociales y laborales, además de sanidad, rápidamente quedó claro que le faltaban competencias en las cuatro primeras. Pero fueron las afirmaciones relacionadas con su especialidad las que causaron una verdadera conmoción: por ejemplo, que “el 70 u 80 por ciento de las enfermedades mortales se podrían evitar respetando los Diez Mandamientos.”

Pero lo que le hace el candidato perfecto para este gobierno es su buena disposición a seguir órdenes ciegamente. Por lo tanto, en cuanto se le ordenó, no dudó en emitir una directiva que ordenaba liberar el 60 por ciento de las camas hospitalarias, un total de 36.000, para prepararse para un brote potencial del coronavirus similar en magnitud al que ocurrió en Italia.

Los expertos explicaron rápidamente que en ningún escenario posible se necesitarían más de 10.000 camas, pero hizo oídos sordos. Así que, durante la Semana Santa, las personas con necesidades médicas continuadas (pacientes en cuidados paliativos, un hombre con las piernas recién amputadas y muchos otros) tuvieron 24 horas para dejar sus camas en el hospital. Una enfermera se ofreció a cuidar a domicilio gratis a los diez casos más graves. A las dos semanas, notificó que nueve de ellos habían fallecido. Un reputado director de hospital se negó a seguir la orden y fue despedido rápidamente junto con otro destacado director, cesado por motivos infundados. Todo esto en el punto álgido de la crisis de la covid-19.

Incluso en una pseudodictadura estaba claro que el ministro múltiple Kásler había fallado estrepitosamente y que tenía que irse. Incluso se llegó a tal punto que se filtró el nombre de su sucesor, pero este último anunció que prefería seguir practicando la medicina. Ante la ausencia de otros candidatos, Orbán ha anunciado ahora que su ministro del interior y viejo amigo Sándor Pintér va a supervisar todos los hospitales y sus contratos con proveedores no gubernamentales. Los expertos advierten que el proceso burocrático resultante podría conducir a más muertes.

Los verdaderos héroes de la pandemia

Mientras tanto, la reprobable ley de emergencia que Orbán obligó al parlamento a pasar en marzo, mediante la cual se le otorgaban poderes ilimitados para gobernar por decreto, se ha usado para una serie de nuevas leyes que no tienen nada que ver con la pandemia, pero que en la práctica atentan contra la dignidad de las personas. De esta manera, el gobierno de Orbán no ha ratificado la Convención de Estambul para combatir la violencia contra las mujeres y ha dado un duro golpe a las personas transexuales ilegalizando la posibilidad de cambiar el género de nacimiento en los documentos. Asimismo, ha retirado el estatus de funcionario a 20.000 trabajadores de museos, bibliotecas, archivos e institutos públicos de cultura, desprotegiéndolos contra los despidos. Otra ley de “emergencia” podría llevar a la quiebra a la capital de Hungría, dirigida por un alcalde del partido de la oposición, Gergely Karácsony.

Los trabajadores sanitarios, los verdaderos héroes de la pandemia, no han recibido ningún reconocimiento real o una compensación económica significativa. Orbán explicó que los primeros héroes de la pandemia son los curas, seguidos (en este orden) de los políticos, los policías y el personal de ayuda para catástrofes. Los médicos están en quinto lugar. Excepto uno: el primer ministro húngaro ahora califica de “históricos” los méritos de Kásler.

La gran víctima de la crisis del coronavirus en Hungría ha sido la dignidad humana. Mientras el sistema de Orbán continúe, la crisis perdurará mucho después de que el virus haya desaparecido.

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