La Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye la soledad entre los problemas de salud pública que afrontan las sociedades contemporáneas. El informe, que menciona también el “aislamiento social” (una falta objetiva de relaciones o interacciones) define la soledad como “una experiencia subjetiva que se refiere a un estado emocional negativo derivado de una discrepancia entre la experiencia deseada y la experiencia real de conexión social”.
La soledad no es unívoca, no es solamente relacional y afectiva, también es una cuestión social y política.
Incels y soledad
Hemos asistido en estos últimos años a la difusión del término “incel” en relación con los atentados terroristas cometidos en nombre de esta ideología (que forma parte del mundo más amplio de las corrientes masculinistas) y a la difusión de la serie Adolescence producida por Netflix.
El término, como abreviación de “involutary celibate”, traducido como “celibato involuntario” (aunque sería más justo hablar de “castos involuntarios”, ya lo habíamos hablado aquí) ha reabierto un interesante debate sobre la soledad masculina y también ha producido un relato que es necesario desmontar.
De ello habla la socióloga Katarzyna Dębska en la publicación polaca Krytyka Polityczna: “Se dice que a los hombres les resulta más difícil encontrar pareja y tampoco faltan las historias de mujeres que desean construir una relación satisfactoria pero que sufren un fracaso tras otro”.
Dębska, que es investigadora en la facultad de sociología de la universidad de Varsovia, hace referencia al mayor “capital” masculino dentro de lo que se considera el mercado matrimonial, tema ya estudiado por la socióloga Eva Illouz en diversos estudios, entre los que cabe citar Why Love Hurts: A Sociological Explanation [Por qué el amor hace sufrir: una explicación sociológica] publicado en 2012, o The End of Love: A Sociology of Negative Relations [El final del amor: sociología de las relaciones negativas] publicado en 2018 por Oxford University Press, donde muestra como el “capital” masculino sigue siendo netamente superior al femenino en las relaciones amorosas.
| El capital masculino según Eva Illouz El capital masculino (en el ámbito de las relaciones heterosexuales) es para Illouz el valor y la deseabilidad que un hombre puede movilizar en las relaciones amorosas gracias a factores como la clase social, los ingresos, el prestigio profesional, la autonomía, la seguridad en sí mismo, la capacidad para no comprometerse y el acceso a posibles parejas. Los hombres, sobre todo aquellos social y económicamente más aventajados, acumulan “capital” porque pueden combinar éxito social, deseabilidad sexual y libertad emocional. Al contrario que a las mujeres, esta posición les permite a menudo elegir, posponer el compromiso, diversificar sus opciones y mantener una cierta distancia emocional. Este capital está vinculado, según la socióloga, al desarrollo de la sociedad neoliberal, que elimina normas y precariza las estructuras, incluso en los ámbitos emocional y sexual. |
No obstante, continúa Debska, hoy en día “el rostro de la soledad es cada vez más el del hombre sin pareja. Las investigaciones indican que el hecho de mantener una relación sentimental aporta a los hombres mayores beneficios que a las mujeres en términos de salud mental y física, ya que ellas suelen formar parte de redes sociales amplias”.
Por lo tanto, añade que “la soledad masculina es un problema real que debe tomarse en serio por investigadores, instituciones públicas, partidos y círculos políticos, especialmente aquellos cuyo objetivo es la igualdad de género y la igualdad en general”.
La soledad, un “campo de batalla político”
¿Cuáles son las causas de la soledad masculina? La respuesta a esta pregunta, continúa Dębska, es un “campo de batalla político”. Para la manosfera y los círculos antigénero, la culpa recae en la emancipación de la mujer, y hay que combatir esta retórica.
En estas últimas décadas la posición de las mujeres en la sociedad se ha visto reforzada: el acceso a los estudios y al trabajo, así como a los espacios de socialización, ha puesto en tela de juicio no solo los roles de género tradicionales, sino también la formación de parejas: “Completan este panorama el capital sexual y el capital emocional. Las sociólogas Dana Kaplan y Eva Illouz abordan el primero en su libro What is Sexual Capital [¿Qué es el capital sexual?]. Las características físicas o de comportamiento que se valoran y las que desacreditan socialmente a un individuo están determinadas por factores históricos y culturales. En algunas épocas y contextos, por ejemplo, la virginidad femenina; en otros, el elevado número de parejas sexuales (especialmente en el caso de los hombres)”, explica Dębska. “Como observan los sociólogos, el capital sexual aumenta la autoestima de los individuos, ayudándoles a desarrollar un sentido de autonomía y control sobre su propia vida”.
Dębska añade otro elemento: son los hombres de la clase trabajadora quienes más perciben estas diferencias: “Estos hombres, debido a su posición de clase, no pueden encarnar la masculinidad hegemónica, que la socióloga australiana Raewyn Cannell describe como la más codiciada en una sociedad dada, habitualmente asociada con tener una ventaja no solo sobre las mujeres, sino también sobre otros hombres, incluyendo el respeto y el reconocimiento”.
La voz de los “célibes involuntarios” que no son incels
En un artículo para el periódico independiente checo Denik Referendum, la periodista Petra Dvořáková entrevistó a ocho hombres que relataron su celibato involuntario. Ninguno, escribe, frecuenta foros incel ni se identifica con la misoginia.
Todos relatan un profundo sufrimiento, vinculado al aislamiento, la baja autoestima, las dificultades en sus relaciones, el trauma, el acoso escolar, la depresión y, a menudo, síntomas o diagnósticos de TDAH o autismo. “La mayoría destacó que su naturaleza tímida y poco competitiva no se corresponde con los ideales de la masculinidad patriarcal tradicional”, añade Dvořáková. “Las habilidades relacionales y emocionales son un privilegio reservado para quienes nacen de padres emocionalmente maduros”, le dijo uno de los entrevistados.
“Me llamo Tomáš, tengo treinta y ocho años y me es imposible quererme”, así comienza la primera entrevista de Dvořáková.
“No me identifico con la etiqueta de incel, no me gusta que se encasille a la gente, pero como persona en celibato involuntario, me molesta la forma en que se trata esta etiqueta en los debates y en los medios de comunicación”, continúa. Tomáš está desempleado debido a una depresión crónica y ha tenido pensamientos suicidas desde la adolescencia. Se describe a sí mismo como imposible de amar. Dice que buscaba amistades con mujeres, con la esperanza de que se convirtieran en relaciones, pero luego se alejaba cuando lo percibían como un amigo. No reclama derecho alguno al sexo o al amor, pero experimenta cada rechazo como la propia confirmación de su exclusión de la humanidad. Para él, el sexo no es solo placer: es una experiencia compartida que hace sentirse parte del mundo.
Según los datos, cerca del 6 % de las mujeres y el 9 % de los hombres en la República Checa nunca han tenido relaciones sexuales; entre los 18 y los 25 años, el porcentaje aumenta a casi una cuarta parte de las mujeres y a más de un tercio de los hombres. Dvořáková cita estudios que explican que las mujeres solteras se sienten, de media, más satisfechas que los hombres porque suelen tener redes emocionales y amistades más a menudo, mientras que muchos hombres dependen casi exclusivamente de sus parejas para obtener apoyo emocional.
“Como hombre, no tienes a quién recurrir en busca de apoyo emocional. Siempre he echado de menos no tener con quién hablar de cosas de las que no se puede hablar con otros hombres”, escribe Peter a Dvořáková. El hombre, de unos treinta años, vive con su madre en un pueblo eslovaco y se niega a reunirse con Dvořáková en persona por desconfianza. Ha sufrido acoso escolar durante más de una década y afirma que de niño aprendió que los demás eran “peligrosos”. Peter no se integra en los grupos: cuando intentó encajar, le dijeron que solo necesitaba tener más confianza en sí mismo.
“Independientemente de las opiniones sobre la división tradicional de roles, se trata de un sistema con reglas. Hoy en día, nadie sabe qué se espera de los hombres. Por un lado, se oye decir: ‘Quiero un hombre sensible, quiero abolir los roles de género’, y por otro, ‘Los hombres ya no saben ser hombres’. Esto resulta confuso para quienes, como yo, tienen dificultades para comprender las normas sociales”, afirma Lukáš, de 25 años. Él también fue víctima de acoso escolar y, tras un amor no correspondido, buscó explicaciones en la cultura de la “píldora roja”, que atribuye el sufrimiento masculino al desorden generado por la emancipación y aboga por un retorno a los roles de género tradicionales. Afirma que ya no lo cree así.
Según Dvořáková, estos hombres no encarnan el modelo patriarcal dominante, pero sufren sus efectos. No son fuertes, competitivos, carismáticos o sexualmente seguros; y precisamente por ello se ven marginados. El patriarcado, escribe Dvořáková, no solo perjudica a las mujeres, sino también a los hombres que no son capaces o no quieren adherirse a la idea de masculinidad dominante. Dvořáková cree que reducir a los hombres célibes involuntarios a caricaturas misóginas es una visión corta de miras.
Una minoría puede radicalizarse, y la violencia incel existe; pero la mayor parte soporta un sufrimiento invisible. Para Dvořáková, si se prestara más atención, se escuchase e interviniese más temprano, muchos de estos hombres podrían convertirse en aliados en la crítica del patriarcado, en lugar de verse expulsados a comunidades resentidas y reaccionarias.
| La soledad en datos Según una encuesta de Gallup, los hombres jóvenes estadounidenses están entre los más solitarios: según los datos recogidos en 2023 y 2024, el 25 % de los hombres de edades comprendidas entre los 15 y los 34 años ha declarado haberse sentido muy solo en el trascurso del día precedente, porcentaje superior a la media de la población, que es del 18 %, y al similar relativo a los mujeres jóvenes. En otros nueve países de la OCDE, al menos uno de cada cinco hombres jóvenes declara sentirse solo; entre estos Turquía (29 %), Francia (24 %), Irlanda (23 %) y Canadá (22 %). En general, en la mayor parte de los países occidentales, los niveles de soledad de los hombres jóvenes son similares a la media nacional, y solo en tres países –Estados Unidos, Islandia y Dinamarca– la tasa de soledad es superior a la tasa general de soledad entre adultos. Al contrario, en nueve países los hombres jóvenes son menos propensos a declararse solos: Eslovaquia (4 % frente al 15 %), en Grecia (15 % frente al 25 %) y en Colombia (14 % frente al 23 %). Gallup empezó a interesarse por la soledad en 2023. Un estudio de la OCDE de 2025 revela que los hombres y los jóvenes experimentaron un deterioro en sus relaciones sociales durante 2018/2019; gran parte de este deterioro se observa entre los jóvenes. Según el mismo estudio, las mujeres reportan una mayor sensación de soledad, mientras que los hombres reportan menor apoyo social. Sin embargo, en general, las diferencias son mínimas. La primera encuesta de la UE sobre la soledad revela que, de media, el 13 % de los encuestados afirmó sentirse solo (la mayor parte del tiempo o siempre) en las cuatro semanas previas a la encuesta (realizada en 2022), mientras que el 35 % declaró sentirse solo en algunas ocasiones. No se encontraron diferencias significativas de género en esta encuesta. La soledad está más extendida en Irlanda (20 %), seguida de Luxemburgo, Bulgaria y Grecia. Los niveles más bajos se observan en los Países Bajos, la República Checa, Croacia y Austria (todos por debajo del 10 %). Esta encuesta ha generado varias publicaciones, que pueden consultarse aquí. |
🤝 Este artículo forma parte del proyecto de colaboración PULSE. Para su realización se ha usado el material recogido por Petra Dvořáková (Denik Referendum, República Checa) dentro del marco de una serie de artículos sobre el masculinismo realizados por socios del proyecto.
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