Análisis Los europeos y Covid-19 | Ucrania

La delgada línea entre la libertad y la sublevación: el hastío de los ucranianos por la COVID-19

A finales de 2020, la COVID-19 ya se ha cobrado la vida de casi 15 700 ucranianos, superando así a los 13 000 que han muerto en el conflicto entre Rusia y Ucrania que comenzó en 2014. Aunque al país le está costando superar el punto álgido de la pandemia, no se atreve a imponer un confinamiento estricto, ya que el debate público está dominado por argumentos económicos impulsados por oponentes políticos. Lo paradójico es que, cuantas más personas enferman, menos está dispuesta la población a obedecer normas bastante leves, como expone la periodista y escritora ucraniana Nataliya Gumenyuk.

Publicado en 30 diciembre 2020 a las 10:05

“Si me pongo la mascarilla, me contagiaré de tuberculosis”, exponía a un policía local un tendero de un minúsculo establecimiento de comestibles en un pueblo del centro de Ucrania. El policía estaba supervisando la aplicación de los protocolos de seguridad. Podía multarle con hasta 500 euros, que es una cantidad de dinero insólita para las zonas rurales de Ucrania. Pero, puesto que no había casos de COVID-19 en el área (como confirmó un médico local) el joven policía decidió que bastaría con una advertencia.

En Ucrania, es obligatorio llevar mascarillas desde marzo, tanto en lugares cerrados como en los transportes públicos. A finales del verano, estaba terminando de rodar un documental sobre cómo los trabajadores esenciales estaban sobreviviendo a la pandemia. El policía local era uno de los protagonistas. El ambiente era totalmente distinto al que se respiraba los primeros días de la cuarentena en primavera, cuando la gente del lugar estaba asustada por ‘esa enfermedad extranjera’ y prefería quedarse en casa.  

Pero, cuanto más dura es la pandemia y cuantos más casos se diagnostican en Ucrania, parece que también más personas salen por la capital.  

Es como si la gente tuviera una sobredosis de información sobre la COVID-19 y decidiera hacer caso omiso de las noticias. Para ser sinceros, personalmente silencié canales de Telegram dedicados al coronavirus y gestionados por el Ministerio de Sanidad, que gozaron de gran popularidad cuando se lanzaron. En mi trabajo con medios públicos ucranianos, mencioné cómo a los compañeros les costaba trabajo informar sobre ‘otra noticia de la COVID’. La cuarentena se había convertido en la nueva normalidad y su creciente efecto en las personas dejó de ser una novedad.  

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Pero habían despedido a la operadora de grúa a la que grabé anteriormente. Solía protestar por el hecho de que la empresa para la que trabajaba, que tenía un monopolio en el sector de los trabajos de construcción en una ciudad de provincia, empezó a pagar menos durante la cuarentena. Su único hijo no podía ganarse un sueldo decente, al no poder viajar a Polonia para realizar trabajos como temporero. Según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, debido a la COVID-19, Ucrania puede enfrentarse a la peor recesión en décadas.

A finales de 2020, la COVID-19 ya se ha cobrado la vida de casi 15 700 ucranianos, superando así a los 13 000 que han muerto en el conflicto entre Rusia y Ucrania que comenzó en 2014.

En la investigación llevada a cabo por mi equipo al principio de las crisis, determinamos que los ucranianos que habían vivido numerosas crisis trataban la pandemia como una de las tantas a las que han tenido que sobrevivir. Los problemas financieros relacionados con la paralización de la economía y la pérdida de empleos constituían una gran preocupación para muchas personas. Y el pensamiento impulsado por la economía dominó rápidamente el debate político.

Entre el populismo y la opinión pública  

La susceptibilidad a las críticas es una de las características que definen al Gobierno ucraniano actual y uno de sus puntos más débiles. Antes de su elección, el anterior cómico y ahora presidente ucraniano Volodymyr Zelensky solía ser el personaje más famoso en el país. El apoyo del público le sirvió para que su partido, llamado ‘Servidor del Pueblo’, ganara la mayoría en el Parlamento. Su popularidad es la principal ventaja, por no decir la única, para una persona ajena a la política que prometió hacer frente a grandes grupos financieros que controlan la economía y acabó atrapado en un panorama mediático hostil, controlado por esos mismos grupos financieros. Aun así, Zelensky sigue siendo el político más popular en el país, muy por delante de sus oponentes. 

La estrategia de comunicación del Gobierno es demostrar que está dispuesto a escuchar al pueblo y adaptar sus acciones en función de las encuestas. Algunos lo consideran populismo mientras que, para otros, es una democracia real tras el autoritarismo que ha vivido la sociedad. Si bien durante los dos primeros meses de la cuarentena las autoridades centrales mostraron solidez y control, con cada mes que pasaba iban relajando las restricciones, o al menos dejaron de ser tan exigentes. El verdadero pico de la pandemia comenzó a mediados de otoño, cuando el hastío por la COVID-19 también alcanzó su máximo nivel.

El 26 de octubre, se celebró la primera vuelta de las elecciones locales, en la que se iban a elegir a los alcaldes y a los presidentes de las comunidades. Volodymyr Zelensky había ganado de forma aplastante las elecciones presidenciales en abril de 2019 y su recién creado partido, “Servidor del pueblo", obtuvo la mayoría 3 meses después, en julio de 2019. Por este motivo, las elecciones locales parecían una prueba de su apoyo público. Zelensky no contaba con aliados en ninguna de las capitales regionales. Los alcaldes decidieron rebelarse y apostaron por mostrarse en contra del confinamiento. Uno tras otro, los alcaldes de turno de todo el país empezaron a saltarse los decretos del Gobierno central, exponiendo que la restricción es inconstitucional, algo que, en parte, es cierto. La oposición en los distintos frentes políticos usó la ‘gestión deficiente de la pandemia’ como uno de los argumentos de la campaña.

Las críticas son más que legítimas, pues Ucrania ha perdido el tiempo que podía haber dedicado a reforzar su sistema sanitario durante los meses de confinamiento estricto. Aunque se utilizan elementos básicos como las mascarillas y los tests, los hospitales de todo el país no disponen de suficientes estaciones de oxígeno y ventiladores, las directrices sobre cómo deben comportarse las personas son contradictorias y, a finales del otoño, los hospitales estaban casi al completo. El estímulo financiero para las pequeñas empresas no es en absoluto factible (270 €), aunque sigue siendo más que el salario mínimo en Ucrania (150 € al mes).

La verdadera división de la COVID 

“Como en Italia”, “caos”, “catástrofe”: estos titulares son tan habituales en la prensa ucraniana, que ya nos hemos acostumbrado a ellos. Pero, si nos quedamos atrapados en la burbuja mediática ucraniana, la situación parece ser peor que en cualquier otro lugar del mundo. Al destacar el hecho de “lo dividido que está el país, incluso en lo que respecta a la COVID-19”, la autocompasión es algo que une a los comentaristas de todos los espectros políticos. Se ve de un modo muy distinto desde una perspectiva internacional, sobre todo si se observa desde la división entre los distintos partidos políticos. 

“Llevar mascarilla se ha convertido en un asunto político aquí, en Estados Unidos'', me advertía el redactor jefe de una importante revista estadounidense cuando llegué al país para cubrir las elecciones presidenciales en octubre. Al contrario que en la capital ucraniana, en Washington D.C., que posteriormente votó casi de forma aplastante a Biden, por fin vi cómo la mayoría de gente llevaba mascarillas incluso en el exterior, los restaurantes aplicaban medidas estrictas de aforo y muchos establecimientos estaban cerrados. Al ponerme en contacto con oponentes de Trump, tenía que tener mucho cuidado a la hora de preguntar si era posible reunirme con ellos en persona para grabar. Un famoso columnista me dijo abiertamente que no era ético ni siquiera plantearlo. 

En la zona rural de Wisconsin, de tendencia republicana y a unos mil kilómetros de Washington D.C., se vive una situación totalmente distinta. “Aquí no necesitas la mascarilla, quítatela”, me dijo el propietario de una tienda de deporte en la que las armas eran el producto estrella. Se quejaba alzando la voz de las “estúpidas restricciones socialistas” que estaban asfixiando la economía. Una señora de edad avanzada con un cartel de apoyo a Trump en su puerta, a la que no conocía de nada, me invitó a entrar en su casa, en la que se encontraba su marido en silla de ruedas, claramente enfermo. La familia no creía que el coronavirus fuera más que una gripe normal. 

Pero lo que más impresionó con diferencia fueron los mítines de Donald Trump y su hijo, Donald Trump Jr., en Florida. Al primero habían asistido casi 30 000 personas, la mayoría de las cuales no llevaba mascarillas. “Si la COVID-19 existiera, la mitad de México o de la India tendría que haber fallecido, porque la gente vive en barrios de chabolas’, fue uno de los comentarios que escuché. Pero el argumento más popular y contundente contra las medidas de seguridad era el hecho de que las mascarillas y las restricciones eran signos de opresión y ‘las personas que viven en la tierra de los libres’ (como proclama su himno) no pueden ser esclavas de su Gobierno. 

Al regresar a mi país tras casi un mes en Estados Unidos, observé que la COVID finalmente había llegado a Ucrania y todo el mundo conocía a alguien que estaba enfermo o incluso que había fallecido, algo que no sucedía antes. 

Mientras, en algunos lugares proseguía la siguiente vuelta de las elecciones locales en Ucrania. Cabe señalar que, al final, los candidatos del partido presidencial no ganaron en ninguna de las grandes ciudades o capitales regionales, aunque obtuvieron la mayoría en los consejos locales. El Gobierno ucraniano impuso la llamada ‘cuarentena de fines de semana’, es decir, que no podían abrir los restaurantes, los centros comerciales y los cines durante los sábados y los domingos. Sin embargo, tras el primer fin de semana de cuarentena, las autoridades cancelaron la restricción por la presión de la opinión pública. Al plantearse qué hacer durante las fiestas y temiendo las protestas, el primer ministro no se atrevió a aplicar medidas estrictas antes de la Navidad ortodoxa, que se celebra el 7 de enero.

El candidato a la alcaldía de Leópolis, una de las ciudades más grandes y gran centro turístico, promulgó un decreto en el que declaraba que ‘los sábados y los domingos se consideraban días laborables’. Algunos establecimientos de la capital lo acogieron positivamente y decidieron denominar al sábado ‘una prolongación del viernes’. Lo que me pareció curioso es que estas ideas las defendían los denominados eruditos democráticos ucranianos (activistas anticorrupción, defensores de los derechos humanos, famosos periodistas independientes, todos unidos por el desprecio al presidente), con un argumento principal: el Gobierno no tiene ningún derecho a oprimir a los ucranianos librepensadores y a destruir los negocios. 

Al contrario que en Estados Unidos y, por suerte para Ucrania, existe una línea de partido clara según la cual se puede definir a los negacionistas de la COVID-19. Por supuesto, no tienen que ver con la cantidad de personas que se oponen a las restricciones que perjudican a los negocios. 

El movimiento antivacunas, la nueva amenaza

Existen otros motivos por los que la polarización impulsada por la COVID puede volverse más grave. Ucrania registra la tasa de vacunación más baja en Europa y en todo el mundo, según la OMS.  

Además de la proliferación de las teorías de conspiración, Facebook se ha convertido en una importante fuente de información y, por otro lado, los ucranianos históricamente han confiado muy poco en el Gobierno. Mientras, la única estrategia clara del Gobierno para frenar la COVID-19 es esperar a que se desarrolle una vacuna. Las autoridades han estado persiguiendo a grandes empresas farmacéuticas, pero, al no ser el país más rico, sino más bien lo contrario, siendo uno de los países más pobres de Europa, Ucrania podría tener que esperar al menos otro trimestre. Ante la ausencia de una política de comunicación estatal clara sobre las vacunas, parece que las autoridades dan por sentado que la gente simplemente accederá a vacunarse. Según una encuesta reciente, el 40 % de los ucranianos no está dispuesto a vacunarse, aunque sea gratis. Desafortunadamente, el estudio no ofrece detalles sobre los motivos. 

Aparte de luchar contra teorías conspiratorias (relacionadas aquí con Bill Gates, George Soros, etc), Ucrania corre el riesgo de convertirse en un campo de batalla en la carrera mundial de las vacunas entre Occidente y Rusia. La televisión federal rusa ya está desplegando una agresiva campaña para promocionar la vacuna rusa Sputnik V y descartar las vacunas fabricadas en Estados Unidos y el Reino Unido. Durante los últimos meses, se ha impuesto el mismo discurso en los programas de debates de los canales de televisión y los medios controlados por políticos a favor de Rusia en Ucrania. Mientras la vecina Rusia ha comenzado la vacunación y está lista para enviarla a aliados como Serbia, las vacunas de Pfizer/BioNTech siguen estado fuera de nuestro alcance.

Ucrania podría acabar estancada en una posición imposible: un país que se defiende de Rusia en una guerra real e incapaz de llegar a un acuerdo político para resolver el conflicto, no puede ni siquiera plantearse aceptar la vacuna rusa. Hasta 5 millones de ucranianos viven en la anexionada Crimea y en la región de Donbass bajo control ruso. En este caso, las fuerzas afines al Kremlin pueden acusar fácilmente a las autoridades ucranianas de tener su propio “momento Chernóbil’ al negar incluso la teórica curación con la vacuna por motivos políticos. Esta situación podría convertirse en un nuevo reto político, pero también ético.

En diciembre, en Ucrania ya se habían perdido 15 590 vidas, una cifra superior a las víctimas que se han cobrado los seis años de conflicto con Rusia. En comparación con la guerra, el coronavirus no es el asunto más polarizador, pero inevitablemente el conflicto puede ser un nuevo factor para un país obligado a librar demasiadas batallas al mismo tiempo. 

Desde el inicio de la crisis de la COVID, Nataliya Gumenyuk ha estado documentando la vida de los trabajadores esenciales y ha llevado a cabo una serie de investigaciones sobre cómo informar de la COVID-19 para ganarse la confianza de la opinión pública.


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