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El síndrome de abstinencia del confinamiento

Cuando los emigrantes lituanos a los que tanto se había echado de menos regresaron a casa durante la crisis del coronavirus, ya no eran bienvenidos. Se les trató como si fueran una amenaza, como se ha hecho con todo lo extranjero. Marius Ivaškevičius diagnostica una disociación de personalidad ligada al virus, una división entre el luto por la libertad perdida y el disfrute del nuevo aislamiento sedentario.

Publicado en 2 julio 2020 a las 20:30

En la primavera de 2020, cuando viví mi primera (y ojalá la última) experiencia de confinamiento general, descubrí de improviso que tengo dos personalidades muy distintas, si no opuestas.

La primera, que ahora está arrinconada, enfrentó esta pandemia y el silenciamiento de todos y todo como si se tratase nada menos que de una tragedia personal. Esta persona era una ferviente defensora de un mundo abierto acostumbrada a viajar a Europa y a Rusia varias veces al mes (estrenos, conferencias, charlas) y a Nueva York varias veces al año para visitar a su hija, que estudiaba ahí. Contempló entonces con horror cómo las fronteras europeas, que vivían desde hacía tiempo en el olvido, volvieron a aparecer y cómo la Unión Europea y su sueño de unidad desaparecían de nuestras mentes. Se sentía derrotada, como si hubiese sido despedazada; fue un triunfo instantáneo y absoluto de su parte «sedentaria» sobre su parte «más abierta».

Ver a los extranjeros como leprosos se convirtió repentinamente en algo normal, incluyendo a gente que conocíamos y que estaba luchando por volver a su hogar en los últimos vuelos disponibles. Después, solo quedaban ferris, que trajeron a emigrantes olvidados desde hacía tiempo, aquellos que una Lituania vacía había intentado traer de vuelta hacía muchos años. Pero ahora, cuando la madre patria los vio, se sintió horrorizada y dijo: «No, no necesitamos a gente así». Trató de aislarlos en habitaciones de hotel, donde bebieron y destrozaron muebles. Luego, el primer ministro los tildó de inhumanos, lo cual acrecentó la victoria de la mayoría «sedentaria».

Como dramaturgo, ahogué mi grito de dolor al ver que se cerraban los teatros por todo el mundo, incluyendo los trece en los que mi obra se estaba representando. Esto significaba que, durante los meses siguientes, o quizá incluso años, carecería de ingresos. Como padre, contemplé con pesar cómo se vaciaban los cielos: el número de vuelos a Lituania disminuyó día a día hasta que solo el trayecto Minsk-Vilna estaba disponible. Esto acabó con toda esperanza de que mi hija de quince años pudiese regresar a casa desde Nueva York, una Nueva York que sangraba cada vez más, hasta convertirse en el centro de la pandemia, el peor foco.

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Esto es lo que sucedió en mi vida y en mi interior durante las primeras semanas de cuarentena. A menudo me vi hojeando un atlas de la antigua Unión Soviética que tenía desde pequeño. Me sentí como cuando era niño: una vez más, todos esos países de diferentes colores eran inaccesibles y por ende, algo irreales para mí.

De repente, algo cambió. Aquella persona abierta al mundo se retiró y surgió una persona sedentaria. Fue como si esta hubiese tomado las riendas de mi conciencia y me hubiese hecho tomar una ruta sumamente corta, un ritmo semanal estricto: de lunes a viernes tenía el placer de matarme escribiendo mi novela en el campo y los fines de semana hacía excursiones a una Vilna vacía. No se trataba de apatía, sino de un periodo de mucha concentración.

Comencé a disfrutar del vacío y dejé de necesitar a los demás y su compañía, exceptuando a aquellos más cercanos. Una mañana me di cuenta repentinamente de que ese día tendría que haber viajado de Tallin a Bakú (con escala en Estambul), donde al día siguiente habría comenzado a dirigir una serie de talleres para dramaturgos locales. En otras palabras, habría pasado el día entero zarandeado de avión en avión. Me estremecía solo de pensarlo. Ya no podía concebir que en algún momento hubiese disfrutado de ese tipo de cosas. Ese otro «yo», el más abierto al mundo, estaba ya a años luz de distancia.

Creo que fue una simple cuestión de suerte, ya que el confinamiento llegó a mi vida en un momento en el que me sentía en completa armonía conmigo mismo. Me gusto tal y como soy, paso el tiempo con quien quiero y soy feliz con lo que hago, a diferencia de aquellos para quienes ir al trabajo o socializar de alguna otra forma representa una vía de escape del pequeño infierno de sus relaciones. Sentí una verdadera satisfacción al compartir este impedimento con el resto del mundo confinado. Pasé más tiempo, y de manera más significativa, con mi hija, que había estado encerrada en un pequeño piso en Brooklyn. Mi condición física mejoró notablemente: la acidez y demás problemas digestivos desaparecieron, ya que, según parece, tenían su origen en el constante, aunque imperceptible, microestrés de viajar y en los cambios de una gastronomía a otra.

Mientras el confinamiento se volvía más estricto y algunos comenzaban a alzar la voz para instar a las autoridades a declarar prácticamente un estado de guerra y entregarle el poder al jefe de las fuerzas armadas, yo me abstuve de unirme a las protestas, a pesar de que mi viejo «yo» habría estado haciendo sonar todas las alarmas públicamente. No, todo lo que podía pensar era: «Haced lo que queráis mientras que no interfiera con mi pequeño paraíso confinado».

Así que cuando el confinamiento se fue levantando gradualmente, para mi «yo» sedentario fue una verdadera tragedia, un desplome. Todo me irritaba: las multitudes de personas desesperadas por socializar que inundaban las calles de Vilna, las invitaciones a todo tipo de eventos que debí aceptar por cortesía y en ocasiones por obligación. Los cimientos de mi nueva vida se estaban desmoronando bajo mis pies y yo me estaba agarrando a un clavo ardiendo: ¿cómo lograría permanecer en mi corto y sedentario camino un poco más de tiempo?

Fue mi hija quien me salvó. La reactivación gradual de la industria aérea me permitió comprarle un billete Nueva York-Fráncfort-Vilna y responder honestamente a todas aquellas nuevas invitaciones: «Lo siento, pero mi hija regresa de Nueva York y me veré obligado a confinarme con ella dos semanas más».

Todos los días consultaba con ansiedad la lista creciente de países cuyos viajeros no necesitarían hacer cuarentena, ya que, si Estados Unidos aparecía en ella, mi sueño se haría añicos.

Cuando mi hija llegó a Vilna, esperé hora y media fuera del aeropuerto (no estaba permitido entrar). Vi como los pasajeros que llegaban se quitaban la mascarilla tan pronto como cruzaban las puertas de salida, como si hubiesen alcanzado la tan anhelada libertad. Mientras tanto yo estaba ahí, esperando a mi hija, que me daría dos semanas más de un encarcelamiento esperado con ansias.

Finalmente, ella también salió, la última, con sus dos enormes maletas. La recibí con un beso y un caluroso abrazo para que pudiésemos intercambiar de inmediato todos los virus y bacterias posibles, y la llevé al coche.

Nos dirigimos directamente al campo y ahora soy el hombre más feliz del mundo. Sigo escribiendo mi novela mientras ella sigue sus cursos de Nueva York en línea.

Un día le sugerí con cautela: «¿Qué te parece si nos aislamos durante todo el verano?» Me miró como si estuviese loco. Su madre, diplomática, apenas había logrado convencerla para no salir del piso de Nueva York, ya que mi hija estaba deseosa de unirse a las protestas de «Black Lives Matter», como lo habían hecho la mayoría de sus amigos del colegio. Para mantenerla en casa, le explicamos que los hijos de diplomáticos no podían participar en protestas y le advertimos que, si terminaba en la cárcel, perdería su vuelo a Vilna. Sin embargo, ahí estaba yo, proponiéndole algo todavía más absurdo. «Papá, mis amigos me están esperando», me respondió, «debes llevarme a Vilna en cuanto se acaben estas dos espantosas semanas».

En otras palabras, mi «yo» sedentario está viviendo sus últimos días. En la próxima temporada de teatro tendré siete estrenos, desde Moscú hasta Barcelona. Traen consigo tanto dinero como gloria, y mi «yo» abierto está rezando por que la temporada pueda empezar.

En cuanto a mí, ya no sé si eso es lo que quiero o no. Me siento completamente perdido.

Este artículo forma parte del proyecto Debates Digital, una colección de contenido publicado digitalmente que incluye artículos y debates en directo entre varios escritores destacados, académicos y personalidades intelectuales que forman parte de la red Debates on Europe.

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