Un Óscar ucraniano, represión contra la disidencia rusa y disputas fronterizas entre aliados

Publicado en 20 marzo 2024 a las 11:04

Este año, el Óscar al mejor largometraje documental recayó en la desgarradora película ucraniana 20 días en Mariupol, que relata la agonía de la ciudad asaltada por el ejército ruso en la primavera de 2022. Al recibir la estatuilla, un sueño para los profesionales del cine de todo el mundo, Mstyslav Chernov, creador del documental, afirmó que habría preferido no haber ganado el Óscar y que la película no se hubiera creado, porque significaría que no habría guerra en Ucrania

Un Óscar para una película de guerra ucraniana puede considerarse una expresión del empoderamiento de Ucrania que se ha producido no solo en el ámbito político, sino también en el cultural. Por eso, los medios de comunicación ucranianos, que habían previsto retransmitir la versión abreviada de la gala de los Óscar, observaron con cierta amargura que se había recortado una parte de la ceremonia de entrega en la que aparecían 20 días en Mariupol y su equipo. Disney Entertainment, organizador y productor del evento, explicó que esos cortes eran necesarios para poder convertir la gala completa, que duraba varias horas, en una emisión de 90 minutos.

Pero el columnista ucraniano Vitaly Portnikov tenía otra teoría. Según expone en el medio ucraniano Espreso, cree que, para la conciencia occidental, la guerra entre Rusia y Ucrania es ya parte del pasado. Es una historia que ha desaparecido de las portadas de los periódicos y ocupa algún lugar en la periferia de la imaginación. Y esto sucede a pesar de que, en su opinión, la guerra no ha hecho más que cobrar impulso y es inevitable que el conflicto entre democracias y autoritarismo se extienda a más zonas del mundo, mientras Vladimir Putin se declara preparado para una guerra nuclear con Occidente. Portnikov también señala que hace un año no se acortó el discurso de Yulia Navalni en la entrega de premios de la película Navalni, en el que no hizo ninguna mención a la agresión rusa contra Ucrania.

Alexéi Navalni, el líder de la oposición que murió en una colonia penitenciaria en febrero, fue homenajeado con un minuto de silencio en la ceremonia de los Óscar de este año. La antropóloga Katherine Verdery reflexionó una vez sobre la política de los cadáveres en el contexto de la transición poscomunista de Europa del Este. Esas reflexiones cobran relevancia cuando vemos que, para muchos públicos, el peso simbólico de un cuerpo puede ser mucho mayor que las vidas arrebatadas a miles de personas.

Los partidarios de Alexéi Navalni han evitado tratar el asunto de Ucrania por un motivo práctico. Es porque están luchando para influir a los rusos, no a los ucranianos. Su lucha es contra el régimen de Putin y, hasta ahora, sus victorias son solo morales.

Solo unas semanas después del asesinato en prisión de Alexéi Navalni, el 12 de marzo, Leonid Volkov, uno de los líderes de su movimiento, sufrió un ataque cerca de su casa en el que le golpearon con un martillo. Esto no sucedió en Rusia, sino en Vilna, la capital lituana. Ese mismo día, Volkov concedió una entrevista al portal ruso independiente en el exilio Meduza. En la entrevista, afirmó que, en su opinión, el mayor riesgo era "que nos matarían a todos".


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Los servicios de seguridad lituanos creen que lo más probable es que agentes rusos organizaran el ataque en un intento de contrarrestar la influencia de la oposición en la elección presidencial rusa del 15 al 17 de marzo de 2024. En Twitter, el ministro de Exteriores Gabrielius Landsbergis afirmó que las autoridades pertinentes estaban trabajando en el caso y que se castigaría a los responsables del ataque a Leonid Volkov.

Este ataque se produce justo después del envenenamiento de la reportera Yelena Kostyuchenko en Alemania y del brutal asesinato en España de Maksim Kuzminov, un piloto ruso que trabajaba con Ucrania. Es evidente que a los servicios de contrainteligencia europeos les está costando garantizar la seguridad de las figuras de la oposición rusa en el exilio. En palabras de la popular analista política rusa Ekaterina Shulman, los agentes rusos deambulan libremente por Europa como en un bufé.

En Polonia, desde hace varias semanas, los agricultores protestan junto a otros grupos en la frontera con Ucrania. Oficialmente, la protesta y el bloqueo se dirigen a las importaciones de alimentos y productos agrícolas procedentes de Ucrania. Sin embargo, en la práctica, la interrupción de los pasos fronterizos y las carreteras está obstaculizando el transporte de todas las mercancías, incluidas las que se necesitan en el frente. Tras varias situaciones en las que manifestantes polacos arrojaron productos ucranianos de vagones de trenes y contenedores, el primer ministro polaco decidió finalmente incluir los pasos fronterizos en la lista de infraestructuras críticas especialmente protegidas. Para muchos fue una sorpresa que la frontera con un país en guerra no se hubiera considerado crítica.

El bloqueo fronterizo está ensombreciendo las relaciones entre Polonia y Ucrania. Los ucranianos quieren mantener los acuerdos comerciales favorables que la UE les ha ofrecido desde febrero de 2022. Por su parte, los agricultores polacos piden el cierre total de la frontera a los productos ucranianos. Mientras, los especialistas, ampliamente ignorados, han explicado, como Kaja Puto informa en Krytyka Polityczna, que los bajos precios de los cereales en el mercado polaco no son el resultado de la afluencia de los productos ucranianos, sino un reflejo de los precios en los mercados mundiales. Sin duda, esos precios se han reducido por la enorme producción rusa.

En Ucrania, hay cierta indignación por el hecho de que Polonia exija el cierre de su frontera, mientras no ve ningún problema con comerciar con Rusia o Bielorrusia. Al fin y al cabo, este comercio no es ilegal, ya que los productos alimentarios no están sujetos a sanciones. El ambiente se caldeó aún más con las detenciones en Polonia de algunos periodistas ucranianos que intentaban documentar esta situación.

Los ucranianos también han visto con malos ojos las imágenes de los agricultores polacos tirando cereales ucranianos. Para una nación que sufrió el Holodomor, una hambruna inducida artificialmente por Stalin en la década de 1930 que mató a millones de ucranianos, estos actos equivalen a una auténtica blasfemia. Esto es especialmente así, como señala con frecuencia el presidente Volodímir Zelenski, porque los agricultores ucranianos a veces han recogido sus cosechas bajo el fuego, o han muerto por las minas que dejó en sus campos el ejército ruso.

Las protestas de los agricultores y, sobre todo, el relato de los alimentos ucranianos de baja calidad que acaban en las mesas polacas, están avivando un resentimiento hacia Ucrania que habría sido impensable después del ataque ruso de hace solo dos años. El ambiente de solidaridad que reinaba entonces parece ahora algo muy lejano. Según una encuesta de Ipsos, el 78 por ciento de los polacos apoya la protesta de los agricultores y sus reivindicaciones. Un porcentaje similar rechaza el argumento de que detener las importaciones ucranianas podría perjudicar a Ucrania en su guerra con Rusia.

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