¿Hay sitio para una memoria compartida en la era de la impunidad?

Los “grandes relatos” que explicaban todo, desde el comportamiento de los Estados hasta la literatura, han desaparecido. El colapso de las historias interconectadas requiere de una nueva perspectiva sobre lo que nos une, desde Manila hasta Silicon Valley, y de ahí hasta Moscú, y es necesario que el periodismo se plantee nuevamente cuál es su misión, explica el autor británico-ucraniano Peter Pomerantsev.

Publicado en 29 septiembre 2022 a las 09:59
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“Querido Peter: Llevo mucho tiempo esperando para escribirte, pero las últimas noticias han dejado en claro que permanecer en silencio es, simplemente, peligroso.

Mis antiguos colegas están en prisión. Durante muchos meses, a mis amigos y a mí nos ha resultado difícil llamar la atención de los medios de comunicación mundiales. Ahora ha ocurrido algo que ha capturado la atención de las principales agencias de noticias, pero me pregunto cuánto durará. ¿Hay alguna manera de mantener esta atención? Me siento como si todos aquí fuésemos rehenes. Y eso da miedo. Ahora todo, cualquier delito, se ha vuelto posible aquí”.

El verano pasado, recibí desde Bielorrusia este mensaje de un amigo, un par de días después de que el dictador de ese país, Alexander Lukashenko, utilizara un avión de combate MiG para el aterrizaje forzoso de un vuelo comercial internacional que estaba atravesando “su” espacio aéreo y detuviera a un periodista bielorruso y a su novia, que creían estar seguros viviendo en Lituania. Pocos días después, el periodista capturado, Roman Protasevich, apareció en la televisión estatal con marcas de tortura visibles y confesó su traición. La escena recordaba a los juicios espectáculo instigados por el estalinismo.

Hubo cierta indignación entre lo que nos gusta llamar la comunidad internacional; se utilizaron las palabras “secuestro” e incluso “acto terrorista”. Y después, como temía mi amigo, todo fue olvidado. Lukashenko se enfrentó a consecuencias leves, como la prohibición de que la aerolínea estatal bielorrusa volara a Europa. Su mensaje a cualquiera que se atreviera a oponerse a él era más potente: Puedo hacer lo que quiera contigo, dondequiera que estés.

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Me costó responder a la petición de mi amigo. Para que un único acontecimiento sea recordado, debe estar sostenido por una historia mayor en la que pueda desembocar. Cualquiera que haya jugado a un juego de memoria sabe que se recuerdan cosas diversas al ponerlas en una secuencia en la que adquieren importancia como parte de un todo mayor. Del mismo modo, en los medios de comunicación y en la política, una escena solo tiene poder cuando forma parte de un relato más amplio.

Pero los escandalosos crímenes de Lukashenko no encajan dentro de una cadena de significados más grande. Y no se trata solo de Bielorrusia. De Birmania a Siria, de Yemen a Sri Lanka, tenemos más pruebas que nunca de crímenes de lesa humanidad: torturas, ataques químicos, bombardeos con barriles, violaciones, represión y detenciones arbitrarias. Pero a las pruebas se les dificulta captar la atención, por no hablar de suscitar consecuencias. Tenemos más oportunidades de publicar, no estamos limitados por la geografía, nuestra audiencia es potencialmente global. Sin embargo, la mayoría de las revelaciones y de las investigaciones no tienen eco. ¿Por qué?

Un relato conectado se rompe

El colapso de la Unión Soviética debería haber estimulado la introspección y animarnos a no excluir a nadie del relato de los derechos humanos contra la represión política. Y, por un momento en la década de 1990, esto parecía posible. Cuando la ola de democratización derrocó tanto a las dictaduras pro-soviéticas como a las pro-estadounidenses en todo el mundo, cuando se creó el Tribunal Penal Internacional en La Haya en 1998, cuando las intervenciones humanitarias se llevaron a cabo con éxito desde los Balcanes occidentales hasta África oriental, parecía que la justicia se impartiría más equitativamente.

Pero entonces ocurrió algo diferente. En lugar de dejar entrar a más personajes en el relato de los derechos humanos, todo el entramado se derrumbó. Una situación en la que algunas víctimas recibían más atención que otras fue sustituida por una situación en la que ninguna víctima recibía atención de forma sostenida. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial habían obligado al mundo a adoptar la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, al menos en principio. Tras la Guerra Fría, las catástrofes en Srebrenica y Ruanda habían fomentado las intervenciones humanitarias y la “responsabilidad de proteger”.

En anteriores crímenes de lesa humanidad, la ignorancia siempre era una excusa. Desde Auschwitz hasta Srebrenica y Ruanda, los dirigentes podían alegar que desconocían los hechos, o que estos eran equívocos, o bien que los acontecimientos se habían desarrollado con tanta rapidez que resultó imposible actuar. Pero ahora tenemos acceso a medios de comunicación omniscientes que a menudo nos aportan pruebas abundantes e instantáneas que, sin embargo, resultan menos significativas que antes. El cuadro de los crímenes sigue siendo un desorden de imágenes rotas.

Esto parecía diferente en la Guerra Fría. En aquel entonces, parecía haber una conexión entre poner un freno a un único disidente soviético y una lucha geopolítica, institucional, moral, cultural e histórica más amplia. Los medios de comunicación, los libros y las películas de la época contaban las historias de discretos presos políticos y de abusos a los derechos humanos como parte de un relato más abarcativo dentro de la gran batalla de la libertad contra la dictadura, una batalla por el alma de la historia.


En anteriores crímenes de lesa humanidad, la ignorancia siempre era una excusa. Desde Auschwitz hasta Srebrenica y Ruanda, los dirigentes podían alegar que desconocían los hechos, o que estos eran equívocos, o bien que los acontecimientos se habían desarrollado con tanta rapidez que resultó imposible actuar


Y toda esta historia hacía que la gente en las democracias se sintiera mejor consigo misma y formara parte de una identidad: estamos del lado de la libertad frente a la tiranía. Había instituciones que apoyaban este mensaje y esta identidad. Los presos políticos se sentían menos vulnerables cuando sus detenciones eran anunciadas en la BBC o en Radio Free Europe, recogidas por Amnistía Internacional, anunciadas en la ONU y expuestas por los presidentes de Estados Unidos en cumbres bilaterales con los dirigentes soviéticos.

En conjunto, todos estos elementos mantenían viva la atención. Y que los propios pecados de Occidente, como el programa de asesinatos encubiertos de la CIA en la Guerra Fría y los golpes de Estado en la década de 1970, fueran revelados suponía la existencia de un marco mediante el cual captar la atención y la indignación del público occidental.

Existía lo que podríamos llamar un “gran relato” que informaba y envolvía todo, desde el comportamiento de los estados hasta la literatura y el arte, pasando por el modo en que la gente se pensaba a sí misma. Estaba ligado a los ideales ilustrados de “progreso” y “liberación”, donde los hechos y las pruebas eran algo que debía respetarse, confirmarse o refutarse mediante argumentos racionales o pruebas verificables.

Incluso el régimen soviético se aferró a un lenguaje y una visión del mundo en los que los derechos – los derechos de los pueblos colonizados y de los económicamente oprimidos, principalmente – podían importar, al menos en teoría. Incluso firmaron compromisos en materia de derechos humanos, lo que permitió a los disidentes soviéticos exigir a los dirigentes del Kremlin que “obedecieran sus propias leyes”.

La “era de la impunidad”

En este concurso de grandes ideas, en el que cada bando proclamaba sus ideales como superiores, se abrió un espacio para que los disidentes exigieran a las potencias que estuvieran a la altura de sus propios ideales. En la periferia, estos ideales fueron invocados a la hora exigir el apoyo de los movimientos de liberación, colonizados por uno u otro bando.

Los grandes relatos, por supuesto, tenían sus problemas. A menudo privilegiaban a las víctimas de las ideologías rivales y dejaban a su paso puntos ciegos del tamaño de un continente. Los sacerdotes asesinados en Polonia por los comunistas recibían más atención en los medios de comunicación occidentales que los sacerdotes asesinados por los aliados de Estados Unidos en El Salvador. La represión de las rebeliones en Budapest y Praga por parte del Ejército Rojo recibió una cobertura infinitamente más intensa que la que mereció la violencia ejercida sobre las rebeliones anticoloniales contra la ocupación británica en Kenia.

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