Análisis Inversiones de la UE en China

La paradoja del dragón: por qué China necesita la ayuda financiera de la UE para plantar árboles en la Tierra

En lo que parece ser en nombre del cambio climático, y recurriendo al Banco Europeo de Inversiones (BEI), los grandes banqueros de la Unión Europea han estado concediendo préstamos a China y, por lo tanto, haciendo la vista gorda ante sus flagrantes y descaradas violaciones de los derechos humanos. Aun así, el dinero —una gran gota de agua en el balance general del BEI— puede no ser el problema, sino el preludio de un problema.

Publicado en 10 mayo 2021 a las 16:40

Hormigón gris, vidrio afilado, acero helado. Desde el punto de vista arquitectónico, la sede del Banco Europeo de Inversiones (BEI) en Kirchberg (Luxemburgo) tiene un aspecto bastante frío y poco inspirador. 

Un edificio bajo, cruciforme y un evidente monumento a la inexpugnabilidad flanqueado por un «invernadero», una ampliación reciente conocida por convertirse en transparente por la noche: el ambiente es tan entrañable bajo la llovizna del Gran Ducado como un apacible búnker incongruentemente animado por el trozo desmantelado de una terminal de aeropuerto. 

Sin embargo, allí reside y actúa el «brazo prestamista de la Unión Europea»; una institución algo oscura (para la mayoría), pero una institución poderosa y cuyas decisiones, a discreción de unos pocos, afectan a la vida de muchos, en Europa y fuera de ella, ya que inyecta decenas de miles de millones de euros cada año en la economía. 

Activo clave del arsenal financiero de la Unión Europea –y, entre bastidores, zona cero de las rivalidades políticas entre los Estados miembros (y sus accionistas), quienes compiten por el poder prestamista (77 000 millones de euros en 2020, fuente: BEI)–, la primera misión del banco es financiar proyectos infraestructurales en Europa, al mismo tiempo que reservar, cada año, una parte para operaciones en el extranjero (mandato de préstamo exterior (MPE)).

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¿Cómo funciona? 

En pocas palabras, el BEI –gracias al crédito que poseen sus accionistas– puede pedir préstamos al mercado de valores a bajo coste, y además, está respaldado por una garantía de la UE en la mayoría de los casos, lo que permite renunciar a las primas de riesgo de sus tipos de interés.

Los países receptores, por su parte, buscan la oportunidad de pedir préstamos a bajo interés, a través de sus instituciones o empresas, para financiar proyectos a gran escala. Al ver los beneficios, los especuladores privados intervienen y crean un apalancamiento financiero. 

Más allá de la UE, el banco se dedica a otorgar préstamos solidarios (préstamos blandos sin ánimo de lucro) por todo el mundo, a saber: para las carreteras en Montenegro (320 millones de euros), para la perforación de líneas de metro en El Cairo (600 millones de euros), para la financiación de una universidad en Marruecos (70 millones de euros) o para la mejora del sistema de suministro de agua en Bangladesh (100 millones de euros).

En líneas generales, tiene sentido, porque contribuye a alcanzar los «objetivos exteriores» de la UE, como son: atraer a los Balcanes Occidentales hacia la Unión Europea, abordar las causas profundas de la migración en el «vecindario del sur» o «fomentar la economía en los Países Menos Adelantados (PMA)». Pero no cuando se trata de China. 

El problema que todo el mundo ignora

Resulta que China también puede acogerse al plan. De hecho, es el mayor beneficiario de Asia y ha recibido hasta ahora un total de  3.100 millones de euros en préstamos. Esta relación se remonta a 1995, cuando el BEI ayudó a financiar el yacimiento de petróleo y gas de Pinghu en el Mar de China Oriental, carreteras en Guangxi y una planta de tratamiento de aguas en Chengdu, unos años más tarde. 

Además, los préstamos subvencionados por el Banco de la UE realizados en diversas partes del mundo benefician, en algunos casos, de los intereses chinos, como es el caso, en particular, de Grecia, Senegal y Escocia (SDIC Power), donde las empresas chinas acapararon la mayor parte de las ofertas abiertas. 

Entonces, ¿cómo es posible? 

A primera vista, y más allá de la narrativa oficial de que todo es con el objetivo de «salvar el planeta», una narrativa esgrimida hasta la saciedad por el banco (hablaremos de ello más adelante), no queda muy claro cuál es su justificación y aún quedan muchas preguntas por responder.

¿Por qué necesita Pekín el dinero? El año pasado, China recortó 209.000 millones de euros en su ejército (tres veces más que India) y 167.000 millones de euros en seguridad pública y vigilancia. Mientras tanto, sus bancos políticos destinaban decenas de miles de millones de euros en préstamos comerciales a través de Belt & Road, en un inmenso despliegue de poder.

Además, ¿cómo es posible que un «rival estratégico» sea beneficiario de la Ayuda Oficial al Desarrollo (de una parte asignada de la Renta Nacional Bruta de la UE), en igualdad de condiciones con Bangladesh, Nepal o Camboya? Un rival con el que Europa mantiene una relación bastante asimétrica de comercio y cuyo partido-estado, a través de la Comisión para la Supervisión y Administración de los Activos (SASAC), posee y/o explota más de una docena de terminales portuarias en Europa, y ha comprado su camino en la red eléctrica del continente (a través de una críptica red de filiales en Chipre, Grecia, Portugal e Italia).

Una narrativa creíble

Sobre el papel, el argumento oficial que sustenta la política china del banco es innegablemente coherente.

En consonancia con el Acuerdo de París y en virtud de su mandato de préstamo exterior (2014-2020) –que exige al banco que destine al menos un 25 % a préstamos exteriores con el fin de atenuar el cambio climático–, el BEI ofrece financiar grandes franjas de «bosques» en China, como parte de la misión de «preservar el planeta».

Además, el prestamista es tradicionalmente un grande en la silvicultura. Ya ha invertido en diversos proyectos, desde la forestación y la gestión de la tierra hasta el procesamiento de la fibra, en toda Europa; así que, ¿qué es más natural para el «banco del clima» que desplegar su experiencia en Asia y conceder a China un crédito (de la mano de Indufor, una consultora privada finlandesa) de 1.300 millones de euros (destinado únicamente a la silvicultura a partir de diciembre de 2020)?

Los bosques, a fortiori, suelen ser una inversión financiable, como una «especie de activo» que, aparte del inestimable mérito que tiene de ser una iniciativa verde, ofrece tanto flujo de caja como una revalorización del capital.

En cuanto a China, resulta obvio: después de sobreexplotar sus bosques durante décadas y arruinar sus propios recursos, las autoridades, a través de la Administración Nacional de Bosques y Pastizales, no tuvieron más remedio que imponer planes de forestación masiva (mientras deforestan otros continentes), para compensar la devastación. ¿Por qué iba China a rechazar préstamos baratos y ayuda experimentada gratuita?

El problema es que no importa lo coherente que sea esa narrativa, ya que tan solo es una parte de la historia. 

Para analizar vamos a considerar dos casos, cuyo volumen de préstamos presenta aproximadamente un tercio de los préstamos del BEI a China (solo para la silvicultura). 

El año pasado, el banco acordó prestar 300 millones de euros a Mongolia Interior (a un 1,8% en 25 años, con 5 años de período de gracia). El principal objetivo de esta inversión era «proteger la biodiversidad y mejorar la adaptación a los impactos negativos del cambio climático», afirma el BEI. 

Sin embargo, de las 138.000 hectáreas de superficie que se habían propuesto como objetivo, el 83% corresponde a «la mejora de las plantaciones existentes con especies de árboles raros y muy valiosos», declaran los medios de comunicación estatales chinos.

En 2018, prestó otros 200 millones de euros a Anhui y Jiangxi para «establecer 32.000 hectáreas de nuevos bosques y mejorar la calidad de 75.000 hectáreas de bosques existentes». 

Pero aquí también, cuando hablamos de «nuevos bosques» nos referimos a «plantaciones industriales» para fibra y madera, según indica el balance del proyecto (disponible en la web china, en un encomiable esfuerzo de transparencia), en las que se mezclan árboles de madera dura y blanda de hoja perenne con coníferas; mientras que los «bosques existentes» se refieren a la «mejora de las plantaciones existentes de especies de árboles raros y muy valiosos».

¿Por qué? 

Porque China —que necesita importar el 50% de la madera que consume (la mitad de 631 millones de m3 en 2019), para abastecer su enorme base industrial de papel y de compañías de construcción— está intentando reducir su dependencia de países extranjeros a toda costa. 

Esto se aplica sobre todo a las «especies raras y valiosas», ya que el aumento de necesidad nacional de madera tropical depende principalmente del hemisferio sur, en un momento en el que las cadenas proveedoras no se muestran muy fiables.  

En otras palabras, la ecología solo es una parte del objetivo y en absoluto el único motivo para la creación de la política de forestación de Pekín, ya que China busca implementar un gran plan nacional que, conceptualizado por la Academia China de las Ciencias en 2014, busca el establecimiento de 20 millones de hectáreas de «bosques estratégicos de reserva» para 2035. ¿Cuál es el principal objetivo? Lograr una autosuficiencia en madera.

Lo que conlleva lo siguiente: 

En primer lugar, las tasas de retención de carbono son considerablemente mucho más bajas en las plantaciones industriales que en los bosques naturales; y aunque el banco atribuye las decepcionantes cifras de Mongolia interior (11kt/a) a la baja tasa de crecimiento de los árboles en la región, también en este caso nos encontramos frente a una sola parte de la historia. 

Además, aunque el BEI no hubiera intervenido, sus proyectos en China podrían haberse financiado de todos modos, ya que coinciden en gran medida con los «bosques estratégicos» planificados de antemano, a los que la Administración de Bosques y Pastizales de China había estado destinando varios préstamos (en 2017, la superposición alcanzó el 87 % en superficie y el 86 % en presupuesto).

En este contexto, el Banco de Construcción de China (CCB), el Banco Agrícola de China (ABC) o el Banco de Desarrollo de China (CDB) habrían ocupado su lugar, ya que el último anunció recientemente que inyectará 19.300 millones de euros (150.000 millones de yenes) en la silvicultura de todo el país para 2024.

Una UE, dos modelos

Teniendo en cuenta lo anterior, después de airear algunas grietas en el agitprop, ¿hasta qué punto es descabellado suponer que, en cierta medida, la «atenuación del cambio climático» es un buen eslogan? ¿No se trata de una simple para justificar la presencia del banco en China? 

No cabe duda de que están interviniendo grandes y poderosas fuerzas que están ejerciendo presión en privado para que se abandone la instancia moral suprema, en un momento en el que siguen saliendo a la luz informes creíbles de abusos en Xinjiang y Hong Kong. Los préstamos en condiciones favorables son un acto político.

Esto deriva del hecho de que, cuando Rusia tomó Crimea en 2014, el Consejo Europeo pidió rápidamente al BEI que congelara toda nueva financiación a Rusia. Sin embargo, los crímenes contra la humanidad en Xinjiang (como los abortos y los trabajos forzados) solo suscitan una lista negra simbólica de cuatro funcionarios chinos años después. Mientras tanto, la operación china del banco se expande de forma imperturbable. 

En nombre de la «cooperación económica» (otro argumento de venta del discurso oficial), el BEI no ha dejado de exagerar, con palabras y hechos, los beneficios que se pueden obtener de los estrechos vínculos con China y, según todos los indicios, ha desempeñado un papel clave para convencer a los Estados europeos de que suscriban el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (dirigido por Pekín).

Sin embargo, el Banco de Exportación e Importación de China (Eximbank; uno de los dos prestamistas institucionales de Pekín), por ejemplo, ha perseguido su transparente agenda —lo que ha promovido los intereses de la China Corporativa en el extranjero— con un compromiso inquebrantable, y con poco interés por la «acción climática» sin fines de lucro.

Y cuando, eventualmente, un prestamista chino opta por invertir en energía limpia en Europa —como ocurrió en la isla de Creta el año pasado (parque solar de 50MW de Minos; Banco Industrial y Comercial de China)— el beneficio colateral de gratificarnos con aire limpio resulta involuntario.

Es necesario tener en cuenta que Eximbank prestó 613 millones de euros a la empresa de servicios públicos EPBiH cuando nadie más lo hizo, en 2019, para apoyar a Gezhouba, un consorcio con sede en Wuhan, en la construcción de una central eléctrica de carbón en Bosnia, y habría doblado la apuesta en Macedonia Occidental, si la Comisión no hubiera intervenido (por motivos de procedimiento). Al mismo tiempo, el BEI, en asociación con el prestamista chino, proporcionó 300 millones de euros en un «préstamo marco» para la financiación verde en China. 

El BEI como pionero

Para que estas rarezas tengan sentido (doble moral con Rusia; falta de reciprocidad con China), es lógico que se tenga en cuenta el modelo de negocio del banco.

En efecto, para poder operar, el BEI necesita obtener préstamos masivos en los mercados de capitales (70.000 millones de euros en 2020), y aunque es difícil precisar qué cantidad de sus bonos compran realmente los inversores chinos en las distintas divisas, resulta que Pekín es un comprador importante.

Entonces, ¿cuáles son las consecuencias? Cuando se rompió el acuerdo iraní nuclear en 2018, como Bruselas prometió en un desesperado intento de mantener su compromiso con Teheran, el banco entró en pánico, dado que le preocupaba que se estuviera poniendo en riesgo a los flujos de capital estadounidenses. Además, en un momento en el que China está renovando sus esfuerzos para atraer inversiones internacionales, el BEI parece estar actuando como pionero usando su credibilidad para extender un sentimiento de confianza entre los inversores occidentales. 

Desde 2017, está claro que el liderazgo del banco ha dado gran importancia a la regulación de las «bonos verdes» entre la UE y China, con el objetivo que ya hemos mencionado anteriormente de acabar con la barrera transfronteriza para las inversiones en deudas. Pekín ya cuenta con 290.000 millones de dólares anuales en «financiación verde».

Algo que, fuera de contexto, podría parecer mundano y con un alcance limitado, pero que podría tener consecuencias significativas, ya que China cada vez se muestra más abierta en el sector financiero –mediante la supresión de las restricciones a la propiedad extranjera de valores, seguros y gestión de fondos—, lo que podría desencadenar un cambio tectónico en el sector financiero en todo el planeta. 

Para Blackrock, el mayor gestor de acciones a nivel mundial, esta es la oportunidad del siglo. 

Aunque aún se sigue pidiendo que se actúe con precaución —mientras los inversores extranjeros se contentan con una mera fracción del seguro del país y de las acciones bancarias (5,8% y 1,6% en mayo de 2019)—¿cuánto tiempo quedará, después del período de prueba, antes de que se inyecten flujos de capital occidentales a China y el panorama cambie por completo? 

El año pasado, la cantidad de valores en cartera chinos que poseían los países extranjeros aumentó un 62% a 3.400 billones de yuanes (520.000 millones de dólares) desde 2019, las compras de bonos un 47% hasta los 3.300 millones de yuanes, y los inversores extranjeros compraron otros 53.500 millones de dólares netos de deuda china en enero y febrero (fuente: Bloomberg).

Actualmente, veinte años después, aquí estamos, escuchando de nuevo la misma historia, mientras seguimos lamentando las consecuencias del gran empobrecimiento industrial de Europa. 

Esa estridente voz de una ópera china durante el cambio del milenio, cantando alabanzas al gran mercado, del que dependía la futura prosperidad del Viejo Continente. ¿Y para qué? Para realizar una transferencia de riquezas de proporciones bíblicas.

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