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Rusia, Ucrania y Occidente: la conversación inevitable

Finlandia siempre ha ejercido de puente entre Europa y Rusia. La invasión de Ucrania actual está desestabilizando esta postura y está forzando a los finlandeses a escoger un bando; algo que hasta ahora han querido evitar en aras de una cooperación y coexistencia pacíficas. Para la conocida autora finlandesa Rosa Liksom, mantener el diálogo con la sociedad civil rusa es esencial si se quiere conseguir una paz duradera.

Publicado en 1 septiembre 2022 a las 14:45

Nací y crecí al oeste de la Laponia finlandesa. Vivir cerca de la frontera con Suecia me ha otorgado una cultura y una perspectiva liberales. Cuando era adolescente solía cruzar el puente hacia Suecia, un país más rico, para comprar ropa moderna, vinilos de pop y revistas de moda americanas.

Mi interés hacia el vecino del este de Finlandia floreció de manera bastante inesperada en la década de 1970. Tenía quince años cuando viajé por primera vez a la gran ciudad de Múrmansk, situada en el litoral del océano Ártico. El idioma ruso, la ciudad y sus gentes, que me resultaban ajenas y familiares al mismo tiempo, me entusiasmaron. En los ochenta estudié en Moscú y viajé a diferentes lugares de la Unión Soviética y, más tarde, de Rusia. También he escrito tres libros ambientados en Rusia. Por ello, desde los setenta me acostumbré a estar al tanto de lo que pasaba en la Unión Soviética y en Rusia.

Los últimos años del mandato de Leonid Brezhnev como secretario general del Partido Comunista Soviético fueron una etapa funesta. En Moscú se produjo tal escasez de alimentos que incluso la gente se peleaba por el último pollo del supermercado.

El breve mandato de Gorbachov (1985-1991) como líder soviético dio esperanzas de futuro a muchos de mis amigos soviéticos. Durante la glásnost y la perestroika los archivos se hicieron públicos y los testimonios de los supervivientes de los gulags se dieron a conocer. Por fin se pudo debatir sobre las catástrofes ambientales, el terrorismo estatal, la corrupción y las distorsiones económicas que ocurrieron durante aquella época de gobierno totalitario. A lo largo de su vida, Gorbachov hizo hincapié en la importancia del diálogo. En una entrevista concedida en vísperas de su 90º cumpleaños, afirmó que sin un verdadero diálogo entre el Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el Presidente de Rusia, Vladimir Putin, pronto nos encontraremos en medio de una guerra nuclear.

En 1988, me invitaron a participar como artista visual en una exposición de arte de la nueva era junto con otros artistas de la escena underground de Moscú. Tuvo lugar en un local industrial enorme en las afueras de Moscú y se la denominó “La ermita de la juventud”. La gente hizo cola durante horas para ver las obras. Las composiciones sobre las vidas de los artistas de Moscú en los tiempos soviéticos, así como sus obras expresionistas cargadas de energía me resultaron reveladoras. La imagen que tenía del arte soviético cambió radicalmente. De hecho, muchos de los artistas que participaron en la exposición ahora se incluyen en el canon artístico occidental.

Con la llegada al poder de Borís Yeltsin, las cosas empezaron a cambiar. De mis conocidos rusos, unos se hicieron multimillonarios y otros vivían en la más absoluta pobreza. Las calles de Moscú se convirtieron en un bazar donde uno podía encontrar uranio, un asesino a sueldo, un mugriento par de zapatillas, o una pócima para convertir sapos en príncipes. Generaciones de escritores y artistas críticos con el pasado soviético se alzaron como líderes de la esfera cultural de aquellos años. Afloró una diversidad de culturas artísticas.


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Cuando Yeltsin renunció a su cargo justo antes del cambio de milenio, decidió, para sorpresa de todos, nombrar como sucesor al desconocido Vladímir Putin, el entonces director del Servicio de Seguridad Federal de Rusia (FSB). Algunas de mis amistades deseaban que Putin fuese el presidente que consiguiese poner fin al caos y pillaje económico que reinaba en Rusia y trajese más orden a la sociedad. A otras, les aterraba que Putin introdujese los métodos del servicio de seguridad estatal a la gestión del gobierno.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno finlandés ha procurado no comentar intencionadamente la situación política de nuestro vecino del este, sin importar quién fuese el presidente o cómo se formase el Parlamento. La buena relación con nuestros vecinos ha sido el pilar fundacional de la política exterior de Finlandia. De hecho, esta política exterior hace hincapié en la cooperación económica, y no pretende obstaculizar esa cooperación con debates sobre derechos humanos. El papel que ha ejercido Finlandia como país vecino de Rusia en la historia es extenso y variado, y hemos aprendido mucho de la experiencia. Unas veces hemos estado enfrentados y otras hemos ido de la mano, ya sea por presión o por decisión propia.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Finlandia, la Unión Soviética y después Rusia crearon una relación económica provechosa para ambas partes. Las empresas finlandesas expandieron su actividad en Rusia, donde se ofrecían materias primas y mano de obra baratas. Los ricos de la zona de San Petersburgo compraron viviendas vacacionales en el este de Finlandia, y los finlandeses adquirieron propiedades de inversión en San Petersburgo. En Laponia y en el este de Finlandia especialmente, el comercio y el turismo florecieron gracias a las compras y vacaciones de los turistas rusos. 


La literatura, el arte y la investigación son las únicas que pueden unir a gente que vive en diferentes realidades y construir un puente hacia la paz


Se construyeron más pasos fronterizos y se inauguró una conexión ferroviaria de alta velocidad entre Helsinki y San Petersburgo. Los rusos se mudaron a Finlandia para trabajar o estudiar y la minoría rusoparlante de nuestro país creció hasta alcanzar las 100 000 personas. Por su parte, los jóvenes finlandeses también estudiaban en facultades y universidades de San Petersburgo y Moscú; es decir, se produjo un intercambio cultural y científico activo. Especialmente tras la disolución de la Unión Soviética, la frontera entre Finlandia y Rusia se convirtió de nuevo en un espacio alegre, como había sido antes de la revolución de 1917.

Los primeros años de Putin como presidente dieron esperanza a los ciudadanos rusos. Pero después, en 1999, una serie de explosiones tuvieron lugar en varios edificios de viviendas en Moscú. Putin señaló a los chechenos como culpables e inició la guerra Chechena, que se convirtió en una tragedia sangrienta y cruel. El mismo tipo de agresión se ha ido repitiendo en Georgia, Siria, Crimea, y ahora por toda Ucrania.

No es difícil entender los razonamientos del presidente Putin. Este siempre ha lamentado que Rusia perdiese el estatus de superpotencia y las promesas rotas de Occidente. También lleva muchos años afirmando que, según un acuerdo firmado a principios de la década de 1990, la OTAN no debería haberse expandido hacia las fronteras rusas. Rusia tiene un pasado de gran potencia, y muchos rusos fueron educados bajo el patriotismo. De hecho, para muchos rusos ha sido muy complicado aceptar la posición actual de su país en la economía y política internacionales. Ucrania expresó su deseo de unirse tanto a la UE como a la OTAN, en contra de la voluntad de Putin, quien considera que Ucrania forma parte de Rusia.

Orgullosamente neutral

Cuando Rusia desplegó sus operaciones militares en Ucrania en febrero de este año, la cúpula del gobierno de Finlandia inició de urgencia las negociaciones para ingresar en la OTAN. Esa prisa para unirse me sorprendió. Algunos se alegraron de la decisión; otros, no.

En el pasado, Finlandia se definía a sí misma como un agente pacificador y nuestra neutralidad militar era motivo de orgullo. Tras el ataque ruso a Ucrania, la gran mayoría de finlandeses apoyaron la decisión de integrar la OTAN. Fue un cambio repentino porque, tan solo un mes antes, más de la mitad de los finlandeses se oponían a la adhesión a la alianza.

El brutal ataque ruso ha originado unos cambios radicales en Finlandia. Desde febrero de 2022, el periodo que he descrito un poco más arriba ha pasado a la historia debido a los boicots, las sanciones y el resto de las restricciones impuestas por la UE. La conexión ferroviaria entre Helsinki y San Petersburgo se ha interrumpido y cruzar la frontera ahora resulta complicado. Varias empresas finlandesas han vendido sus filiales rusas a compradores rusos.

Los precios de la energía cada vez más altos y la inflación afligen a los finlandeses y a toda Europa. El hecho de que los bosques finlandeses se estén talando a una velocidad de vértigo es especialmente preocupante. Antes, un gran porcentaje de la madera utilizada por la industria maderera finlandesa era importado. Ahora que no puede comprar madera a Rusia, el sector forestal debe hacerse con una cantidad similar de madera aquí en Finlandia. La situación ha generado una destrucción a gran escala de nuestros bosques, hasta el punto de que pone en peligro las promesas que Finlandia hizo a la UE en relación con sus bosques como sumideros de carbono.

Por otro lado, la situación política es complicada para las 35 000 personas residentes en Finlandia y que poseen la nacionalidad rusa y finlandesa. Si el conflicto sigue escalando, esta doble nacionalidad podría causarles problemas.

Pensé que Rusia iba a reaccionar de manera inmediata y agresiva a la solicitud de adhesión a la OTAN por parte de Finlandia. Por ello, me sorprendió la actitud comedida de Putin, pues en el pasado ya había subrayado la importancia de la neutralidad militar de Finlandia. Nuestra frontera, de 1340 kilómetros, se convertirá en la frontera común más extensa entre la OTAN y Rusia.

Me resulta imposible considerar a la OTAN como una alianza que fomenta la paz. Con la adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, el peso militar del mar Báltico, una zona denominada durante mucho tiempo el “mar de la Paz”, cambiará por completo. Las fuerzas navales de Rusia y la OTAN aumentarán su presencia en el Báltico. Y temo que Finlandia, como es un país fronterizo, acabe en primera línea si comienza una guerra nuclear.

Populismo conservador

Ahora mismo, incluso aquí en Europa, el cambio climático está haciéndose patente mediante incendios forestales, olas de calor, sequías y malas cosechas. Y como las economías de Finlandia, Europa y EE. UU apuntan hacia una recesión, es posible que los países y gobiernos se pongan nerviosos. El fin de esta ola de consumo, la incertidumbre y las crisis están dando alas al populismo conservador. La historia ha demostrado que una visión del mundo en blanco y negro y las soluciones simplistas que ofrecen los populistas no pueden llevar a nada bueno. Y a pesar de todo, el populismo de derechas está en alza. Por desgracia, la gente tiene poca memoria, y se están repitiendo antiguos errores con la esperanza de obtener un resultado diferente.

En este aluvión de crisis, el mudo occidental ha aislado a Rusia. El gobierno ruso, por su parte, ha cancelado a sus propios ciudadanos cuando se opusieron a la guerra y lucharon por la democracia.

Lo que más me preocupa son las intenciones de la UE y Finlandia de cortar todos los lazos científicos y culturales con Rusia. Debido a esta interrupción de las relaciones culturales, por ejemplo, mi visita a la Universidad de San Petersburgo se ha cancelado, al igual que un documental ambientado en Moscú en el que llevo trabajando desde hace varios años.

El Ministerio de Exteriores finlandés recomienda no viajar a Rusia. Creo que poner fin a los intercambios científicos y culturales beneficia al gobierno de Putin, pues les ayuda a mantener a Rusia aislada de las decadentes costumbres sexuales, el pluralismo y los derechos humanos europeos.

Si nos limitamos a aislar a los rusos y a exponerlos únicamente a la esfera de influencia del gobierno de Putin, corremos el riesgo de que en Rusia pase lo mismo que ocurrió en la República de Weimar tras la Primera Guerra Mundial. Si construimos muros entre las personas y aislamos al pueblo ruso del resto de Europa, las consecuencias podrían ser terribles.

Todas las guerras que se han producido hasta ahora, independientemente de su duración, siempre han terminado en un acuerdo de paz y una reconstrucción. Cuanto más alto sea ese muro que separa a los 144 millones de ciudadanos rusos del resto de Europa, más largas serán las negociaciones de paz.

La literatura, el arte y la investigación son las únicas que pueden unir a gente que vive en diferentes realidades y construir un puente hacia la paz. Mi novela Hytti nro 6 [El compartimento n.º 6] y la película homónima de Juho Kuosmanen están ambientadas en el tren transiberiano y las dos abordan este tema tan complicado. El compartimento n.º 6 trata de cómo los vínculos entre personas son posibles a pesar de las diferencias culturales, los miedos y las hostilidades.

La historia comienza cuando dos personas, una chica finlandesa y un hombre ruso, tienen que compartir el estrecho compartimento del tren durante dos semanas. Al principio sienten una aversión mutua, piensan que no tienen nada en común. Sin embargo, tras la hostilidad inicial, una vez que empiezan a hablar, acaban acercando posturas e incluso entendiéndose el uno al otro. Espero que una conversación así pueda ocurrir entre Rusia, Ucrania y Occidente.

En asociación con S. Fischer Stiftung

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