¿Salvará el populismo a la democracia liberal?

Publicado en 20 octubre 2014 a las 18:10

El populismo ha sido parte de la democracia desde la época romana, escribe el politólogo en Foreign Affairs, y su aparición es natural tras el “extenso período de crecimiento económico espectacular” que duró desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 70. Por tanto, aunque los políticos explican un fenómeno como la victoria de partidos euroescépticos en las elecciones del pasado mes de mayo como resultado de la crisis económica y financiera, Mounk busca sus raíces en un “estancamiento a largo plazo en los estándares de vida y en profundas crisis de identidad nacional”.

Los ciudadanos de las democracias occidentales hacen frente al final de una tendencia que se remonta a la revolución industrial, en la que cada generación disfrutaba de mayor calidad de vida que la precedente, así como a una creciente inestabilidad económica e incertidumbre respecto al futuro, dejándoles “cada vez más convencidos de que el la clase política les ha fallado”. A ello se añade la inseguridad que suponen los “millones de inmigrantes” que, en lugar de disfrutar de estancias temporales como los gobiernos habían prometido, han “ganado el derecho a permanecer en sus países de adopción y han comenzado a pedir que sean aceptados como miembros de pleno derecho de la nación”.

En tal contexto, los populistas se retratan como las voces de las “mayorías silenciosas”, “prometiendo proteger los intereses de los ‘verdaderos’ miembros de la nación”. Tras un período de prosperidad económica en el que “las clases políticas de la mayoría de las democracias occidentales lograron arrinconar a sus rivales populistas en una esquina del discurso político”, la reaparición del populismo puede suponer una amenaza a la propia democracia.

Pero “no todo movimiento populista tiene que ser necesariamente malo para la democracias,” argumenta Mounk, afirmando que “las democracias deben dar la voz a las quejas justificadas que alimentan el populismo, al tiempo que convencen a los votantes de que las soluciones simplistas ofrecidas por los populistas están destinadas al fracaso”. En el plano económico, esto supone cambios políticos arriesgados:

Especialmente en Europa del Sur y Occidental, los políticos tendrán que tomar decisiones profundamente impopulares, que incluyen aumentar la edad de jubilación y flexibilizar la normativa laboral […]Pero una nueva generación de políticos ambiciosos, incluyendo al primer ministro italiano, Matteo Renzi, está comenzando a ganar apoyo a las dolorosas reformas económicas, dando la voz a las frustraciones populistas y uniendo a los votantes alrededor del objetivo de la redistribución.

Resulta incluso más difícil para los líderes europeos tranquilizar a los ciudadanos sobre la percibida amenaza a la identidad nacional planteada por la UE:

Un comienzo esperanzador sería renunciar a su compromiso permanente de una “unión cada vez más cerrada,” una aspiración que allana el camino a los populistas para acusar a los burócratas de la UE de que no descansarán hasta que hayan desmantelado los Estados-nación de Europa. Con la promesa de un punto final específico al proceso de integración, los líderes europeos podrían protegerse a sí mismos contra la acusación de que son débiles en soberanía al tiempo que protegerían los principales logros de la UE, tales como la libertad de movimientos de mercancías y de ciudadanos.

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