Noticias Crisis de la eurozona

Seamos un poco más estadounidenses

La crisis griega y que los líderes europeos no han emprendido acciones enérgicas han acabado por empañar el gran reto que constituye el futuro de la UE. Dado que Estados Unidos ha sabido encontrar soluciones eficaces, va siendo hora de que nos inspiremos en su actitud, expone un cronista checo.

Publicado en 18 mayo 2012 a las 14:14

El 6 de mayo, siete partidos griegos accedieron al Parlamento. Desde el punto de vista de las principales corrientes europeas, cuatro de ellos, tres de izquierda y uno de derecha, pueden considerarse extremistas. No han logrado formar un Gobierno y de ahí que los griegos deban volver a las urnas [el próximo 17 de junio]. Pero mientras, las cajas del Estado sin reformar se habrán agotado y lo más probable es que Grecia haya salido de la eurozona.

Los políticos europeos, incluido el nuevo presidente francés, se verán entonces obligados a tomar decisiones con respecto a acontecimientos sobre los que tienen muy poca influencia, por no decir que ninguna. Más que apostar por la prevención, los responsables políticos europeos tendrán que apagar el incendio, por tercera vez al menos desde el otoño de 2009. De nuevo, la crisis aguda de Grecia, que habría podido resolverse desde hace tiempo con una quiebra controlada, les desvía de la cuestión estratégica de la evolución futura de Europa y de las respuestas que deben aportar al respecto.

Suicidio económico

A largo plazo, la prosperidad de Europa dependerá más de la forma en la que los jefes de la eurozona sepan articular el apoyo al crecimiento y a la política de recortes presupuestarios, y no de la cuestión de saber si los griegos elegirán, mediante elecciones democráticas, un suicidio económico. Parece que Europa se aproxima a una decisión que tendría que haber tomado hace tiempo: hacer que Grecia salga de la eurozona.

A los estadounidenses les ha afectado una crisis similar, pero han sido capaces de tomar decisiones estratégicas rápidas y cruciales: han ayudado al sector bancario y a las empresas clave de su economía nacional, como la industria automovilística. La solución rápida ha dado sus frutos. Ya se ha devuelto la ayuda estatal y se ha restablecido la actividad en Detroit, mientras que en Europa seguimos dando vueltas y más vueltas.

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Los estadounidenses han sabido mirar hacia el futuro y tomar decisiones. Cuando los europeos se enfrentan a una gran dificultad, no dejan de dar rodeos. Inmersos en una crisis de la integración europea, vivimos de algún modo un "remake" de esa situación que describía hace diez años el pensador estadounidense Robert Kagan en su famoso ensayo [El poder de la debilidad. Estados Unidos y Europa en el nuevo orden mundial]: los estadounidenses son de Marte, los europeos de Venus.

Existen diferencias fundamentales en las concepciones sobre cómo resolver los problemas a largo plazo. Los estadounidenses reaccionan aplicando medidas rápidas y radicales para que las dificultades no lleguen a poner en peligro su sociedad, su modo de vida y la estabilidad de su sistema político. Precisamente por estos mismos motivos, los europeos, que viven en el caparazón de la integración europea y del Estado del bienestar que fue tan difícil de construir en la posguerra, tienen miedo de las soluciones rápidas a largo plazo.

Un estandarte común

Los europeos necesitan tiempo para hacerse a la idea de que un día podrían arriesgar su vida bajo un estandarte común y pagar un impuesto común. Sin embargo, la aplicación de un impuesto así sería susceptible de contribuir a la reducción del déficit democrático de la Unión Europea, ya que los contribuyentes podrían y querrían controlar mejor los gastos de Bruselas. Los Estados-naciones serán durante aún más tiempo unidades funcionales esenciales del continente europeo, pero las dificultades actuales de la eurozona, que se repiten sin cesar, deberían obligarles a pensar en una lógica más a largo plazo.

Ante la próxima cumbre de la OTAN [el 20 y el 21 de mayo en 2012 en Chicago], sin duda habrá discusiones sobre el estado de las relaciones transatlánticas y sobre la crisis de las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Por lo tanto, puede ser útil recordar la idea de Kagan, pero en este caso aplicada a la política económica: los estadounidenses son simplemente más flexibles y emprendedores y saben reflexionar de un modo más estratégico.

Si la Unión Europea pretende sobrevivir como una entidad global competitiva, sólo tiene una solución: cambiar su cultura estratégica a corto plazo, basada en las categorías cómodas del Estado del bienestar y de los ciclos electorales de cuatro años. Necesitan personalidades visionarias que muestren el camino hacia un nuevo mundo de conexión dentro del espacio europeo, que indiquen dónde y cómo se puede invertir y aumentar la competitividad.

También debe decir con firmeza a los que sabotean los objetivos comunes que podrá crear prosperidad sin ellos. Todo depende de su elección, que sigue siendo libre y democrática. La solidaridad en Europa tiene y debe tener dos facetas. Sólo así la UE podrá seguir avanzando.

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