Solos en la mesa

Publicado en 19 febrero 2013 a las 14:47

“Dime lo que comes y te diré quién eres”… ¿Cuántos europeos sabrían responder hoy a esta pregunta que planteaba Jean Anthelme Brillat-Savarin en el siglo XIX? O, aún peor, ¿estarían dispuestos a oír la respuesta que les daría el autor de La fisiología del gusto?
Nunca habíamos tenido tanta información sobre los alimentos que consumimos y, sin embargo, nunca hemos tenido una impresión tan clara de no saber realmente qué hay en nuestros platos.
El escándalo de la carne de caballo en los platos vendidos como “pura ternera” nos recuerda que nunca estamos totalmente protegidos frente al fraude alimentario y que la carrera por el precio más bajo acaba por volverse en contra del consumidor.
Alentado por la crisis y por la disminución del poder adquisitivo que conlleva, el consumidor se ve obligado a acometer ajustes presupuestarios en los que a menudo el capítulo de la “alimentación” paga el pato. No porque coma menos, sino porque come peor.
Y quien no lo paga en dinero contante y sonante, lo paga de otro modo: en términos de salud. Obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer… son otros tantos factores de riesgo sanitario sobre los que la alimentación tiene incidencia.
Respecto a ello, Europa mantiene una actitud ambivalente. Por un lado, parece tomar partido por la defensa de los consumidores e impone etiquetados cada vez más precisos sobre los alimentos y promueve una alimentación sana; por otro, se inclina a favor de la industria agroalimentaria, autorizando prácticas y adoptando medidas que parecen ir en la dirección opuesta. Como sucedió recientemente con la retirada de la prohibición de las harinas animales en la alimentación de los pescados de piscifactorías. Estas harinas estaban prohibidas en 1997 porque se les consideró responsables de la crisis de las “vacas locas”. Aún será más difícil para Bruselas resistirse a las presiones que ejercen desde la ganadería porcina y avícola, conforme los precios de los cereales siguen al alza.
Frente a todo esto, el consumidor está solo. Sin embargo, existen medios para comer bien sin arruinarse, y de manera sostenible. Como, por ejemplo ha escrito Carlo Petrini, líder del movimiento Slow Food, “no es verdad que comer bien sea caro. Simplemente es que nos hemos olvidado de cómo hacerlo”.

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