Venecia, un bonito y triste escaparate

Cada año, cientos de habitantes huyen de Venecia, abandonándola a las multinacionales y a los especuladores del arte y convirtiéndola en una ciudad fantasma. Los intentos de reavivar su economía chocan de frente con la falta de fondos del Estado y con el fatalismo de los que permanecen en la ciudad.

Publicado en 12 abril 2012 a las 10:26
Spirosk |  Tienda de recuerdos en Venecia.

Para Massimo Cacciari, su antiguo alcalde, Venecia es víctima de dos maldiciones: las condesas que intentan salvarla y el carácter de sus habitantes. “¡Venecia se muere!”, se lamentan las aristócratas y los venecianos.

En realidad, Venecia ya está muerta. Y ha resucitado en forma de escaparate. De día, Venecia no tiene nada de triste, ni de melancólica. Todo lo contrario: nunca ha estado tan hermosa, tan viva. Nunca había fluido tanto dinero hacia ella del Noreste, de Milán, de Europa, de Estados Unidos. Pero se trata de dinero privado. El dinero de los comerciantes, no el de los mecenas. Por todos lados afloran las restauraciones y las fundaciones.

El caso más llamativo es el de Pinault, que ha comprado un trozo de Venecia, la maravillosa Punta della Dogana, delante de la Plaza de San Marcos, para exhibir en ella a los artistas de su colección que luego venderá en su casa de subastas.

Ratas que corren por todos lados

Ahora la mayor polémica gira en torno al Fontego dei Tedeschi, adquirido por los Benetton y en el que Rem Koolhaas, la estrella holandesa de la arquitectura, ha diseñado una polémica terraza con vistas al puente de Rialto. También es cierto que nadie había puesto un pie en la Punta della Dogana desde hacía decenios.

Por la noche, Venecia vuelve a ser ella misma: una ciudad despoblada, como otros centros históricos. Pero así, rodeada de belleza, con el espectáculo de las tiendas y los postigos cerrados, las luces apagadas y el silencio, es más triste, mientras el flujo de venecianos “del exterior” y los turistas sin dinero se desplazan hacia tierra firme. Sólo están animados los lugares en los que se reúnen los estudiantes: el Campo Santa Margherita, San Giacomo dell'Orio, el mercado de Rialto. Pero los residentes se han quejado y el Ayuntamiento ha impuesto el toque de queda a medianoche.

Massimo Cacciari comenta: "No tienen ni idea de lo que encontré dentro de la Punta della Dogana. Ratas que corrían por todos lados, empleados encerrados en sus pequeños despachos. En la torre con vistas a San Marco, quizás el lugar más hermoso del mundo, alguien incluso se había hecho discretamente un apartamento. El día en el que tenían que comenzar las obras, encontraron en los cobertizos un depósito de madera vieja. Les dije: llévenselo todo. Pero me responden que es imposible, que es competencia de la Superintendencia [equivalente a la Dirección del Patrimonio]. Llamo a la Superintendencia y les digo: vengan a recogerlo. Me responden que es imposible porque son los restos de un antiguo suelo. En este momento, me pongo a gritar. Un momento de histerismo. Me volví loco”.

Lo mismo ocurrió en la Piazzale Roma, donde se construirá el nuevo Palacio de Justicia y cuyo precio se ha triplicado desde el presupuesto inicial. "Quiero creer en este proyecto", comenta el exalcalde. Terrenos contaminados. Obras retrasadas. Y obstáculos de todo tipo, incluido el siguiente: "Las obras están a punto de empezar cuando me anuncian un descubrimiento sensacional. Cajas repletas de huesos de animales. Les digo que es algo ya conocido: hasta el siglo XIX en este lugar se encontraban los mataderos. Me responden que el asunto es de una importancia extrema, porque se puede reconstruir toda la cadena alimentaria de Venecia del siglo XVIII. Voy y me enseñan un hueso de cabra, de ternera, de buey… Y entonces comencé a gritar de nuevo. Otra escena de histeria. Y de nuevo, me vuelvo loco y les digo: '¡Si las obras no empiezan inmediatamente, cojo un martillo y destrozo todos estos huesos, de uno en uno!'”.

Los lloriqueos sensibleros sobre Venecia

Massimo Cacciari explica que ya no soporta los "lloriqueos sensibleros” sobre Venecia, las lamentaciones que difunden "esas malditas esnobs” y un pueblo al que le gusta tanto quejarse. Recuerda lo que se ha hecho en estos últimos veinte años: el nuevo Arsenal con el centro de investigación Thetis; la reconstrucción del teatro de la Fenice, a pesar de todas las peripecias; la restauración de Ca' Giustinian, sede de la Bienal de arte.

El problema es que el Ayuntamiento ya no tiene ni un céntimo. Las dos fuentes históricas de las que se alimentaba se han agotado: la ley especial y los casinos. El Estado redujo su subvención y todo el dinero se destina al proyecto Moisés: la mayor obra de ingeniería hidráulica del mundo, cuyo fin es proteger a Venecia de la crecida de las aguas y de la laguna. Ya se ha tragado 5.000 millones de euros y aún quedan dos años de obras.

La otra caja fuerte de la ciudad es el casino. Antes se veían los esmóquines blancos de los jugadores del "chemin de fer" [tipo de apuesta en el que unos pujan contra otros] que acudían al Lido, pero hoy son los chinos los que en Ca' Noghera, en tierra firme, juegan en las máquinas tragaperras. Entre la crisis y la competencia del Estado con las apuestas por Internet, este maná que representaba 200 millones de euros al año en estos últimos años es sólo de 145 millones, de los cuales hay que restar 100 millones de gastos fijos. Los ingresos de la ciudad han caído en picado.

Una larga hemorragia

Actualmente, Venecia se enfrenta a dos grandes desafíos: la despoblación del centro histórico y el destino de la mayor zona industrial de Europa, Marghera. El contador digital de la farmacia Morelli en el Campo San Bartolomeo, recuerda a los transeúntes la larga hemorragia de Venecia, que hoy sólo cuenta con 58.855 residentes.

El problema es que los venecianos ya no quieren vivir en Venecia, no sólo porque las viviendas en los pisos más altos son extremadamente costosas ni porque nadie quiere las que están a nivel del agua, demasiado húmedas, ni las que se encuentran arriba del todo, muy calurosas en verano. Los venecianos quieren lo que todos queremos: tener el coche abajo, en su casa [y no en los inmensos aparcamientos del Piazzale Roma]. El Ayuntamiento posee 6.000 apartamentos, en su mayoría alquilados a los venecianos con bajos ingresos. Lo que hace falta es la clase media, los burgueses que vivían entre la planta noble y las buhardillas.

Los venecianos se marchan a vivir al continente, a Mestre, la ciudad más fea de Italia, al menos hasta estos últimos años. Hace poco han transformado la Piazza Ferretto en un espacio peatonal, se han plantado bosques en las afueras de la ciudad, el vertedero de San Giuliano se ha convertido en parque, ha llegado a la ciudad la conexión a Internet de banda ancha y pronto comenzarán las obras del futuro centro cultural de Mestre, el M9.

Pierre Cardin, que en realidad se llama Pietro Cardin y que nació en Sant'Andrea di Barbarana (cerca de Treviso), quiere construir en Marghera antes de morir la "Tour Lumière", un edificio de 1.500 millones de euros, de 240 metros de alto y sesenta pisos, que albergará la universidad de la moda. El Ayuntamiento no se ha opuesto al proyecto.

Es cierto que Venecia sigue siendo un destino privilegiado para las lunas de miel y para muchos la basílica de San Marcos es el edificio más bello del mundo. Para convencerse de ello, basta con admirar la cúpula de la Creación, el Génesis de los analfabetos, donde Dios pone la mano de Adán sobre la cabeza del león para indicar la primacía del hombre sobre los animales; el mismo león que, en el siguiente mosaico sale del Arca de Noé y, después de meses de inercia, estira las patas antes de ponerse a correr.

Es lo que debería hacer Venecia: empezar a correr de nuevo, a pesar de la inmensa tarea que supone mantener toda esta belleza y hacer que renazca una ciudad a su alrededor.

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