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El virus desafía las lealtades políticas en Belfast

La experiencia de los habitantes de Belfast con el virus ha sido más similar a la de la República de Irlanda que a la de Inglaterra o Londres, aunque estén sujetos a las leyes del Reino Unido. Cuando se vuelva a la normalidad, lo que se ha aprendido durante este periodo va a tener repercusión en las urnas, afirma la escritora Jan Carson.

Publicado en 12 junio 2020 a las 09:30

Hace poco recibí un correo electrónico de una amiga que vive en Europa continental. Se alegraba de que en Irlanda se hubiese acabado el confinamiento. Tuve que explicarle, otra vez, que en realidad no soy irlandesa. “Es complicado”, escribí, ser de Irlanda del Norte conlleva un “ponte cómoda, la explicación va a ser larga”. Aunque Belfast, la ciudad en la que vivo desde hace 20 años, está en Irlanda del Norte, en la Isla de Irlanda, separada de la República de Irlanda por una frontera actualmente inapreciable; aunque tengo un pasaporte irlandés, junto a uno británico mucho más maltrecho; aunque mi editor es irlandés y sí, ahora que lo pienso mi última novela ganó el Premio de Literatura de la Unión Europea por Irlanda, técnicamente no soy irlandesa. ¿O sí? En Belfast depende de la persona y del día en que preguntes.

Durante la crisis de la covid-19, muchos norirlandeses hubiesen preferido ser irlandeses. Es una afirmación atrevida, viniendo de alguien que reside al este de Belfast, una zona mayoritariamente protestante e históricamente unionista. Mientras que el gobierno de Westminster presentaba un frente confuso y a menudo dividido, sin ponerse de acuerdo en cuándo cerrar y reabrir los colegios, gestionando mal los recursos sanitarios y con problemas para abordar las consecuencias económicas, en Dublín, el Taoiseach Leo Varadkar dirigía el país durante la pandemia con sabiduría, compasión, y quizás aún más importante, un ápice de éxito. Desde Irlanda del Norte les mirábamos con envidia. Hubo momentos en los que Belfast se sintió más cerca de Dublín que de Londres, y no solo por motivos geográficos.

Aunque el modo de contabilizar las estadísticas ha generado controversias, está claro que el Reino Unido se ha visto especialmente afectado por la pandemia. Comparado con otros países, la tasa de mortalidad y de infección ha sido sorprendentemente alta. Sin embargo, aunque Irlanda del Norte sigue perteneciendo al Reino Unido, nuestra experiencia con la covid-19 ha sido más similar a la de la República de Irlanda que a la de cualquier otro Estado miembro. Aquí también se ha afrontado la situación con seriedad, aunque ha reinado la calma; y el impacto del virus, aunque trágico, ha sido menos devastador de lo que se preveía inicialmente.

Siempre me he considerado británica, pero estar en Belfast y ver cada día las ruedas de prensa del gobierno me ha ido alejando poco a poco de ese sentimiento. Mis dudas sobre el liderazgo de Boris Johnson no se deben únicamente a su gestión de la pandemia, su equivocada  insistencia inicial en conseguir la inmunidad de rebaño, su ineptitud para conseguir EPI suficientes o su falta de responsabilidad sobre  la creciente tasa de mortalidad; sino también a la sospecha  de que el gobierno actual de los tories (y probablemente la mayoría de sus versiones anteriores) ni entiende ni se interesa por Irlanda del Norte.

No es una sensación nueva. Mi fe en el gobierno británico ya flaqueaba mucho antes de la covid-19. Hace unos meses, Boris Johnson cesó al Secretario de Estado de Irlanda del Norte, Julian Smith. Durante su breve periodo en el cargo, consiguió reunir de nuevo a la Asamblea tras un estancamiento político de tres años. Toda la comunidad le respetaba (algo que no es fácil en Belfast) e incluso parecía sentirse a gusto en la ciudad. Su despido me pareció un acto ilógico, y no precisamente para beneficio de Irlanda del Norte.

Anteriormente, Irlanda del Norte tuvo que aguantar cómo Theresa May negociaba en contra de nuestros intereses durante las negociaciones del Brexit, sin mencionar las consecuencias del propio Brexit. Mientras el resto del Reino Unido se iba dando cuenta de que el referéndum sobre la permanencia en la UE de David Cameron tendría una gran repercusión en Irlanda del Norte, que pasaría a tener una frontera física con la UE y rememoraría el pasado conflicto, muchos de nosotros en el norte nos sentimos de nuevo incomprendidos, abandonados e insignificantes.

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En esa época, me planteé seriamente reclamar mi identidad irlandesa. Según el Acuerdo de Viernes Santo firmado en 1998, tengo derecho a solicitarla. Mi sentimiento nacional siempre ha estado fundamentalmente ligado a la comunidad, y la comunidad irlandesa de escritores es tan agradable, acogedora y estimulante que hace años que dejé de considerarme una escritora británica. Además, Irlanda nunca había sido tan abierta ni liberal como ahora. Los referéndums sobre el matrimonio igualitario (2015) y la legalización del aborto (2018) abrieron paso a unos cambios legislativos similares en Irlanda del Norte en materia de derechos humanos. El hecho de que mi pasaporte me garantice la ciudadanía europea también ha influido en mi pensamiento.

La gestión sosegada y transparente de Varadkar y del presidente Michael D. Higgins han acrecentado mis dudas. Si mañana me mandasen votar a qué nación debería pertenecer Irlanda del Norte, me plantearía con mucha cautela votar por la permanencia a largo plazo en el Reino Unido. Encuestas recientes indican que no soy la única. También es significativo que durante la covid-19 la Ministra Principal Arlene Foster y la Asamblea de Stormont se pusiesen del lado de Escocia y Gales e ignorasen las medidas de desconfinamiento del Primer Ministro. Las diferencias en el Reino Unido nunca habían sido tan marcadas.

Sin embargo, ahora no es momento de encuestas sobre las fronteras o de decisiones drásticas. Los ciudadanos de Irlanda del Norte están ocupados colaborando y superando diferencias culturales y políticas para sobrevivir a la crisis. En Portadown, hemos presenciado a lealistas aceptar sin problema la cancelación de la noche de las hogueras del 11 de julio y usar esa madera para construir esculturas de gran tamaño como muestra de apoyo al servicio nacional de salud. En una parroquia a las afueras de Derry, las iglesias protestantes y católicas han combinado sus recursos para ayudar a los residentes que estén luchando contra la covid-19. Mi trabajo comunitario con señoras mayores de Falls y Shankill Roads, dos zonas extremadamente religiosas de Belfast y todavía separadas por muros de la paz, se desarrolla ahora por internet, aunque sigue fomentando la unidad a través de la narración de historias. En cierta manera, la pandemia ha acercado nuestras comunidades.

Los políticos locales también han respondido de una manera razonablemente unida a la crisis. Resulta esperanzador ver a miembros de la Asamblea de Irlanda del Norte superar sus diferencias políticas por el bien común. Sin embargo, tras varias semanas las disputas empiezan a surgir. Los políticos del Partido Unionista Democrático y el Sinn Fein no se han puesto de acuerdo sobre la fecha de reapertura de las iglesias, y cada uno defiende sus tradicionales posturas opuestas. Aunque tampoco sorprende que los nacionalistas no hayan aceptado la propuesta de los unionistas de utilizar el ejército británico.

Los problemas fundamentales de Irlanda del Norte no han desaparecido. La pandemia ha puesto en evidencia la falta de confianza de los ciudadanos en los gobiernos locales y nacionales. Cuando todo vuelva a la normalidad, o aquello que podamos considerar normalidad, lo que se ha aprendido durante este periodo va a tener repercusión en las urnas. Quizás sea lo mejor.

Este artículo forma parte del proyecto Debates Digital, una colección de contenido publicado digitalmente que incluye artículos y debates en directo entre varios escritores destacados, académicos y personalidades intelectuales que forman parte de la red Debates on Europe.

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