Ideas Tras la crisis del covid-19

¿Qué clase de mundo post-coronavirus queremos los europeos?

La epidemia actual ha provocado tensiones políticas, una recesión económica y malestar social, pero también podría ser una oportunidad para un cambio radical hacia una Europa más justa, democrática y libre, afirma Timothy Garton Ash.

Publicado en 4 junio 2020 a las 11:00

Parece que la crisis del coronavirus está fomentando la opinión de que es necesario un cambio radical. Sorprendentemente, un 71% de los europeos está ahora a favor de aprobar una renta básica universal, según una encuesta creada por mi equipo de investigación de la Universidad de Oxford, cuyos resultados se han publicado recientemente. En el Reino Unido, un 68% está a favor. Hay otro alarmante descubrimiento de nuestra encuesta, menos alentador al menos para cualquiera que crea en la democracia liberal: al menos un 53% de los jóvenes europeos confía más en un estado autoritario que en una democracia para abordar la crisis climática.

Eupinions llevó a cabo nuestra encuesta en marzo de este año, mientras la mayor parte de Europa estaba confinada para luchar contra el virus, aunque las preguntas ya se habían formulado anteriormente. Sería interesante preguntar ahora a los europeos qué sistema político creen que ha funcionado mejor contra la pandemia mientras Estados Unidos y China, la primera democracia y la primera dictadura del mundo, se lanzan acusaciones virales. Estos dos resultados opuestos de las encuestas, aunque ambos sorprendentes, demuestran lo mucho que estará en juego cuando salgamos de la crisis sanitaria más urgente y afrontemos la pandemia económica posterior y sus consecuencias políticas. ¿Qué tipo de momento histórico será, tanto para Europa como para el mundo? Podría conducirnos a nuestro mejor o peor momento.

Hasta ahora, la propuesta de una renta universal básica se había rechazado por considerarse excéntrica y utópica. Sin embargo, durante el confinamiento, muchos países desarrollados han implementado algo parecido para luchar contra la pandemia; desde luego no universal, pero sí una renta destinada a un amplio sector de la población. El ministro de economía español afirmó que el “ingreso mínimo vital” podría convertirse en una medida permanente en el sistema del país. Casi a diario leo artículos que apuntan que ha llegado la hora de instaurar la renta básica universal (o una variante de esta).

Esta sería solo una parte de un posible futuro en el que conseguiríamos convertir una de las mayores crisis del mundo desde las guerras mundiales  en una de las mayores oportunidades. Nos enfrentamos a la desigualdad desproporcionada, tanto económica como cultural, que ha llegado incluso a erosionar los cimientos de democracias establecidas como la del Reino Unido o Estados Unidos. Como durante el confinamiento hemos aprendido a trabajar de diferentes maneras, desde casa y eliminando trayectos innecesarios, lo podemos convertir en un nuevo modelo de vida laboral y personal. Tras haber disfrutado de un aire más limpio, cielos más claros, el sonido de los pájaros sin el ruido del tráfico de fondo y los lentos procesos de la naturaleza (detalles para los que antes estábamos muy ocupados), nos tomaremos en serio la necesidad de tomar decisiones radicales para afrontar el cambio climático y conseguir una mejor calidad de vida.

Después de haber salido a los balcones y azoteas de toda Europa para aplaudir al personal sanitario, asistentes sociales y otros trabajadores esenciales que han arriesgado sus vidas para salvar las nuestras, no lo olvidemos una vez que la emergencia sanitaria haya pasado. No solo deberían conseguir mejores condiciones sociales y económicas (me viene a la mente el eslogan de posguerra “casas para los héroes”), sino que también se produciría lo que los populistas polacos astutamente llaman una “redistribución del respeto”. Haciendo esta necesaria redistribución, también privamos a los populistas nacionalistas de su atractivo electoral.

Asimismo, debemos reconocer que un planeta amenazado por cuestiones globales como este virus o el cambio climático requiere más cooperación internacional y no menos. La UE, que convocó esta semana una reunión internacional para recaudar fondos para luchar contra la covid-19, se debería convertir en el motor principal de la acción colectiva mundial.

Todo esto  sería solo en el mejor de los casos. Pero también podría darse el peor de los casos. Sí, nos situaríamos en una época de posguerra, pero se podría parecer más a la situación tras la Primera Guerra Mundial que a la época de reconstrucción democrática, liberal y social a partir de 1945. Los impulsos nacionalistas que vemos en Donald Trump y Xi Jinping se volverían cada vez más pronunciados. Por medio de políticas proteccionistas, la recesión post-covid se transformaría en una gran depresión. La desigualdad dentro de nuestras sociedades y entre los diferentes países aumentaría en lugar de disminuir.

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En Europa, los países ricos del norte como Alemania o los Países Bajos simplemente podrían no mostrar la solidaridad necesaria con los países del sur de la eurozona, malparados económicamente. En su lugar, utilizarían la suspensión de los límites de las ayudas públicas, justificada por la crisis de la UE, para inyectar fondos públicos en sus industrias clave; y la brecha entre los países del norte y del sur de la eurozona sería cada vez mayor. Dentro de un par de años, un populista como Matteo Salvini, o incluso alguien peor (sí, es posible), ganaría poder en una Italia donde la deuda pública podría llegar al 160% del PIB y achacaría todas las calamidades del país a la falta de solidaridad de la Europa del norte.

Mientras tanto, en la mitad oriental del continente, Hungría continuaría siendo una dictadura y los poderes de emergencia, en un principio temporales, de Viktor Orbán se convertirían misteriosamente en permanentes. Polonia seguiría el camino húngaro, ya que el partido de gobierno insistiría inapropiadamente en llevar a cabo las elecciones presidenciales por correo, algo que no puede ser ni libre ni justo. La UE ya no sería una comunidad de democracias, sino que estaría dividida en ejes, (norte-sur, este-oeste) y se iría debilitando y desintegrando gradualmente.

Los Estados miembros, abandonados a su suerte, fracasarían en proporcionar perspectivas de empleo adecuadas, seguridad social y un futuro sostenible ecológicamente para los ciudadanos más jóvenes, que, finalmente, como ya presagiaba de manera alarmante nuestra encuesta, optarían por soluciones autoritarias. Europa se fijaría cada vez menos en EEUU y cada vez más en China.Cuando llegue el 2030, seguramente no tengamos ni el mejor ni el peor de los casos, sino el término medio habitual.

Pero la alternativa a la que nos acerquemos depende completamente de cada uno: de los americanos, los chinos, los rusos, los indios y los brasileños, y en Europa, depende de todos los europeos (incluso de los ingleses tras el Brexit, que siguen siendo europeos, les guste o no). Por eso, hemos puesto en marcha en la web de Oxford un sistema de autoentrevista para que nos cuentes en 10 minutos los mejores y los peores momentos de Europa, así como tus deseos de aquí al 2030. Hasta ahora, la caída del Muro de Berlín ha sido el acontecimiento constructivo más mencionado y el Brexit ha sido considerado el peor. Sin embargo, es posible que el coronavirus supere a ambos. Cuéntanoslo en europeanmoments.com

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