Los rusos somos huérfanos de la historia

Mientras Putin libra guerras, a los rusos parece no importarles. ¿De dónde viene esta indiferencia? La respuesta tiene que ver con la necesidad de sobrevivir, en tiempos soviéticos y después, afirma el autor ruso Serguéi Lebedev.

Publicado en 2 marzo 2022

Según una tesis que se ha convertido en dogma religioso para la oposición rusa liberal, existen dos Rusias: la primera, la Rusia oficial, Rusia el Estado, una especie de quimera; la segunda es la Rusia real y arraigada que vive en secreto y que no comparte en absoluto las inclinaciones autoritarias del régimen de Putin. 

El nombre del partido de oposición —Drugaja Rossija (La Otra Rusia)— alude a esta idea, como también lo hace el popular eslogan de protesta “Wy nas dashe ne predstawljaete”, cuyo doble significado ("No nos conocéis en absoluto/No nos representáis en absoluto") también hace referencia al fraude en las elecciones a la Duma Estatal

Un castillo de naipes 

La tesis sobre las dos Rusias radica en el colapso de la URSS en 1991. Un gigante pasó, en cuestión de momentos, de ser sólido y seguro a desplomarse como si estuviese hecho de papel maché. El pueblo que surgió de los escombros era muy diferente; era uno que no estaba ni de lejos tan comprometido con "la causa del Partido y el gobierno" como los medios de comunicación soviéticos lo habían retratado en el pasado. El ejército se negó a abrir fuego contra su propio pueblo, la potente KGB estaba paralizada y el todopoderoso Partido Comunista de la Unión Soviética se derrumbó como un castillo de naipes. Fue lo nunca visto: solo quedó aceptar los hechos y dar la bienvenida a una nueva era histórica. 

La mayoría de los intelectuales rusos se vieron representados por la imagen de una revolución pacífica, casi sin derramamiento de sangre ni violencia, el resultado natural de las fuerzas históricas. Paradójicamente, justificó su comportamiento en los últimos tiempos de la era soviética: adaptación en lugar de resistencia al poder estatal, desencanto político, supervivencia, colaboración. 


Lo que se suele olvidar es lo rápido que se regeneraron las estructuras autoritarias y las prácticas de dominación tras 1991


De hecho, no surgió ningún movimiento de resistencia comparable al Solidarność de Polonia o a los movimientos clandestinos antisoviéticos de Ucrania o Lituania. No se elaboró un programa político alternativo, pero la libertad se logró igualmente. No sucedió porque se consiguió destruir el sistema, sino porque este colapsó bajo su propio peso.

A grandes rasgos, así es como la oposición rusa concibe el momento de transición de la Rusia bajo el mando de Putin a la Rusia tras Putin. Si preguntamos por qué la sociedad rusa apenas se sorprende por el fraude electoral, los crímenes económicos o la anexión ilegal de Crimea, la respuesta que obtenemos es la siguiente: la gente está desanimada. Pero en el momento en que se produzca el deshielo… Partiendo de la experiencia histórica, suponemos que la "mayoría a favor de Putin" es una ilusión óptica. Y que, si el gobierno actual ruso cae, se repetirá la situación de 1991: el pueblo dará la espalda a su identidad anterior, y las antiguas estructuras políticas colapsarán. 

Lo que se suele olvidar es lo rápido que se regeneraron las estructuras autoritarias y las prácticas de dominación tras 1991. En 1993 Boris Yeltsin ordenó el bombardeo del edificio parlamentario "rojo" y en 1994 inició una guerra en Chechenia y volvió a llevar a Rusia al camino de la violencia imperial. Y el pueblo simplemente lo aceptó. 

La pandemia como criterio 

En mi opinión, las deplorables características del orden político en la Rusia postsoviética radican en los déficits sistémicos de su moral social. En una sociedad autoritaria, medir el "grado de moralidad" es difícil, pero la situación extrema surgida a raíz de la crisis del coronavirus, como sucede con el revelado de fotos, ha sacado a relucir muchas cosas.  

La pandemia ha tenido un efecto paradójico: las autoridades estatales y el público liberal se han encontrado de manera inesperada en el mismo bando, el de los defensores de las medidas protectoras contra una mayoría que niega o minimiza los riesgos del virus y sabotea las medidas higiénicas.  


La ironía histórica de la situación reside en el hecho de que, hasta ahora, esta falta de solidaridad social o empatía siempre ha servido para sostener el régimen. Putin ha sabido mejor que nadie cómo explotar la indiferencia de la gente


Los antivacunas y los contrarios al uso de las mascarillas no son fáciles de categorizar: pueden ser cualquiera, hombre o mujer, joven o viejo, rico o pobre. Las autoridades acabaron por rendirse por necesidad y fingir que todo volvía a su cauce. De este modo emergió una solidaridad extraordinaria en Rusia para no tener que soportar ninguna restricción personal: la perversa alianza entre aquellos que están dispuestos a vivir de acuerdo con las leyes de la selección natural y aquellos con tendencia a la irresponsabilidad, a las teorías conspirativas, a la negación de hechos. 

Los gobernantes rusos han encontrado en estas personas un límite a su poder hasta ahora desconocido: salvo ejercer la fuerza de manera directa y firme (y ni siquiera es seguro que funcionaría), no hay otra manera de lidiar con ellos. En la URSS, probablemente la vacunación masiva se habría aceptado sin preguntas ni resistencia: en estos casos los sistemas totalitarios tienen una ventaja natural. Sin embargo, el régimen de Putin se ve obligado a adaptarse al tono de las protestas de la mayoría. 

La ironía histórica de la situación reside en el hecho de que, hasta ahora, esta falta de solidaridad social o empatía siempre ha servido para sostener el régimen. Putin ha sabido mejor que nadie cómo explotar la indiferencia de la gente. De hecho, es lo que le ha hecho tan poderoso. Por eso, la prohibición de la organización a favor de los derechos humanos Memorial y el ataque a Ucrania concuerdan perfectamente con el rechazo de las medidas contra el coronavirus. 

 Memorial, una de las ONG más antiguas y respetadas en Rusia, se fundó a finales de la década de los 80 para investigar las persecuciones estalinistas y mantener viva la memoria de sus millones de víctimas. La organización fue consciente desde un principio de los límites de lo que podía conseguir, y por ello declaró que no llevaría a los criminales ante los tribunales. En su lugar, hizo que se erigieran monumentos en memoria de las víctimas en fosas comunes, elaboró listas de los perseguidos y asesinados, y llevó a cabo ceremonias de conmemoración civil. Con todo, desafortunadamente la ONG nunca ganó el apoyo del público general. 

¿A quién le importa Ucrania en Rusia? 

No obstante, como guardián del recuerdo de los crímenes soviéticos, Memorial es una molestia para el Estado. Putin justifica moralmente sus reivindicaciones geopolíticas con la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial y la resultante supremacía mundial del imperio soviético. Por ello, recalcar que el propio sistema comunista fue inmoral puede interpretarse como un signo de desafío.  

Es increíble que la destrucción de la única alternativa a la memoria de la nación no haya desencadenado protestas masivas. Pero ¿cómo esperar que empaticen con los muertos de un pasado lejano, si Rusia prácticamente no empatiza con sus vecinos, sus conciudadanos? El agresivo despliegue de las tropas rusas en las fronteras de Ucrania ha pasado tan desapercibido para gran parte de la sociedad rusa como el cierre de Memorial. 

La guerra híbrida que Rusia libra contra Ucrania desde 2014 nunca ha figurado como un asunto moral central en el programa político de la oposición rusa. Incluso la principal figura de oposición, Alexéi Navalni, solo ha señalado la corrupción como la mayor amenaza a la seguridad en Europa. Ya sea de manera consciente o inconsciente, ha abrazado una jerarquía de valores que prioriza los crímenes económicos sobre los crímenes contra la humanidad.  

De hecho, debido a las guerras chechenas nada de esto nos es ajeno. Ya entonces se cometieron crímenes de guerra significativos, todos perfectamente documentados: los que dieron las órdenes y los que las llevaron a cabo siguen vivos. Pero ninguna fuerza opositora ha exigido la verdad o justicia. Las víctimas de las operaciones masivas de "purificación" no pueden contar con la compasión de los rusos. En Kiev, no muy lejos de la Plaza del Maidán, donde en invierno de 2013/14 la gente sacrificó su vida en protesta contra la corrupción del régimen prorruso de Víktor Yanukóvich, hay un muro conmemorativo. 

En él se incluyen unas 6000 fotos de soldados ucranianos que murieron en batalla contra soldados rusos y combatientes prorrusos en el Donbás. Estar frente a ese muro es casi más de lo que puedo soportar. No puedo dejar flores o llorar: soy ciudadano de la tierra de los agresores; no sé cómo enmendar una culpa que mis conciudadanos se niegan a admitir, y tampoco creo que ningún futuro presidente de mi país se arrodille como lo hizo Willy Brandt ante el monumento conmemorativo al levantamiento del gueto de Varsovia.  

La frialdad general 

Pero ¿de dónde procede esta profunda ceguera y sordera moral en Rusia? ¿La alienación del pasado y del presente? 

El hombre o la mujer postsoviéticos en Rusia se sienten como huérfanos de la historia. La caída del imperio no solo produjo la pérdida del estatus mesiánico de la nación rusa; las drásticas reformas económicas de los 90 y la conmoción y humillación que causaron calaron hondo en la gente.

Antes y después de 1991 todo era cuestión de supervivencia, dando como resultado una degradación del sentido de la empatía y la compasión, de la memoria y la moral. Una "incapacidad para llorar": así es cómo Alexander and Margarete Mitscherlich describieron el rechazo de la sociedad de posguerra alemana a enfrentarse a los horrores de su pasado nazi. La cuestión es cómo encontrará la población rusa la manera de deshacerse de este entumecimiento emocional, y cómo ayudará a traer al mundo una nueva era.


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