Ideas Archipiélago URSS | Rusia
Pripyat (Ucrania), septiembre de 2020. Fresco de propaganda soviética en la oficina de correos. La ciudad fue abandonada tras la catástrofe de 1985 en la central nuclear de Cernobyl. | Foto: Guillaume Teillet

La interminable desintegración de la Unión Soviética

Hace treinta años, el Acuerdo de Belavezha puso fin oficialmente a la Unión Soviética. A excepción de los países bálticos, la URSS se desintegró en entidades postsoviéticas más pequeñas que todavía llevan consigo el legado del totalitarismo – un obstáculo significativo para los movimientos prodemocracia y la transición democrática, escribe el prominente autor ruso Serguéi Lebedev.

Publicado en 13 enero 2022 a las 13:25
Pripyat (Ucrania), septiembre de 2020. Fresco de propaganda soviética en la oficina de correos. La ciudad fue abandonada tras la catástrofe de 1985 en la central nuclear de Cernobyl. | Foto: Guillaume Teillet

Hace treinta años, el 8 de diciembre de 1991, en el pueblo de Viskuli, cerca de la frontera entre Bielorrusia y Polonia, los presidentes de las repúblicas soviéticas de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron los denominados Acuerdos de Belavezha​​, que formularon y constituyeron legalmente el fin de la existencia de la URSS. Hoy, tres décadas después, estas zonas — la provincia de Brest, el bosque Belovezh y la frontera bielorruso-polaca — son el centro de un conflicto sin precedentes para esta región y probablemente para toda la Europa postsocialista.

El dictador bielorruso Alexander Lukashenko, con una evidente ayuda técnica y militar de Rusia, así como con su apoyo político, está usando a migrantes de países asiáticos para crear un “conflicto híbrido” a gran escala en la frontera de la Unión Europea. Con la llegada del invierno, la crueldad comprobada de las tropas bielorrusas que están usando a los migrantes como rehenes, particularmente temibles en la represión de las protestas en masa del año pasado, y la posición firme del gobierno polaco que ha cerrado la frontera definitivamente, casi se puede garantizar que el futuro cercano traerá numerosas pérdidas humanas.


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La interminable desintegración de la Unión Soviética

I believe that this conflict, taking place in the frozen forests near the border, is also a signal: the collapse of the Soviet Union is far from finished. “The USSR, as a subject of international law and a geopolitical reality, is ceasing its existence,” reads the 1991 Belovezh Accords. Now, more than a quarter century later, this phrase should be edited. The USSR in fact did disappear as a subject of international law, although there is a remnant of it in Russia, an underground movement that denies the legitimacy of the accords and therefore considers the USSR still existing; they continue using Soviet money, passports, and symbols among themselves.

Creo que este conflicto, que está ocurriendo en los bosques congelados cerca de la frontera, también es un signo: el colapso de la Unión Soviética está lejos de haberse terminado. Los Acuerdos de Belavezha de 1991 establecen que “la URSS, como sujeto de ley internacional y realidad geopolítica, deja de existir”. Ahora, más de un cuarto de siglo después, esta frase debería editarse. La URSS sí desapareció como sujeto de ley, aunque aún queda un remanente en Rusia, un movimiento clandestino que niega la legitimidad de los acuerdos y por ende considera que la URSS todavía existe; siguen usando dinero, pasaportes y símbolos soviéticos entre ellos.

No obstante, como realidad geopolítica, en lo que se refiere a ciertas prácticas clave de cultura política y a conceptos de la relación entre los derechos humanos y los derechos estatales, la URSS está “más vivo que todo lo vivo”, algo que solían escribir también los propagandistas soviéticos sobre Lenin. No creo que sea exagerado decir que la Unión Soviética, con la obvia excepción de los tres Estados bálticos, Letonia, Estonia y Lituania, se desintegró en pequeñas urss, una URSS a menor escala, en formaciones Estado nación que preservaron la semilla fatal a la hora de su nacimiento, el sello totalitario que en la mayoría de los casos significaba la sucesión de las clases y estructuras gobernantes, lo que generaría un fácil descenso hacia el autoritarismo.

Una vez más, a excepción de los Estados bálticos, los nuevos líderes de las antiguas repúblicas soviéticas representaban a las élites soviéticas, a hombres del pasado: Los secretarios de partido, los ministros soviéticos, los generales de la KGB, los portadores de una conciencia autoritaria; la existencia de movimientos prodemocráticos alternativos suficientemente fuertes para crear e implementar una agenda democrática era casi nula.

Echemos un vistazo a las antiguas repúblicas soviéticas en Asia Central: Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán y Tayikistán. Las cuatro tienen regímenes autocráticos que difieren en el grado de sus libertades y poseen una pizca de despotismo oriental: estatuas de oro de dirigentes, libros sagrados escritos por ellos, capitales rebautizadas en su honor, etc. Pensemos en las antiguas repúblicas soviéticas de Transcaucasia: Georgia, Armenia y Azerbaiyán. El siglo XX fue testigo de revoluciones liberales tardías en Georgia y Armenia, pero las tensiones generales en la región y su involucración en largos conflictos militares no les permiten deshacerse por completo del legado del autoritarismo soviético.

Veamos también las antiguas repúblicas soviéticas de la parte europea de la URSS: Ucrania, Bielorrusia y Moldavia. Hay un conflicto territorial en Transnistria, en Moldavia; Ucrania ha estado en una guerra no declarada con Rusia durante los últimos siete años; la Bielorrusia de Alexander Lukashenko, que acabó despiadadamente con las protestas civiles pacíficas de 2020, poco a poco está perdiendo su independencia y convirtiéndose en un apéndice político de Rusia.

Por lo tanto, se podría decir que la Unión Soviética todavía existe y actúa como una combinación de oportunidades perdidas de transformación democrática y como un legado duradero de las políticas comunistas del siglo XX; tal como la contaminación radioactiva después de la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil, que se mantendrá por décadas. Los imperios deben tener un periodo de media vida, no desaparecen con la firma de un acuerdo, como el de Belavezha, sino que siguen existiendo como un conjunto de prácticas políticas, pecados no redimidos del pasado, crímenes no castigados, y una apatía social adquirida; se necesita un gran esfuerzo por cambiar para que todo esto desaparezca para siempre y descanse en paz.


La Unión Soviética todavía existe y actúa como una combinación de oportunidades perdidas de transformación democrática y como un legado duradero de las políticas comunistas del siglo XX


El consenso narrativo dice que la URSS colapsó sin derramar una gota de sangre, cobrando unas pocas víctimas; así, el intento de golpe de Estado de 1991 y los acuerdos de diciembre calzan con el contexto y la continuidad de las revoluciones rojas de Europa del Este, que ciertamente no derramaron sangre o dejaron pocas víctimas, como los Ceaușescu.

Por desgracia, esto no es verdad. La política nacional del Partido Comunista vigente durante setenta años dejó un legado explosivo. La deportación de nacionalidades dictada por Stalin (chechenos, ingusetios, tártaros crimeos, karacháis y muchos otros) y su regreso subsecuente a su tierra natal, con sus casas ocupadas y sus lugares sagrados destruidos, crearon una exigencia de justicia y autonomía, un precio amargo que el centro, Moscú, tendría que pagar.

Las autoridades soviéticas modificaron fronteras históricas con gran facilidad para que correspondiesen con el momento político, creando, eliminando y girando en torno a temas casi políticos como las repúblicas autónomas de la URSS, ubicadas justo debajo de las repúblicas de la unión en términos de rango, creando así futuras consideraciones territoriales y la esperanza de conseguir la autonomía. También había viejas disputas nacionales desde la época presoviética, como la de Azebaiyán y Armenia.

La URSS creó este campo minado de conflictos, pero, gracias a su gobierno autoritario, pudo contenerlos y congelarlos hasta la última fase de la perestroika, cuando la agitación nacional explotó en todas las repúblicas autónomas o de la unión. El colapso de la Unión Soviética llevó a estos conflictos que aún continúan estallando como cartuchos de bala en una hoguera a una fase abierta y activa.


Sus consecuencias son la muerte de cientos de miles de personas y millones de refugiados; la devastación de ciudades, la destrucción de relaciones internacionales para las décadas venideras, la expansión de la violencia...


Por esta razón la historia postsoviética es una historia de guerras, conflictos étnicos, conquistas territoriales y derrame de sangre civil. La guerra civil de Georgia (1991-1991); la guerra civil de Tayikistán (1992-1993); las guerras en Nagorno Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán (1992-1994, 2020), el conflicto osetio-ingusetio  de 1992 y dos guerras en Chechenia (1994-1996, 1999-2009) que tuvieron lugar en territorio de la Federación Rusa; varias guerras en Abjasia (1992-1993) y en Osetia del Sur (1991-1992, 2008), y la guerra de Transnistria (1991-1992) en la que Rusia interfirió; la anexión armada de Crimea (2014) y la agresión rusa en Ucrania oriental (2014-presente) — esta es una lista no exhaustiva de conflictos postsoviéticos armados.   

Sus consecuencias son la muerte de cientos de miles de personas y millones de refugiados; la devastación de ciudades, la destrucción de relaciones internacionales para las décadas venideras, la expansión de la violencia, que creó un círculo de responsabilidad negable y causó la complicación de la ya complicada transición hacia la democracia. Cabe mencionar que, bajo la presidencia de Boris Yeltsin, Rusia se convirtió, si se puede decir de esta manera, en operadora y beneficiaria de muchas de las guerras mencionadas anteriormente; las usó para crear focos de tensión manejable en las repúblicas recién independizadas, tensión que utilizó para influenciar las políticas nacionales e internacionales de estos países.

Actualmente, la Unión Europea está siendo testigo de este método. La agresión rusa contra Ucrania está sucediendo a menos de mil kilómetros de las fronteras europeas; la distancia entre la Crimea anexada y las fronteras de Turquía, miembro de la OTAN, es de solo 260 kilómetros. Estas son distancias muy pequeñas tanto en el sentido militar como en el sociopolítico.

Se podría decir que la Cortina de Hierro está regresando como símbolo de conflicto entre el este y el oeste, solo que ahora se encuentra más al este: la frontera entre Rusia y Ucrania es el campo de batalla, con trincheras, alambres de púa, reportes del frente, pérdidas regulares del ejército ucraniano; Polonia está fortaleciendo con rapidez su frontera con Bielorrusia, forzando el cierre de los puntos de control de pasaportes, incrementando el número de guardias fronterizos y la presencia policial. El mundo europeo, que ya está separado y desconectado por la covid, que reinstauró las fronteras internas antes olvidadas, se encuentra nuevamente en una situación de confrontación entre el oeste y el este para la que no está preparada.

Mientras tanto, otro ataque está tomando lugar en Rusia; el 28 de diciembre, el Tribunal Supremo ruso pronunció la disolución de Memorial, la organización más antigua, famosa e influyente del sector civil ruso. Existen dos Memorial: la  International Memorial Society histórica y educativa, que busca conservar el recuerdo de los arrestos de Stalin y otros crímenes del periodo soviético, y el Centro de Derechos Humanos Memorial, que investiga las violaciones actuales de los derechos humanos en Rusia, principalmente aquellas realizadas durante las dos guerras chechenas: represalias sin fundamento de ley, torturas, secuestros y limpiezas étnicas. 

Fundada en 1989, Memorial pasó a ser el símbolo principal de la imposibilidad de un regreso al represivo pasado soviético y la iniciativa civil rusa más grande para conmemorar a las víctimas de la criminalidad política soviética. La existencia misma de Memorial era un signo de que se habían pasado para siempre las páginas de la historia soviética. Sin embargo, ambos Memorial se clasificaron como “agentes extranjeros” hace unos años (el centro en 2013 y la asociación en 2016).

El término de clasificación se tomó prestado de la legislación estadounidense, pero en el contexto ruso este alberga una sombra históricamente represiva; muchas víctimas del periodo de Stalin fueron falsamente acusadas de ser “agentes” de servicios de inteligencia extranjeros y de fuerzas políticas hostiles a la URSS. El Tribunal se pronunció a favor del enjuiciamiento que acusó a Memorial de violaciones sistemáticas de la ley sobre agentes extranjeros, concebida adrede para ser técnicamente casi imposible de cumplir (la denominación “agente extranjero” debe aparecer en todos los materiales, textos, cartas y páginas web) y para que se cobren multas significativas en caso de incumplimiento.

Memorial se creó en los últimos años de la perestroika. La historia de su creación tiene en sí una importancia social y simbólica, ya que revela las oportunidades perdidas de aquel periodo. La perestroika y el glasnost expusieron e hicieron pública la existencia en la sociedad soviética de la exigencia atrasada de revelar la verdad sobre el pasado, de hacer justicia para las víctimas de los crímenes soviéticos. No obstante, el Partido Comunista de la URSS (PCUS) y el Comité para la Seguridad del Estado (KGB) no querían que hubiese iniciativas independientes en este campo y temían que el proceso se tornase incontrolable. Así que intentaron tomar el control de los eventos.

Mientras admitían la existencia de un gran número de víctimas y la necesidad de hacer los nombres públicos y erigir monumentos conmemorativos, las autoridades también intentaban limitar las discusiones sobre los crímenes soviéticos a la época de Stalin, aplastando la cuestión de la responsabilidad legal de quienes organizaron y ejecutaron los crímenes soviéticos en masa, y manteniendo los archivos de la KGB cerrados. En el momento de la creación de Memorial, había dos posibilidades: el grupo de iniciativa contaba con miembros que insistían en adoptar una agenda radical de conflicto, en negarse a trabajar directamente con las autoridades, una petición para desintegrar a la KGB, para tener un acceso abierto a los archivos, para juzgar a los culpables y para politizar el movimiento. Un acceso abierto a los archivos, como lo ha mostrado la historia de la mayoría de los países postsocialistas, es la clave para restaurar el imperio de la ley y la implementación de medidas de depuración.

Pero en Rusia, la vía moderada se vio forzada a prevalecer: el enfoque en conmemorar a las víctimas, en una versión limitada de “trabajar a través del pasado”, y en la educación y la investigación histórica. Nada de política. Cabe destacar que esta vía no se reconsideró después de 1991, luego del colapso de la URSS, cuando había muchas más posibilidades políticas y sociales, y las encuestas mostraban que el público estaba listo para que se sancionase legalmente a los culpables, para un ajuste de cuentas legal con el pasado. El ejemplo de la antigua RDA, cuya fuerza impulsora eran los disidentes de Alemania Oriental y no los políticos de Alemania Occidental en lo que respecta a la obtención de los archivos de la Stasi, la depuración y la persecución criminal de quienes violaron los derechos humanos, muestra cómo pueden plasmarse los actos fatídicos y a gran escala de “trabajar a través del pasado” cuando se convierten en la verdadera agenda política.


Las autoridades rusas necesitan una percepción completamente diferente del pasado soviético: una percepción idealizada que pueda legitimar el régimen de Vladímir Putin


Memorial realizó un trabajo colosal durante tres décadas en cuanto a la restauración de la memoria de las víctimas. Sus bases de datos electrónicas con más de tres millones de nombres son instrumentos fantásticos que simplifican la investigación de archivos y aproximan periodos diversos entre sí. Sus ceremonias civiles llevadas a cabo el 30 de octubre para recordar a las víctimas de la represión política constituían una importante institución cultural que unía a la sociedad civil. No obstante, las posibilidades principales para generar cambios que habrían podido llevar a la aparición de una cultura política democrática en Rusia y un ascenso alternante al poder mediante elecciones se perdieron a finales de los ochenta y a principios de los noventa. En este punto, la sociedad civil básicamente rechazó cualquier intento político y legal de trabajar a través del pasado según el modelo de Alemania Occidenal, que podría haber bloqueado cualquier posibilidad de un regreso al poder de las élites soviéticas y los órganos de seguridad estatal.

Al actual régimen autoritario en Rusia no le preocupaba que Memorial hubiese podido convertirse en el protagonista del cambio político. Básicamente, las autoridades rusas necesitan una percepción completamente diferente del pasado soviético: una percepción idealizada que pueda legitimar el régimen de Vladímir Putin. No sería exagerado decir que la cuestión del pasado en Rusia tiene hoy en día un carácter político. El legado simbólico del pasado se está utilizando para consolidar la nación y crear no una mayoría política (no hay elecciones libres) sino ideologizada y adoctrinada, que en este sentido es apolítica.

Regresemos entonces al punto principal de los Acuerdos Belavezha: “La URSS, como sujeto de ley internacional y realidad geopolítica, deja de existir”. Este dejó por fuera un tercer factor, ni legal ni geopolítico: la realidad simbólica de la URSS, que consiste en objetos culturales ideológicamente santificados; sin embargo, de todas maneras no está regulado por documentos de este tipo. La Unión Soviética era una productora de símbolos increíblemente intensiva, y quizá esta sea la única área en la que el plan socialista se cumplió de sobra. 

Monumentos, conjuntos arquitectónicos, canciones, películas, libros, ceremonias solemnes — la Unión Soviética los producía en masa, creando así una esfera cultural cerrada de cultos complementarios. El culto a la revolución, el culto al socialismo, el culto a la victoria en la Segunda Guerra Mundial — la religión soviética era politeísta, con numerosos altares y panteones heroicos. Para finales de los ochenta, este conjunto se dejó de reabastecer, por lo que se atrofió, se desmoronó y murió.

Se podría sugerir que la URSS no solo se derrumbó mediante erosión política. Colapsó bajo el exceso de peso de la sobrecarga simbólica que yacía como un peso muerto en la conciencia de cada persona; la experiencia vívida de los símbolos se agotó como recurso mental y se convirtió en lo opuesto, en cinismo: los héroes de textos sagrados pasaron a ser héroes de chistes, y los últimos rayos de fe en el proyecto futurista socialista se apagaron en las eternas filas de espera para conseguir pan y salchichas.


El proyecto soviético (en el marco de cada una de sus épocas) se construyó desde el pasado y se legitimó a través del futuro, mediante una meta profética y futurista: la construcción del comunismo


No obstante, ahora, treinta años más tarde, la esfera soviética de simbolismo está atravesando un segundo renacimiento posmoderno. Las tiendas rusas tienen productos con recreaciones de empaques soviéticos: una nostalgia por la calidad inexistente de la comida soviética. El culto a la Gran Guerra Patria es la primera justificación para la política extranjera agresiva y militarista de hoy en día, la fuente de una moralidad pública pervertida que glorifica el derecho del poderoso. El panteón de los héroes soviéticos se está restaurando; sus logros, sean reales o inventados por los propagandistas, tienen como fin santificar el pasado y hacerlo inmutable y exento de discusiones.

Paralelamente, la discusión histórica del pasado se está criminalizando, y algunos temas, como la Segunda Guerra Mundial, se están tornando poco a poco en un área que no se debe tocar, el ámbito conmemorativo del Estado. 

¿Por qué esto está sucediendo?

Hay una interesante paradoja que combina el tiempo, la historia y la política.

El proyecto soviético (en el marco de cada una de sus épocas) se construyó desde el pasado y se legitimó a través del futuro, mediante una meta profética y futurista: la construcción del comunismo. El pasado explicaba todo lo que era malo y problemático en el presente soviético, en cualquiera de sus tiempos presentes; el futuro era todo lo bueno, como si ya se hubiese logrado, como si ya hubiese sucedido. En realidad, la legitimación mediante el futuro (lo más importante sucederá entonces) sobrevivió hasta el final de la URSS.

Pero la localización temporal de la Rusia de Putin es muy diferente. Es un proyecto conservacionista. No dispone de una discusión clara sobre el futuro, que no es deseado ni está definido. El futuro es la combinación de cosas que no deberían pasar; alberga corrupción, el contagio del liberalismo, el virus de los derechos humanos. En lo esencial, el futuro carece de aspectos positivos y no existe un deseo de llegar a él, un deseo de vivir en ese tiempo. Por el contrario, entre más lejos se esté de la época soviética, más se la ve como la Edad de Oro, el periodo de grandes victorias, el tiempo en el que la Unión Soviética tenía el control sobre el ámbito geopolítico; no es casualidad que Vladímir Putin calificase el colapso de la URSS como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”.

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Bajo esta lógica, cualquier república de la antigua URSS que cree una narrativa histórica propia que hable de la ocupación y los crímenes soviéticos, que esté implicada en la destrucción de reliquias del pasado comunista, como Ucrania, donde se demolieron cientos de estatuas de Lenin, se considera inevitablemente como un oponente político de Rusia. El punto no es Lenin en sí, ya que a los políticos rusos les importa un bledo él, el punto yace en la unidad esperada del espacio simbólico y en la ausencia de cualquier crítica histórica que pueda debilitar o menoscabar el discurso histórico autoritario ruso, que se ha convertido en un instrumento político doméstico y exterior.

... Bueno, supongo que lidiaremos durante más décadas con la posexistencia de la URSS, con la dilatada decadencia del imperio en la mente de las personas y no solo en el mapa. En los años noventa, los reformistas económicos esperaban que el libre comercio lograse conducir por su cuenta a Rusia hacia la democracia y crear una sociedad libre. El resultado fue una economía semifeudal, donde el derecho a la propiedad personal es condicional y puede eliminarse en cualquier momento por capricho de las autoridades. Inicialmente estuvo bajo el dominio de los oligarcas y luego el de los silovikí (hombres de servicios militares y de seguridad), que privatizaron los organismos de poder estatales. Necesitan una nostalgia política por la URSS y un regreso a los símbolos soviéticos para formar una mayoría proautoridad y manipular políticamente a países vecinos.

La historia de la disolución de la URSS demuestra que, pese a su nivel de turbulencia, estos cambios no garantizan por sí solos una alteración en el rumbo político. Se requiere un complejo de medidas para una “justicia transicional”, lo que la sociedad civil rusa no tuvo el valor de implementar hace treinta años. La pregunta sobre si esto ocurrirá en el futuro permanece abierta porque Rusia todavía no ha aprendido de las lecciones de 1991.

Este artículo se publicó originalmente en Weekendavisen.


En colaboración con Debates on Europe


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