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Polonia, Ucrania y el uso de la memoria histórica en la era de la desinformación

El entusiasmo inicial en Polonia por ayudar al pueblo ucraniano que huía de la agresión rusa está dando paso a un sentimiento antimigración. Este no solo se alimenta de la instrumentalización de los conflictos y la memoria histórica, sino también de las campañas de desinformación. Análisis.

Publicado en 22 septiembre 2026

“El tema de la presencia de personas ucranianas en Polonia se ha cargado de una fuerte connotación política”, afirma Daryna Sydorenko, asesora sénior de la ONG Alliance 24/08 y coordinadora del Observatory of Hate – See. Monitor. React.., que monitoriza los discursos de odio antiucranianos, la desinformación y los incidentes violentos en Polonia. 

El proyecto de Sydorenko monitoriza el panorama informativo polaco en busca de relatos hostiles y siguiendo la pista de cómo estos relatos se mueven entre cuentas anónimas en redes sociales, canales de Telegram, políticos y los principales medios de comunicación. El principal hallazgo de su monitorización fue una conexión entre el auge del lenguaje hostil en polaco en Telegram y actos de agresión en el mundo real.

“Durante estos dos últimos años hemos visto en Facebook, TikTok, Telegram e incluso en Linkedin un repunte de los comentarios negativos sobre los ucranianos”, dice Sydorenko.

En los meses posteriores a que Rusia lanzara su invasión a gran escala en febrero de 2022, el apoyo a la acogida de refugiados ucranianos fue excepcionalmente alto, situándose en el 94 %. En julio de 2026, el 52 % de los polacos se oponía a aceptar refugiados de Ucrania, mientras que el 42 % seguía apoyándolo. Las opiniones varían según la cuestión: los refugiados, la ayuda militar, el comercio, la membresía de Ucrania en la UE y las futuras fronteras del país generan respuestas diferentes.

Con todo, el espacio político en torno a Ucrania se está viendo cada vez más cuestionado, lo que frecuentemente se expresa mediante discrepancias en cuanto a la memoria histórica entre ambas naciones.

La cuestión de Volinia

Polonia mantiene una relación compleja con su vecino oriental, especialmente en lo que respecta a los acontecimientos históricos posteriores a la Primera y la Segunda Guerra Mundial. El tema más controvertido es la violencia desencadenada en Volinia, Galitzia oriental y la región de Chełm, zonas donde convivían ucranianos, polacos y judíos.

Entre 1943 y 1945, las fuerzas insurgentes ucranianas llevaron a cabo ataques masivos contra civiles polacos, ataques que se cobraron la vida de hasta cien mil personas. Estas matanzas formaban parte de una campaña organizada de limpieza étnica encaminada a impedir cualquier soberanía polaca sobre territorios de mayoría ucraniana que se reclamaban para un futuro Estado ucraniano. Los polacos, incluyendo elementos vinculados al Ejército Nacional, perpetraron ataques de represalia contra civiles ucranianos, lo que provocó la muerte de hasta veinte mil personas. Los historiadores siguen debatiendo la cifra exacta de víctimas, la calificación de los hechos como genocidio, la cronología, el grado de coordinación entre las distintas organizaciones y el contexto político y bélico en general.

Esta tragedia, que en su momento se mantuvo relativamente al margen del debate público en Polonia, se ha convertido en un tema central en el país durante la última década. Esto se debe a la proclamación del 11 de julio como Día Nacional de la Memoria por el parlamento polaco en 2016.

Por ejemplo, en 2008, solo el 20 % de los polacos afirmaba conocer muy bien las masacres de Volinia, mientras que el 41 % declaraba no haber oído nada al respecto. En 2023, el 64 % afirmaba estar bien informado y el 92 % se declaraba conocedor de los hechos.


“Mencionar a Ucrania y a los ucranianos siempre va acompañado de emociones muy intensas; por ejemplo, ira, agresividad e irritación” – Daryna Sydorenko


Este aumento del conocimiento ha coincidido con un periodo en el que las relaciones entre los dos países han sido inusualmente estrechas a la vez que conflictivas. Después de febrero de 2022, Polonia pasó a ser uno de los principales defensores de Ucrania. Cerca de un millón de refugiados ucranianos están bajo protección temporal en Polonia, mientras que la sociedad polaca ha brindado una amplia asistencia. Al mismo tiempo, las disputas sobre las importaciones de grano, la agricultura, la política de refugiados y el apoyo militar comenzaron a incidir en la política interna tanto de Polonia como de Ucrania.

Polonia y Ucrania han reanudado la cooperación para encontrar y exhumar las víctimas de la violencia bélica. En julio de 2026, varios especialistas polacos iniciaron exhumaciones en los emplazamientos de las antiguas aldeas de Ostrówki y Wola Ostrowiecka, en Volinia, tras obtener la autorización de las autoridades ucranianas.

“Un debate serio siempre implica escucharse mutuamente, tener en cuenta las opiniones de ambas partes y considerar los nuevos acontecimientos”, afirma Anna Mierzyńska, periodista polaca y analista especializada en redes sociales que estudia la desinformación.

El problema, señala, surge cuando las descripciones de las atrocidades históricas se presentan una y otra vez junto a relatos negativos sobre los ucranianos en la Polonia de hoy en día. De acuerdo con Mierzyńska, este componente histórico ha pasado a formar parte de un conjunto más amplio de relatos destinados a reducir el apoyo a Ucrania.

“Una de las exigencias de los grupos [de extrema derecha] era la exhumación de las víctimas de las masacres de Volinia”, comenta Anna. “Cuando comenzaron las exhumaciones, resultó que no les importaban”.

Según la experta, esto indica que incluso cuando hay intentos de abordar quejas históricas, la narrativa política se mantiene inmutable. Identifica varios temas recurrentes: los ucranianos como una amenaza física, el uso de los asesinatos de Volinia para hacer que los polacos teman a los ucranianos, y alegatos de que los ucranianos podrían adueñarse de territorio polaco después de la guerra ruso-ucraniana en curso. Los relatos anteriores se centraban más en la competencia por puestos de trabajo, la asistencia sanitaria y las plazas en escuelas y guarderías infantiles.

“Desde la agresión rusa a gran escala contra Ucrania, [estas narrativas] se han entremezclado con informaciones actuales sobre delitos cometidos por ciudadanos ucranianos en Polonia, pero muchas de ellas resultaron ser noticias falsas”, añade la experta.

“Los relatos más habituales están destinados a desalentar que se ayude a los ucranianos”, dice. “Se culpa a los refugiados ucranianos de problemas que ya existían en Polonia”. El resultado, dice Mierzyńska, es una peculiar clase de mensaje político: la violencia de la década de 1940 se presenta como una prueba de cómo se comportan los ucranianos que viven en Polonia en la década de 2020.

De la Historia al muro de noticias

La misma pauta se evidencia en la monitorización por Sydorenko de los canales de Telegram en polaco. “Las personas que se ven a sí mismas fuera del sistema los usan”, dice. “Están buscando información alternativa. No se sienten satisfechas con la forma en que los medios establecidos y verificados presentan las noticias, o consideran que dichos medios no reflejan sus puntos de vista”.

Su equipo descubrió casos en los que medios polacos pusieron de relieve la nacionalidad ucraniana de un sospechoso, a pesar de no ser esto relevante para la noticia. En un caso que afectaba a falsificadores, dos sospechosos eran polacos, uno ucraniano y otro ruso, pero solo el de nacionalidad ucraniana fue mencionado en los titulares.

Los relatos históricos operan junto con estas historias. Sydorenko afirma que su equipo ha seguido de cerca las afirmaciones de que se ha establecido una “escuela Banderista” en el oeste de Ucrania y de que se está difundiendo la ideología de Stepán Bandera (líder del movimiento nacionalista ucraniano durante y después de la Segunda Guerra Mundial). Estos mensajes aparecen junto a debates sobre el Ejército Insurgente Ucraniano, las masacres de Volinia y las exhumaciones en curso.

Ella cuenta que, “en un ataque verbal contra adolescentes ucranianos en Polonia, el agresor también empleó este lenguaje: los llamó ‘niños banderistas’ y les dijo que se fueran a Ucrania”.


“No podemos crear resiliencia si actuamos únicamente en el plano informativo” – Anna Mierzyńska


En otro caso, un video mostraba en Telegram a un ucraniano recibiendo una multa de tráfico. Los comentarios a tal video reclamaban la deportación de esa persona. “Los canales trataban de crear una imagen según la cual las infracciones cometidas por ucranianos mostraban una característica común”, dice Sydorenko. “Que son arrogantes, que infringen las leyes polacas y que abusan de la hospitalidad que Polonia les brinda”.

La rapidez con la que el odio en línea deriva en agresiones verbales e incluso físicas quedó patente en Breslavia el pasado mes de julio, cuando una pareja ucraniana fue atacada frente a una tienda de barrio sencillamente por hablar ucraniano.

Sydorenko señala que la hostilidad se manifiesta incluso en publicaciones que tienen poca relación con el gobierno de Ucrania o con la guerra en sí misma.

“Mencionar a Ucrania y a los ucranianos siempre va acompañado de emociones muy intensas; por ejemplo, ira, agresividad e irritación”.

Desinformación rusa

El papel de Rusia es importante en la propagación del odio hacia los ucranianos en las redes sociales polacas. Sin embargo, además de los numerosos bots, muchos de los discursos de odio han sido asumidos por ciudadanos de a pie sin vínculos con el Kremlin.

“Varios investigadores en Polonia observan una intensa actividad por parte de círculos prorrusos, cuentas rusas e influencers en las redes sociales en torno a estos temas”, afirma Mierzyńska. “Contenidos antiucranianos muy similares aparecen simultáneamente en canales rusos de Telegram, a veces en medios estatales rusos, entre activistas prorrusos en Polonia y en círculos de extrema derecha”.

Y añade que “también se sabe que Rusia se beneficia de la difusión de contenidos antiucranianos. Por tanto, resulta irrelevante si el contenido es difundido por los propios actores rusos, o si simplemente inspiran a grupos concretos en Polonia, o si –aspecto que también debe tenerse en cuenta– algunos grupos reciben dinero para difundirlo. Lo que importa es el efecto”.

Sydorenko describe un movimiento similar entre plataformas y actores políticos. Señala que algunos relatos surgen en canales anónimos, los influencers o las figuras políticas se los apropian y, posteriormente, aparecen en los medios de comunicación convencionales. Incluso los medios de comunicación fiables pueden reforzar un relato sin respaldarlo deliberadamente, sobre todo mediante titulares llamativos. “Es fundamental que los periodistas no solo vigilen el espacio de la propaganda rusa, sino que también se aseguren de no convertirse ellos mismos en amplificadores de estas ideas, estados de ánimo y marcos de actuación”, añade. 

Para Mierzyńska, la verificación de datos por sí sola no resolverá el problema, ya que las campañas de odio y desinformación actúan mediante la exposición emocional repetitiva. “No podemos crear resiliencia si actuamos únicamente en el plano informativo”, afirma. “Es necesario cuidar las buenas relaciones entre los polacos y los ucranianos; la integración, el conocimiento mutuo y la creación de confianza son esenciales”.

Para Polonia y Ucrania, la disputa histórica persiste. Las masacres de Volinia siguen siendo un elemento crucial de la memoria polaca, y la búsqueda e identificación de todas las víctimas debe continuar, en colaboración con los socios ucranianos.

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