Este mayo en Ereván –templado, lluvioso y plagado de carteles de campaña– los candidatos a las elecciones parlamentarias del 7 de junio son omnipresentes. Sus rostros nos miran fijamente desde cada valla publicitaria, prometiendo prosperidad y, sobre todo, paz. “Quiero que haya paz, y ahora la tenemos”, decía Isabella*, una de las muchas personas residentes en Ereván con las que nuestros colegas de Agora.md hablaron en las calles de la capital.
“Paz” es la palabra que define estas elecciones, aunque cada partido tiene su propia visión de qué clase de paz. Su sombra es la ofensiva relámpago que Azerbaiyán inició en septiembre de 2023, la cual expulsó a la población armenia de Nagorno-Karabaj y disolvió la República de Artsaj que gozaba de un limitado reconocimiento y era un enclave separatista con una abrumadora mayoría armenia que había permanecido en un limbo legal desde el colapso de la URSS. Cuatro guerras se han librado por este territorio desde 1991, con un coste de al menos 35 000 muertos.
El contexto geopolítico en el que se desarrollan estas elecciones es singularmente complejo. Turquía (un firme aliado de Azerbaiyán y Estado responsable del genocidio de 1915-1923 que sigue siendo fundamental para la identidad nacional armenia) se decanta hacia el oeste. Rusia, protectora histórica de la Armenia cristiana frente a sus vecinos musulmanes, se inclina hacia el norte, con su credibilidad gravemente dañada por su decisión de mantenerse al margen durante la ofensiva de 2023.
Y Europa se acerca cada vez más: a primeros de mayo se celebró en Ereván una cumbre sin precedentes de la Comunidad Política Europea, seguida de la primera cumbre UE-Armenia, lo que indica que el giro de la política exterior de Ereván hacia Occidente está ganando peso institucional, incluso mientras que la guerra sigue remodelando el más amplio entorno de la región.


Más que una clara ruptura con Moscú, la cumbre marcó un gradual intento de reducir la dependencia de Rusia después de la pérdida de Nagorno-Karabaj. Tal como indica el reportaje de György Folk para HVG, Armenia busca “una reconfiguración gradual” mediante vínculos europeos más profundos, oportunidades económicas y reformas. Por su parte, Bruselas trata de conseguir un posicionamiento duradero en el Cáucaso meridional mediante inversiones, cooperación en seguridad, conectividad, liberalización de visados y apoyo para la soberanía de Armenia.
Pero el camino exige cautela y condiciones: los viajes libres de visados, por ejemplo, dependerán de reformas en la gestión de fronteras, documentos biométricos, migración, anticorrupción y derechos fundamentales. Mientras tanto, como explica Folk, el primer ministro Nikol Pashinyan tiene que demostrar que el camino hacia Europa es viable sin provocar una incontrolable confrontación con Moscú.
Así pues, las elecciones han tenido lugar tras el colapso de las antiguas premisas de seguridad de Armenia, Rusia ya no parece fiable, Europa aún no es su protectora y la paz con Azerbaiyán sigue siendo un tema profundamente divisivo. Un politólogo que conocimos en Ereván describió este contexto como “sumamente volátil”. Esta pequeña nación del Cáucaso Meridional se encuentra en un estado de profunda desorientación. Las antiguas reglas, como él mismo afirma, sencillamente han desaparecido.
“Ya no quedan armenios en Nagorno-Karabaj, algo impensable para cualquiera de nosotros, o para cualquier generación anterior” – Un representante de la sociedad civil armenia
La ruptura tiene un claro punto de arranque. La guerra de 2020 por Nagorno-Karabaj, seguida por los ataques de Azerbaiyán contra territorio de Armenia en 2022 y la ofensiva de Bakú en septiembre de 2023 que completó lo que funcionarios armenios, grupos de derechos humanos y numerosos observadores locales describen como limpieza étnica, puso fin a tres mil años de presencia armenia en el territorio.
“No se trata solo de que Nagorno-Karabaj ya no exista como entidad”, afirmó un representante de la sociedad civil armenia, hablando bajo condición de anonimato, al igual que las fuentes académicas citadas en este artículo. “Ya no quedan armenios en Nagorno-Karabaj, algo impensable para cualquiera de nosotros, o para cualquier generación anterior”. Incluso durante los periodos soviético, zarista y persa, señala la fuente, los armenios siempre han estado allí.
El trauma aún está latente y sus consecuencias políticas todavía se siguen desarrollando. “Vivimos en un entorno postraumático muy intenso”, declaró la fuente de la sociedad civil. “Como cualquier trauma, uno se golpea la cabeza y no lo siente de inmediato. Pero cuando empieza a darse cuenta, el dolor se hace mayor cada vez”. Por ahora, Armenia intenta no sentirlo. Las elecciones se están desarrollando precisamente en este intervalo de anestesia, antes de que llegue el de plena sensibilización.
La garantía rusa se desmorona
Durante décadas, la seguridad de Armenia se basó –o parecía basarse– en su alianza con Rusia, formalizada mediante su pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). Esa estructura se ha derrumbado por completo. Cuando Azerbaiyán llevó a cabo su agresión en septiembre de 2022 contra territorio armenio soberano –no contra Karabaj, sino contra la propia Armenia, dejando más de 250 kilómetros cuadrados bajo ocupación azerbaiyana– Moscú encontró excusas para no actuar. “Los rusos se las apañaron para eludir la responsabilidad diplomáticamente”, comentó secamente el politólogo armenio, que nos pidió permanecer en el anonimato.
Las consecuencias han sido dramáticas para la opinión pública. Rusia, que obtenía una aprobación del 85-90 % entre los armenios hace dos décadas, ahora es considerada una amenaza por casi un tercio de la población. “Se trata más de cautela, de pragmatismo, de no provocar al oso”, afirmó el politólogo, “que de compartir sentimientos particularmente positivos hacia Moscú”.
Sin embargo, Armenia sigue estrechamente vinculada a Rusia, de tal manera que cualquier ruptura total resulta estratégicamente peligrosa. Moscú controla infraestructuras críticas –ferrocarriles, energía– y sigue siendo un socio comercial dominante. Cuando las relaciones diplomáticas se deterioran, la coerción económica no tarda en llegar: el politólogo señaló que “los rusos encuentran bacterias en el coñac o en el agua mineral de Armenia”.
La base militar rusa en Gyumri, cuyo contrato tiene una vigencia de casi dos décadas más, apenas se menciona públicamente, ni siquiera por un gobierno que ha congelado su participación en la OTSC. “No creo que vayan a quedarse allí durante 20 años”, declaró el politólogo, “pero tampoco sé por qué se iban a ir”.
Moscú crucialmente ha calculado hasta ahora que las represalias no merecen la pena, al menos dentro de ciertos límites. Rusia, aislada por las sanciones occidentales y dependiente de las pocas vías comerciales que le siguen abiertas, incluida Armenia, está aplicando un pragmatismo frío en lugar de una reacción punitiva. “No lo llamaría empatía”, señaló el politólogo, “sino más bien un cálculo racional”.
Sin embargo, ese cálculo podría cambiar en el momento en que Armenia decida abandonar la Unión Económica Euroasiática, un paso que, según algunas opiniones, es impensable actualmente sin antes encontrar fuentes de energía, mercados e infraestructuras alternativas. “A menos que Armenia encuentre nuevos mercados, nuevas fuentes de energía, lo que sea... es simplemente un suicidio”, afirmó rotundamente una fuente de la sociedad civil.
Una aspiración europea, cautelosamente mantenida
Dentro de este vacío, la Unión Europea se ha movido con inusitada rapidez. Tras la agresión de 2022 contra territorio armenio, la UE desplegó una misión de vigilancia civil, compuesta actualmente por más de 250 policías europeos y canadienses que patrullan la frontera desarmados. “La gente de la frontera está bastante contenta con esto”, señaló el politólogo. “Tienen la sensación de que hay estabilidad”.
El apoyo público a la adhesión a la UE es notable: el 73 % de los armenios la apoya total o parcialmente, y una encuesta de febrero sugirió que un hipotético referéndum de adhesión se aprobaría con un 51% de los votos, con solo un 13 % en contra. El apoyo a una política exterior exclusivamente pro rusa ronda el 6-9 %. “Si quieres perder las elecciones” advertía el politólogo, “solo tienes que alzar la voz y decir que eres un partido prorruso”.


Sin embargo, las fuentes de la sociedad civil armenia se muestran cuidadosas al distinguir entre sentimiento y estrategia. El año pasado, Ereván firmó una agenda de asociación estratégica con Bruselas, haciendo así el trabajo preparatorio para la reforma, tal como lo expresó una fuente, “sin la fanfarria política que podría generar rechazo entre ciertos núcleos geopolíticos”.
Los expertos han descrito este enfoque como la “europeización silenciosa” de Armenia, un patrón que, según señalan algunas fuentes, precede al gobierno actual: incluso bajo el marco de la Asociación Oriental hace quince años, Armenia estuvo implementando discretamente reformas alineadas con Europa sin agitar banderas, a veces literalmente.
El camino de Armenia se complica aún más por su vecindario. Según algunas fuentes, sin la restauración de la trayectoria europea de Georgia, la adhesión de Armenia a la UE es prácticamente impensable, tanto geográfica como políticamente. El primer ministro armenio dedicó una parte importante de su reciente discurso ante el Parlamento Europeo a urgir a los eurodiputados a que retomen el diálogo con Tiflis.
Polarización: un arma, no solo un síntoma
Es en este contexto donde se disputaron las elecciones del 7 de junio, y es aquí donde las fuentes se mostraron más alarmadas. La polarización política en Armenia no es simplemente una consecuencia orgánica del trauma y la derrota. Es, en gran medida, una situación deliberadamente creada.
“La polarización es una situación socialmente creada”, afirmó la fuente de la sociedad civil. “Se estructura mediante acciones estratégicas de arriba abajo por parte de las élites políticas, el refuerzo psicológico de las identidades grupales y el impacto estructural de los medios de comunicación”. El binarismo que se está creando –proeuropeo versus prorruso, tal como lo expresó una fuente– elimina el tono social en que vive la gran mayoría de los armenios. Las encuestas muestran consistentemente que el 86-87 % de los encuestados desea equilibrar las relaciones entre Rusia y sus socios occidentales, no elegir entre ellos. Algo que Narek* confirmó con sus propias palabras cuando se le preguntó sobre sus expectativas para el futuro: “Ser amigos de Rusia y de Europa”, declaró a Agora.md.
El partido Contrato Civil, actualmente gobernante, hace campaña bajo la bandera de la UE con un respaldo europeo visible, habiendo optado con éxito por el relato pro europeo al completo, dejando a los partidos más pequeños y genuinamente reformistas prácticamente sin argumentos para sus campañas. “Si soy un votante monotemático proeuropeo”, señaló el politólogo, “votaré por el partido gobernante, que tiene posibilidades de ganar, en lugar de hacerlo por un partido que apenas alcanzará el umbral del 4 %”. Frente al gobierno se encuentra un bloque de partidos de oposición predominantemente pro rusos liderados por la Alianza de Armenia del expresidente Robert Kocharyan.
Se compone de una alianza nacionalista que incluye a la formación Armenia Fuerte del multimillonario ruso-armenio Samvel Karapetyan y el partido de la Federación Revolucionaria Armenia/Dashnaktsutyun. Sin embargo, sus probabilidades de éxito son harto exiguas, en palabras del politólogo, pues ”se les considera incompetentes, desorganizados y extremadamente odiosos. Uno solo tiene que ser ligeramente soportable para ganarles”. La última encuesta concede a Contrato Civil el 28,8 % de las intenciones de voto, seguido por Armenia Fuerte (14,9 %), Alianza Armenia (12,1 %) y Próspera Armenia del oligarca Gagik Tsarukian (8,7 %).

La fundamental narrativa electoral del gobierno se basa en una “reinterpretación orwelliana” de la derrota catastrófica como progreso pragmático: ha llegado la paz, la economía crece y se construyen carreteras. “Para una población que no había visto estas cosas, es realmente impresionante”, admitió el politólogo, antes de añadir que lo que se considera infraestructura “enorme” no es más que “construcción básica de carreteras y renovaciones de escuelas, además de urbanizaciones masivas en las ciudades”.
“El crecimiento económico de dos dígitos se debe en gran medida al sector financiero y al de las tecnologías de la información, y, desde la invasión a gran escala de Ucrania, al papel de Armenia en los flujos de reexportación que eluden las sanciones contra Rusia”, según afirmó el politólogo. Este auge está directamente vinculado a la singular posición geopolítica y económica del país. Aunque Armenia es miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), liderada por Rusia, también mantiene abiertos canales financieros y diplomáticos con Occidente, por lo que se ha convertido en un conducto principal para el comercio paralelo y la fuga de capitales.
“Las elecciones se están desarrollando precisamente en este intervalo de anestesia, antes de que llegue el de plena sensibilización” – Un representante de la sociedad civil armenia
Algunos grupos y sectores específicos se benefician principalmente de este crecimiento, en particular la reexportación de bienes como productos electrónicos, automóviles y maquinaria, así como oro y diamantes. Los primeros se importan de Asia y Occidente y luego se vuelven a exportar a Rusia, mientras que los segundos se importan de Rusia, se procesan o empaquetan ligeramente en Armenia y luego se vuelven a exportar a países como los Emiratos Árabes Unidos y China. Otros beneficiarios son los profesionales y empresas rusos que se han trasladado al país. La afluencia de capital y migrantes rusos ha provocado una expansión significativa de la economía de servicios de Armenia, en particular en los sectores bancario, inmobiliario, hotelero y minorista de Ereván.
Sin embargo, “el impacto socioeconómico directo en los sectores más amplios de la población es bastante limitado en cuanto a su alcance y al número de empresas y personas que se benefician de él. La clase socioeconómica baja, así como las zonas rurales, siguen en gran medida excluidas”, explicó el politólogo.
No es de extrañar que los elegantes cafés y restaurantes de Ereván estén ahora repletos de una floreciente clase de nuevos ricos, que lucen marcas de moda extravagantes y coches de lujo propios de una ciudad de casinos, no de una antigua capital soviética.


Aunque esta riqueza depende en gran medida de la continuación de la guerra en Ucrania y no está distribuida equitativamente –favorece enormemente a la élite urbana, a los terratenientes y a sectores comerciales específicos, mientras que la inflación ha asfixiado a los ciudadanos de a pie que no perciben ingresos en divisas extranjeras ni trabajan en el sector tecnológico– ha creado, no obstante, un auténtico electorado que busca la estabilidad, sobre todo entre los votantes rurales y de mayor edad.
Así pues, añade el politólogo, “en lo que respecta al efecto político de la actividad económica, la percepción subjetiva parece ser al menos tan importante como las cifras. Si bien la lucha contra la pobreza no es tan impresionante, el punto de referencia en la percepción pública es bastante bajo debido a la pobreza prolongada y la marginación desde la independencia”. En otras palabras, añade, “incluso las inversiones básicas en bienes de capital y la construcción de infraestructuras, o el aumento de las pensiones y la introducción del sistema universal de asistencia sanitaria, se traducen en un firme apoyo político al partido gobernante, especialmente entre la población rural y de más edad”.
Además, en un país donde el servicio militar ha sido una angustia para todas las familias durante mucho tiempo, incluso la reducción del servicio obligatorio de dos años a dieciocho meses ha servido, como señaló una fuente, “para ganarse el corazón de muchas madres”.
Pero esta fuente de la sociedad civil advierte que, bajo esta apariencia, el Estado de Derecho se está desmantelando silenciosamente. El gobierno ha incluido el cambio de liderazgo eclesiástico en su programa electoral, algo que se describe como “escandaloso desde una perspectiva internacional de derechos humanos”.
Un joven que levantó la mano contra un guardaespaldas en una iglesia fue encarcelado; un conductor del parque de automóviles oficiales del primer ministro atropelló y mató a una mujer embarazada, pero todavía no ha cumplido ni un solo día de prisión cuatro años después. Las voces independientes se ven presionadas con toda clase de etiquetas: “están con los rusos”, “están con la oposición”, lo que, según fuentes fidedignas, sirve para legitimar tratos extralegales. “La mayor consecuencia de la polarización”, dijo una fuente de la sociedad civil, “es una competencia que niega al otro bando el derecho incluso a existir políticamente”.
Lo que preocupa más a las fuentes de información es la erosión de las instituciones democráticas que, con el tiempo, podrían canalizar las exigencias públicas de un auténtico cambio. “Puede que no tengamos ese tiempo”, dijo una fuente. “Para cuando se produzca el cambio que se pide, las instituciones que realmente podrían provocarlo podrían estar ya erosionadas”.
La advertencia refleja un patrón más amplio: el error cometido con Georgia bajo el mandato de Mikheil Saakashvili, cuando los socios europeos hicieron la vista gorda ante los abusos internos en aras de la notoriedad geopolítica. “Si algo se llegara a decantar aquí hacia Rusia”, dijo la fuente de la sociedad civil, “se planteará un enorme interrogante de por qué sucedió. Y habrá sucedido porque este gobierno estuvo jugando con fuego”.
Un país que no quiere elegir
Por debajo del ruido de la polarización de las élites, la imagen que emerge de las encuestas es la de una población que no es ni pro rusa ni ingenuamente pro occidental, sino obstinadamente pragmática y sencillamente deseosa de no verse obligada a elegir.
Las presiones existenciales a que se enfrentan Moldavia o Georgia también son aplicables a Armenia, agravadas por la amenaza existencial que representan Turquía y Azerbaiyán al este y al oeste. La votación del 7 de junio no resolverá la ecuación, pero revelará cuánta paciencia queda y cuánto tiempo tiene Armenia para agotarla.

Mientras tanto, en la escalinata de la Cascada, un monumental museo soviético al aire libre con vistas a Ereván, turistas y escolares de toda Europa y Oriente Medio se mezclan como en una Torre de Babel caucásica. Al otro lado de la ciudad, el monte Ararat se alza sobre las nubes desde la cercana Turquía. Cerca de la ópera, un hombre lo resume con sencillez: “Los armenios han luchado y vivido bajo la opresión de los árabes y los persas, y al final han encontrado la manera de convivir y trabajar juntos con ambos. ¿Por qué no iba a ser posible hoy? ¿Cuánto tiempo más se puede seguir luchando?”.

Karen Harutyunyan, editor en jefe de Civilnet, la organización independiente de medios de comunicación líder en Armenia, ha observado de cerca esta campaña electoral. Compartió con nosotros la desapasionada lectura que ha hecho de ella.
Respecto al acuerdo de paz que define la campaña del primer ministro Nikol Pashinyan, Harutyunyan distingue claramente entre la ausencia de guerra y una solución auténtica. El destino de los 19 exlíderes de Nagorno-Karabaj –entre ellos tres expresidentes y el filántropo Ruben Vardanyan– actualmente detenidos en Bakú, nos afirma, está sospechosamente fuera de la agenda del gobierno. No se mencionó en ninguna de las cumbres históricas celebradas recientemente en Ereván. “Esto no es una prioridad”, declara. El motivo, insinúa, podría ser político: “Si Ruben Vardanyan regresara a Armenia, bien podría convertirse en un adversario político para Pashinyan”.
Respecto a Rusia, Harutyunyan es igualmente implacable al hablar de la realidad estructural. Moscú suministra gas natural a Armenia a aproximadamente un tercio del precio promedio europeo, gestiona su única central nuclear –que proporciona alrededor del 30% de la electricidad del país– y dirige el puesto de control de Alto Lars, por donde transita más del 60% de las exportaciones armenias. Las remesas rusas aún representan alrededor del 10% del PIB. "Eso no se puede reemplazar fácilmente", afirma. "Es realmente difícil".
Respecto a la desinformación, rechaza la idea de que la principal amenaza sea rusa. El problema más significativo, argumenta, es interno: políticos locales con recursos para llevar a cabo sus propias campañas de influencia. El partido gobernante controla la televisión pública; los oligarcas de la oposición controlan sus propios canales. "Tres grupos", afirma: los actores rusos, el gobierno y una oposición fragmentada. "Y la oposición no es una entidad homogénea".
🤝 Este artículo forma parte del proyecto colaborativo PULSE y su elaboración ha sido posible gracias a la iniciativa de n-ost Seizing Sinergies. Se basa en una sesión informativa con fuentes de la sociedad civil armenia y un politólogo armenio que habló bajo condición de anonimato. György Folk (HVG, Hungría), Victoria Dumbrava y Anastasia Antoceanu (Agora.md, Moldavia) contribuyeron a su elaboración.
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