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Belgrado: Democracia de rebaño

El coronavirus ha mostrado la fragilidad de nuestras libertades y la facilidad con la que pueden perderse. Tanto las autoridades como los ciudadanos son cómplices de haber convertido el problema de la covid-19 en una declaración de autoritarismo y división social, según afirma la historiadora serbia Dubravka Stojanović. En lugar de una inmunidad de rebaño, hemos conseguido una democracia de rebaño.

Publicado en 19 junio 2020 a las 09:54

La medicina está teniendo dificultades para descifrar los misterios y el funcionamiento del coronavirus. Sin embargo, este virus ha desvelado completamente los misterios y el funcionamiento de muchos regímenes políticos. Ha actuado como un estallido, amplificando todo lo que ya estábamos presenciando desde hacía tiempo, pero que nos negábamos a asumir. El “enemigo invisible” ha sacado a la luz los problemas políticos. Fundamentalmente, ha mostrado cómo  gestionamos las libertades en una crisis y la rapidez con la que la libertad se convierte en un obstáculo ante las amenazas.

La pandemia nos ha mostrado cuánto tienen en común regímenes aparentemente diferentes, sobre todo aquellos basados en la fantasía de creerse únicos y excepcionales.  Las reacciones iniciales ante el virus, desde Xi Jinping y Vladimir Putin hasta Viktor Orbán y Aleksandar Vučić, pasando por Boris Johnson, Trump y Bolsonaro, fueron muy similares: en un principio ocultaron la gravedad de la situación; después se burlaron del virus, diciendo que a “ellos” no les afectaría y que “sus” medidas no serían como las del resto. Más tarde, cuando la tasa de mortalidad desestabilizó su firme posición inicial, algunos comenzaron a implementar medidas más radicales, quizás en un intento de salvaguardar su naturaleza excepcional.

Se tomaron en serio la pandemia, que en un principio consideraban ridícula, y la tomaron como una oportunidad para oprimir a sus ciudadanos y acallarlos. Sus caras orgullosas en las conferencias de prensa demostraban claramente que era el mejor momento de su vida y que la pandemia era la ocasión perfecta para convertir sus cambios de humor en un sistema, es decir, para otorgarse a sí mismos toda libertad imaginable. Viktor Orbán se llevó todo el protagonismo en Europa, mientras que Aleksandar Vučić, el dirigente de Serbia, mi país, pasó desapercibido.

“El virus más divertido de la Historia”

Al inicio de la pandemia, Vučić se reía disimuladamente durante una conferencia de prensa mientras los médicos afirmaban que “era el virus más divertido de la Historia, ya que solo existía en Facebook”. Además, instó a las mujeres serbias a irse a Milán a comprar zapatos de rebajas durante la cuarentena. Pero después, Vučić adoptó medidas muy diferentes al resto de países. Declaró el estado de emergencia de manera unilateral, sin la aprobación del parlamento, quebrantando la Constitución. Militares armados se desplegaron por las calles. Se prohibió salir de casa a las personas mayores de 65 años. Estableció un toque de queda diario de 12 horas (de las 5 de la tarde a las 5 de la madrugada).

Durante los fines de semana estaba totalmente prohibido salir de casa y durante la Semana Santa, la prohibición de desplazarse alcanzó un récord: 84 horas. Disolvió el parlamento. Se arrestó a un periodista que escribió sobre las condiciones en los hospitales y a un músico por una canción inapropiada. Las conferencias de prensa del Gabinete de Crisis se cancelaron porque hacer preguntas sobre la pandemia se consideraba un acto de traición. En ocasiones,  Vučić afirmaba que la pandemia no podía afectarnos, que se podía evitar la enfermedad bebiendo slivovitz, pero inmediatamente después  aseguraba que iba a haber tantas víctimas que los cementerios se quedarían sin espacio. Las medidas radicales cambiaban y cada día se concedían y se revocaban derechos. La prensa sensacionalista afín al gobierno difundió noticias falsas y teorías conspiratorias que contradecían lo que anunciaba el Gabinete de Crisis. Se esforzaban mucho en sembrar el desconcierto entre los ciudadanos para consolidar su creencia en el líder y en su mandato férreo.

El comportamiento de las autoridades no sorprendió a nadie. Sin embargo, ha sido muy interesante la manera en la que los ciudadanos han gestionado sus libertades. En la mayoría de los países, el porcentaje de apoyo al gobierno ha aumentado, tanto en los que se han adoptado medidas racionales y efectivas contra la pandemia como en los han aprovechado para limitar las libertades de los ciudadanos mientras las tasas de infección y de mortalidad aumentaban.

Es el caso de Serbia, donde las medidas de seguridad han sido las más estrictas de la región, pero el número de casos por millón de habitantes ha sido dos veces mayor que en cualquier otro país de la antigua Yugoslavia. La gente ha apoyado en masa a sus líderes y estaban dispuestos a confiar sus derechos a los que supieran utilizarlos de la mejor manera. Todos se han unido de manera instintiva, así que los partidos de la oposición, al menos en Serbia, también se olvidaron de sus responsabilidades y obligaciones para con los ciudadanos, diciendo que no era el momento de hablar de política.

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Muchos ciudadanos se adaptaron rápidamente a la situación de emergencia. Muchos aprovecharon la oportunidad para trasladar la violencia estatal a la escala local, hasta las tiendas de barrio. En el momento en el que se formaban colas fuera de las tiendas aparecían unos autodenominados capos y demostraban a gritos su nuevo poder, dando órdenes e intimidando a la gente. Su intención no era mantener el orden, sino regodearse. Algunos de estos autoproclamados caciques señalaban a las personas mayores de 65 años, los echaban de las tiendas y les mandaban irse a casa. Informes policiales indican que casi todas las personas mayores de 65 años que incumplieron la orden de quedarse en casa fueron denunciadas por sus vecinos. ¿Les suena de algo?

Abolición de las instituciones

Además de este fascismo de andar por casa, también asistimos a un fenómeno totalmente diferente. En muchos lugares del mundo, la relajación de las medidas ha desencadenado un comportamiento desenfrenado de los ciudadanos. La gente se amontonó en las cafeterías, los parques y las playas, como si nunca hubiese existido ningún peligro y nunca fuese a aparecer ningún otro. Se descubrió a mucha gente, desde políticos bosnios hasta policías alemanes, infringiendo las leyes en fiestas clandestinas. En Grecia la gente se aglomeraba en las playas recién abiertas. En Suecia las autoridades estaban anonadadas por el comportamiento irresponsable de sus ciudadanos, que se reunían sin ninguna preocupación en las cafeterías y  el gobierno se vio forzado a eliminar parte de su política basada en la confianza.

Puede parecer que estoy describiendo eventos sin relación alguna. No lo creo, más bien al contrario. Creo que se trata de manifestaciones diferentes de un sistema denominado democracia no liberal. Estos regímenes distan mucho los unos de los otros, pero tienen en común la manera en la que gestionan las libertades. En este aspecto, las autoridades y los ciudadanos han encontrado un punto en común. La distribución del poder de las élites a las bases llegó rápidamente. Los ciudadanos han aceptado la abolición de las instituciones como una manera de librarse de una responsabilidad. Entendieron la desconsideración de las autoridades por la ley como un indicio de que ya no hay reglas.

Al perder sus derechos, han visto la oportunidad de apropiarse de las pocas libertades que les quedan y de usarlas como quieran. Cuando las autoridades suprimieron las restricciones, los ciudadanos lo tomaron como un permiso para dejar de preocuparse por los demás. Tanto las autoridades como los ciudadanos tomaron lo que necesitaban en ese momento, lo usaron y lo desecharon cuando se aburrieron de ello. Culparon del virus al enemigo  (China, George Soros, los judíos, los inmigrantes, el 5G, Bill Gates…) y se pusieron en su contra con todas sus fuerzas.

Recurrían a la ciencia cuando la necesitaban y la menospreciaban cuando no confirmaba su postura. Trataron de menoscabar la autoridad, cuestionaron todo, sembraron dudas para socavar la confianza, la unidad y la solidaridad. Dejándose arrastrar, los ciudadanos también han contribuido a la división social y han surgido  individuos inseguros y asustados que prefieren que venga otro que se encargue de todo. El coronavirus ha mostrado la fragilidad de nuestras libertades y la facilidad con la que pueden perderse. Para la satisfacción de todos.

No hemos conseguido una inmunidad de rebaño, pero sí una democracia de rebaño. Parece que hay que volver a empezar.

Este artículo forma parte del proyecto Debates Digital, una colección de contenido publicado digitalmente que incluye artículos y debates en directo entre varios escritores destacados, académicos y personalidades intelectuales que forman parte de la red Debates on Europe.

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