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Protestas en Minsk como un bordado tradicional de Bielorrusia.

Bielorrusia ya no volverá a ser la misma

La pandemia del coronavirus ha mostrado que un mayor grado de autoritarismo no es la solución para los problemas en Bielorrusia, sino al contrario. La gestión catastrófica de la crisis de Aleksandr Lukashenka ha engendrado una nueva sociedad civil en la última dictadura europea, relata la periodista Iryna Vidanava. Ya no hay vuelta atrás.

Publicado en 18 agosto 2020 a las 09:21
Rufina Bazlova  | Protestas en Minsk como un bordado tradicional de Bielorrusia.

El virus reveló la incapacidad de las autoridades para reaccionar de manera receptiva y responsable, y esto derivó en una pérdida generalizada de confianza pública. La respuesta estatal a la pandemia provocó una oposición más pronunciada a través de más grupos sociales que nunca. Las protestas comenzaron a medida que las elecciones presidenciales que se celebrarían en agosto se acercaban. Estas estaban lideradas por blogueros cuya intención era hacer rendir cuentas al gobierno y contar la verdad sobre el poder. El personal sanitario, decepcionado por la incompetencia del Estado para protegerlos y apoyarlos, se unió a las manifestaciones y habló abiertamente por primera vez en línea.

Algunos fueron arrestados y despedidos. La policía puso fin a las manifestaciones y persiguió a activistas, periodistas y blogueros, incluso a aquellos que contrajeron el virus y se encontraban ingresados en el hospital. Los tribunales, bajo el yugo del Estado, los sentenciaron a penas de prisión. Mientras que esta conducta es de sobra conocida y frecuentemente utilizada en Bielorrusia, esta vez se percibió de manera diferente.

En primavera, los bielorrusos se centraron en sobrevivir al virus. Sin embargo, por incierta que fuese la vida pospandemia, la gente cada vez se preguntaba más si deseaba vivir en ese orden estatal en el futuro. Hace tres décadas, hizo falta una tragedia como la de Chernóbil para llevar a la población a concebir un futuro diferente y exigir los cambios que condujeron a una nueva Bielorrusia nueva e independiente.

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En agosto, tres meses después del desfile del Día de la Victoria del 9 de mayo, los soldados y vehículos militares están de nuevo en las calles de Minsk. Pero esta vez no están celebrando la derrota del nazismo, sino que están atacando a sus conciudadanos, manifestantes pacíficos que exigen un recuento de votos transparente tras unos comicios robados sin pudor por Lukashenka. Por las noches, Minsk parece estar de luto: las calles, plazas y edificios gubernamentales están cubiertos del negro de los uniformes y protecciones corporales de los innumerables agentes de las fuerzas especiales presentes. En lugar de obsequiarnos con unos fuegos artificiales para celebrar el Día de la Victoria, el régimen utilizó granadas aturdidoras, balas de goma y gas lacrimógeno contra ciudadanos desarmados.

La gente que está en las calles no es una multitud que se ha visto obligada a ver un desfile, se trata de la nación defendiendo sus derechos y optando por un futuro mejor. Es una marea de ciudadanos que no solo se sitúan en la plaza principal de Minsk, sino también en más de treinta ciudades del país. Forman parte de una nueva sociedad civil que se ha alzado y se ha gestado durante la pandemia.

En los meses anteriores a las elecciones, el régimen ejerció una represión sin precedentes y arrestó a cientos de personas, incluyendo a candidatos de la oposición, blogueros y periodistas políticos, así como activistas democráticos. No obstante, la sociedad civil respondió con unos actos solidarios igualmente inéditos, se autoorganizó tanto en línea como en las calles. A pesar de los arrestos y las palizas, la gente se siguió uniendo. Del mismo modo que con la pandemia, el trato inhumano del gobierno para con su pueblo antes de las elecciones sacó lo mejor de sus ciudadanos.

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Las personas destacables de la campaña electoral fueron tres mujeres que se vieron obligadas a meterse en política por la crueldad del régimen contra sus homólogos masculinos. Su líder es Sviatlana Tsikhanouskaya, que decidió presentarse como candidata sustituyendo a su marido, un célebre bloguero encarcelado en junio. Su blog cubría historias sobre los fallos del gobierno durante la pandemia. Miles de personas asistieron a los eventos del trío durante su campaña por todo el país.

El gobierno hizo todo lo que estuvo en su mano para menoscabar el movimiento creciente, pero la gente respondió al acoso policial y a las detenciones con canciones de paz y empleando una resistencia pacífica. Cuando las autoridades cerraron unas populares plataformas de crowdfunding que no solo apoyaban a los reprimidos, sino también a los que luchaban contra la pandemia, los activistas desarrollaron nuevas herramientas en línea para compartir información y llevar a cabo un recuento de votos alternativo.

Irónicamente, el gobierno utilizó la amenaza del coronavirus como una excusa para limitar el derecho de reunión, justificar las severas medidas durante la campaña y reprimir las elecciones. Al contrario que con el desfile gubernamental del Día de la Victoria, los mítines de la oposición y los conciertos se cerraron o cancelaron “por razones sanitarias”. La Comisión Electoral Central decidió no invitar a observadores internacionales para las elecciones, no instaló una sala de prensa y anunció que tan solo los periodistas del gobierno podrían asistir a la conferencia de prensa sobre los resultados del recuento de votos ”con el fin de respetar la distancia de seguridad”.

Mantener a un dictador en el poder ha resultado ser más importante que la salud, la seguridad y el futuro del país.

La policía, tanto uniformada como de paisano, llevaba máscaras para cubrir sus rostros mientras dispersaban violentamente las protestas. Se limitó el número de observadores nacionales independientes y se controlaron las entradas a los colegios electorales, haciendo que los votantes tuviesen que esperar al sol durante horas para poder votar. Muchos de ellos no pudieron meter su voto en las urnas porque el gobierno cerró los colegios electorales a la hora habitual, en lugar de ampliar el horario por los protocolos dictados por la pandemia.

Asimismo, el gobierno que decidió no hacer frente a la pandemia debido a “razones económicas” empleó todos sus recursos administrativos y de seguridad para apropiarse de las elecciones y reprimir a los disidentes. Mantener a un dictador en el poder ha resultado ser más importante que la salud, la seguridad y el futuro del país. La indiferencia del gobierno hacia sus ciudadanos enfureció al pueblo tanto como otras elecciones amañadas. Sin embargo, no abandonaron ni la esperanza ni la calma hasta que el gobierno recurrió a la violencia.

Durante las cruentas noches de agosto, cientos de manifestantes heridos fueron trasladados a los hospitales a los que tan solo hacía unas semanas habían donado dinero, material médico y comida para ayudar en la lucha contra el coronavirus. Nuestro personal sanitario estuvo de nuevo a la altura. Varios cirujanos hicieron turnos de noche suplementarios para operar a los heridos, mientras que otros trabajadores sanitarios se unieron voluntariamente a las protestas para prestar asistencia a los situados en primera línea. Algunos de estos trabajadores fueron apaleados por la policía.

Se avecinan cambios

Tal y como ocurrió en primavera, ni la represión ni el bloqueo de información pudieron impedir que la sociedad actuase. Los medios de comunicación independientes, cuyas páginas web fueron bloqueadas, siguen informando mediante canales de transmisión alternativa. Los activistas trabajan y se coordinan a través de mensajeros, sorteando así las restricciones de internet gubernamentales. Desde el inicio de la campaña electoral, la sociedad ha utilizado las redes sociales para recaudar más de un millón y medio de euros para ayudar a los reprimidos y a sus familias.

Mientras sigo las imágenes impactantes de las manifestaciones, me estremece la brutalidad estatal, que se comporta como un matón. Los manifestantes no son la oposición: son el pueblo, la esperanza y el futuro de este país. El régimen siempre ha trivializado a los opositores, tildándolos de pocos y débiles. Tras la pandemia y las elecciones, ahora se cuentan por millones. El régimen seguirá resistiendo, pero esta primavera y este verano, la sociedad bielorrusa se ha despertado. El país nunca volverá a ser igual. Se avecinan cambios.

Este artículo es la continuación del publicado el 12 de junio.

La página web de Iryna Vidanava, CityDog.by, recoge una lista de recursos útiles en inglés sobre las protestas en Bielorrusia.

Este artículo forma parte del proyecto Debates Digital, una serie de contenidos publicados digitalmente que incluyen textos y debates en directo de algunos de los escritores, académicos e intelectuales públicos más destacados que forman parte de la red Debates on Europe.

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