La UE, cuyo papel ha sido bastante opaco durante la cumbre de Copenhague, puede en todo caso ofrecer dos ejemplos claros a seguir en la necesaria construcción de una Autoridad mundial sobre el clima, objetivo lejano pero necesario para hacer respetar los acuerdos de control de emisiones entre los Estados. En primer lugar, es un ejemplo tecnológico, tanto por su sistema de comercio de emisiones contaminantes, como por la progresiva reducción de emisiones. Y, en segundo lugar, es un ejemplo por la propia realidad de su existencia, que muestra la posibilidad de construir una instancia supraestatal en la que se tomen decisiones vinculantes para los Estados, como defiendefrecuentemente José Ignacio Torreblanca, del think-tank ECFR (Consejo Europeo de Relaciones Exteriores).