La Unión Europea ha decepcionado, cansado y atracado tanto a sus ciudadanos, que acaba pasando desapercibida. Injusto o no, es un hecho patente, pero estamos equivocados si creemos que se reduce a la supervivencia burocrática de una ambición perdida. La Unión, sacudida por el crack financiero de 2008 y luego amenazada por las quiebras de Grecia e Irlanda, se ha visto obligada a enfrentarse a estas crisis repetidas y al contrario de lo que se piensa, acaba de vivir un primer instante de la Europa política.

La víspera del Consejo Europeo que el viernes examinará las propuestas franco-alemanas de pacto económico común, la derecha y la izquierda europeas se han reunido el pasado fin de semana, una en Helsinki, la otra en Atenas, para debatir este pacto, del que Nicolas Sarkozy ha impuesto el principio y Angela Merkel, el contenido. El Partido Popular Europeo, la derecha, no ha dicho mucho, ya que no podía contradecir a sus dos jefes de fila. Por su parte, la izquierda, el Partido Socialista Europeo (PSE), no sólo ha criticado un texto que, según exponía, "se guía por la voluntad de institucionalizar la austeridad y de debilitar nuestros modelos sociales y nuestros sistemas de protección social", sino que además ha formulado contrapropuestas que considera "socialmente responsables y económicamente creíbles".

Las propuestas de la socialdemocracia europea

El PSE propone el desarrollo de una "política industrial europea" que creará empleos mediante inversiones de futuro; la adopción de normas sociales comunes y sobre todo, un salario mínimo en cada país; la aplicación de una fiscalidad ecológica y de un impuesto sobre las transacciones financieras del 0,05% que "generaría 200.000 millones de ingresos complementarios al año"; la emisión de eurobonos, préstamos europeos destinados a financiar proyectos transfronterizos y a gestionar en común una parte de las deudas públicas; por último, espera volver a negociar las ayudas financieras destinadas a los Estados miembros en dificultades, con el fin de reducir los tipos de interés que se les han impuesto y prolongar el plazo de pago.

Estas propuestas de la socialdemocracia europea, de inspiración keynesiana, según la más pura tradición de la izquierda reformista, pretenden al mismo tiempo inflar el crecimiento y volver a equilibrar las cuentas públicas mediante el aumento del poder adquisitivo y la creación de empleo, fomentar la cohesión social y la cohesión económica entre Estados de la Unión Europea y disparar el desarrollo industrial con la inversión pública. Se trata del primer esbozo de un programa paneuropeo de las izquierdas europeas cuya adopción ha sido posible por el retroceso de las corrientes social-liberales del PSE a las que perjudicó el crack de Wall Street y, en general, por la gran vuelta a las ideas de regulación política de los mercados. Desde Escandinavia a Alemania, pasando por Gran Bretaña, los partidos social-demócratas vuelven ahora a sus fundamentos, mientras que las derechas europeas atemperan su liberalismo, tanto en Berlín como en París.

En Europa no sólo empieza a cambiar el clima político, sino que, algo más importante aún, desde hace tres años se impone cada vez más claramente la idea de las políticas económicas comunes en la Unión, con la aceptación de los 27 del principio de un "gobierno económico común", la permanencia del fondo de solidaridad financiera creado para rescatar a Grecia de la quiebra y, ahora, como traducción de esta evolución, la idea del pacto franco-alemán al que las izquierdas se oponen con su pacto alternativo.

Una evolución federal por la debilidad de las instituciones comunitarias

Aunque aún es de manera velada, la Unión tiende a convertirse en una democracia en sí misma en la que una mayoría (en este caso, de derecha) formula una política paneuropea, que la oposición europea rebate proponiendo sus propias ideas. Aún incierta y frágil, se inicia una metamorfosis, tan sorprendente porque es fruto de la necesidad y por lo tanto más sólida que la simple expresión de un voluntarismo; porque, paradójicamente, se debe a evoluciones de carácter federal como resultado del debilitamiento de las instituciones comunitarias en beneficio de los grandes Estados y porque las izquierdas alemana y francesa, cada vez más próximas y aún más en connivencia tras haber sido tan discrepantes, tienen bastantes posibilidades de volver al poder en 2012 y 2013.

Aunque no lo deseemos ni queramos creerlo, la Unión se vuelve a poner en marcha e, igual que se celebran reuniones comunes de los gobiernos alemán y francés, el PS francés y el SPD alemán acaban de confirmar en Atenas que sus direcciones tendrán a partir de ahora sesiones comunes. Ante lo que hace las veces de gobierno de Europa, se pone en práctica un "gabinete en la sombra" [shadow cabinet], un gobierno europeo de oposición.