Slavoj Žižek, uno de los principales pensadores de Occidente, y originario del "Oriente comunista", escribió el otro día en The Guardian:
Sí, el oeste liberal es hipócrita y aplica sus altas exigencias de manera muy selectiva. Así y todo, la hipocresía significa precisamente violar los valores que se pregonan, por lo que se abre la puerta a críticas internas: cuando criticamos al oeste liberal, usamos sus propios valores. Lo que Rusia ofrece es un mundo sin hipocresía, pues carecería de unos valores éticos globales y solo "respetaría" las diferencias por una cuestión pragmática. Ya sabemos lo que esto supondría debido a lo que ocurrió cuando los talibanes tomaron el poder en Afganistán. Inmediatamente después, estos cerraron un acuerdo con China, por el que China aceptaba el nuevo Afganistán y en contrapartida los talibanes pasaban por alto lo que China hace a los uigures. Esta es, a grandes rasgos, la nueva globalización que defiende Rusia. Y la única manera de defender lo que vale la pena salvar de nuestra tradición liberal es no dejar de insistir en su universalidad. En el momento en que nos guiamos por un doble rasero, somos igual de "pragmáticos" que Rusia.
Los rusos temen perder Ucrania para siempre
Una de las grandes causas de esta guerra (los rusos lo admiten abiertamente) es el miedo de perder Ucrania para siempre. De hecho, Ucrania ha entrado en una fase en la que se perderá para siempre. Y no necesariamente en un sentido administrativo o territorial, sino en un sentido mucho más profundo.
Nos referimos a que Ucrania se está desprendiendo de Rusia en un sentido casi metafísico, de alineación total, de tener unos valores completamente diferentes. Así, un espacio cultural común se convierte en un espacio ajeno, incluso hostil. Ocurre lo mismo con Bielorrusia. Rusia teme estar perdiendo su influencia y atractivo en un espacio que considera íntimamente suyo, y esa pérdida de identidad les aterroriza.
Este temor de perder definitivamente Ucrania, de que el país se aleje del "mundo ruso", produce a los rusos un temor y una angustia terribles. Ucrania es un síntoma de su miedo a autodestruirse. Si este miedo es fundado o no, no lo sé. Pero hay una causa importante. De hecho, hay más de una.
Durante más de 15 años he hablado de esto muchas veces con mis amigos rusos, bielorrusos y ucranianos. Hace más de diez años, me encontré en Kiev y Minsk con amigos de mi generación y lo hablé con ellos. Lo que más me llamó la atención fue que los jóvenes y urbanitas se sentían conectados a Varsovia, Berlín, Londres, Budapest, la Universidad centroeuropea o Estados Unidos.
En su mente, Moscú y San Petersburgo, ciudades que tienen cerca y que además son sus antiguas capitales, eran un ente más lejano que Nueva York. Este distanciamiento se ha producido en apenas 20 años. Sus padres y abuelos, quienes fueron educados en las dos capitales del imperio, tuvieron hijos y nietos que no querían tener nada que ver con estos dos nuevos centros.
El distanciamiento empezó en la época de la perestroika
Repito, esto ocurrió hace 30 años como mucho, durante el régimen de Putin, si bien empezó en la época de Yeltsin. La ruptura comenzó de manera radical, con mi generación en plena perestroika; cuando nos declaramos a nosotros mismos "los últimos americanos". Éramos más americanos que los propios americanos. Es una larga historia: explico este fenómeno en mi libro The Last Dingo Children [Los últimos niños dingo].
Mi premisa es simple: rebiata, queridos, os habéis equivocado de estrategia. Lo que quiero decir es que el Estado ruso, las dos capitales, los principales centros urbanos no tienen nada que ofrecer a los rusos: "El amor por la fuerza es violación", dice el proverbio ruso. ¿Dónde está el poder blando? Vâ je Imperia, sila, como dice Pelevin en Generation P –¿No sois el Imperio, una fuerza aplastante?
¿Dónde está el poder blando? ¿Qué quiero decir con esto? Me refiero a la economía, a grandes inversiones en educación, a universidades atractivas, a tecnología, a la cultura popular, a centros culturales y centros urbanos. ¿Dónde está todo esto? Destruido.
¿Qué hace la élite? Está saqueando el imperio, invirtiendo dinero en casas y yates, comprando fincas en Mónaco y Londres. Ha creado un país con quizás la mayor desigualdad del mundo y una economía basada en riquezas y saqueos. Ya ni siquiera el vodka se considera ruso. Y están invirtiendo en tanques. Aprende de tu hermano siamés, Estados Unidos. Pelevin explica bien este fenómeno. Podéis empezar con su libro Generation P.
El régimen de Putin en Rusia no es un modelo para nadie
Bueno, mientras no tengas nada que ofrecer y la gente tenga que arreglárselas sola, todo se basa en el saqueo, el comercio de petróleo, el abastecimiento y los tanques. Uno recoge lo que siembra. ¿El resultado? Lo tenemos ahora: una catástrofe. Todos se van porque no tienes nada que ofrecer: ni siquiera los jóvenes rusos quieren quedarse. ¿Quieres conseguir sumisión mediante tanques? Entonces conseguirás la muerte, la desintegración.
Recurrir a la fuerza es un signo de un Estado débil
A estas alturas puedo afirmar que Rusia no es un imperio, sino un Estado con restos de imperio: es un Estado reactivo y revanchista. ¿Dónde ha estado Rusia en estos últimos 20 años? ¿Dónde ha estado el régimen de Putin? Ha tenido 20 años. ¿Por qué no ha intentado defender sus intereses mediante el poder blando, la economía, la ciencia, la tecnología y la cultura? ¿Se estaban dedicando las élites a desvalijar a su país y a su gente? Ahora estamos recogiendo un revanchismo agresivo, un signo de pura impotencia.
Todo esto demuestra que el régimen de Putin en Rusia no es un modelo para nadie. El hecho de que recurra a la fuerza de una manera tan violenta nos indica que es un Estado débil, no fuerte. La guerra es la peor estrategia para la región, para el mundo y especialmente para Rusia a medio y largo plazo.
Las identidades no se construyen con tanques. Y una Rusia débil es aún más peligrosa que una Rusia racional, responsable y fuerte. Dios nos libre de una anarquía rusa.
Repito: esta guerra denota una impotencia absoluta. Es una reacción al estilo ruso (todo o nada), a riesgo de disolver el propio país. Es un acto de reinicio suicida, cuyas probabilidades de éxito son prácticamente nulas: no puedes enfrentarte solo al mundo utilizando tanques como única moneda de cambio. Cuando los tanques son los que negocian, la muerte está cerca. Pasa igual que con el ajedrez: hay que jugar con todas las piezas, no solo con el alfil.
Londres, la capital de la oligarquía rusa
Por otro lado, está Londres. Por poner un ejemplo: Londres solía ser la ciudad de la presuntuosa élite rusa. "Londresgrado" era la capital de la oligarquía rusa. Recuerdo bien la década de 1990, cuando legitimar el crimen era un estilo de vida. Los expertos de occidente nos garantizaron que no tenía nada de malo; se suponía que la terapia tenía que ser terapia de choque. Como bandidos y estafadores, bandidos que habían remplazado al Estado. Nunca olvidaré ni perdonaré que los foros internacionales legitimaran el crimen como estilo de vida. Algún día los oprimidos se vengarán.
Pero volvamos a lo que nos atañe. Me acuerdo bien de la actitud de los primeros oligarcas. Por ejemplo, el juicio emblemático que se celebró en Londres entre Berezovsky y Abramovich fue una locura. Dos oligarcas rusos llegaron al corazón del imperio financiero mundial (la élite buena) para ser juzgados. Todo parecía sacado de una película de mafiosos.
Se culpaban el uno al otro por grandes sumas de dinero. No hablamos de millones, sino de miles de millones de dólares. Fue un caso único en la historia. Las acusaciones revelaron cómo consiguieron esa fortuna: robando y saqueando la riqueza de un Estado enorme. Hablaban como los últimos condenados de la escuela soviética: amenazaban con degollar, amenazaban de muerte a las familias, con todo lo que conlleva el mundo criminal. Una razborka de auténticos ladrones. En Londres, en directo.
Una cosa estaba clara: dos criminales que saquearon un imperio estaban siendo juzgados en la capital de otro imperio, y pedían legitimar su fortuna robada. En un contexto judicial justo deberían haberlos arrestado, haberles quitado su fortuna y haberles hecho volver al Estado. Con todo lo que estas personas tenían en sus conciencias, desde Berezovsky y Abramovich hasta Khodorkovsky, la cárcel debería haber sido su único lugar de descanso. Unos fueron legitimados por Putin; otros, por Londres y otros foros occidentales. De hecho, pasó lo mismo con Putin. Durante más de 20 años estuvo sentado en la mesa con los buenos y todos comían del mismo pastel.
Un doble rasero
¿Qué fue lo que pasó en realidad entre los dos oligarcas? Se llegó a un acuerdo. Ambos consiguieron la nacionalidad británica, invirtieron en Londres todo el dinero que robaron a Rusia, y los mayores criminales de esa época, unos delincuentes de pleno derecho, se convirtieron en caballeros respetables y civilizados en la capital del antiguo imperio británico.
Uno de ellos se compró un club de fútbol con calderilla. El cinismo imperial británico no tiene límites: incluso los criminales rusos están impresionados. Todos se han mudado a "Londresgrado", como los mafiosos rusos han bautizado a la ciudad. Por respeto a la criminalidad de la nobleza británica, Rasputín empezó a hablar inglés y todos sus hijos fueron Oxford y Cambridge. Se convirtieron en descendientes respetables de la corona británica. Y así es como se fortaleció la nobleza imperial fiel a la corona: con robos y sangre.
¿Qué está pasando en Londres ahora? Se están confiscando sus fortunas. Un doble rasero: solo el cinismo imperial británico puede dar una verdadera lección de humildad al cinismo de los criminales imperiales rusos. Se tendría que haber hecho lo mismo en los 90. Pero… mejor no decir nada. ¿"Estado de derecho" y "Estado de excepción" siguen teniendo algún significado? Calla, que viene la policía del Ministerio de la Verdad.
Los tanques no pueden imponer amor
Vivimos en un mundo hipócrita, falso y engañoso, construido de manera esencialmente errónea y que no puede evitar generar guerra en algún momento determinado. Y temo que esto no ha hecho más que empezar.
Sin embargo, nada puede legitimar una guerra de ocupación. Nunca. Por eso el régimen de Putin acabará perdiendo esta guerra tarde o temprano, porque todos preferimos la hipocresía a la violencia. La hipocresía puede corregirse, criticarse, cambiarse. Todos preferimos el poder blando al amor impuesto por los tanques, que trae consigo la muerte de los inocentes.

En asociación con European Cultural Foundation
¿Aprecias nuestro trabajo?
Ayúdanos a sacar adelante un periodismo europeo y multilingüe, en acceso libre y sin publicidad. Tu donación, puntual o mensual, garantiza la independencia de la redacción. ¡Gracias!
