El contexto
Al examinar el mapa de despoblación de las zonas interiores del Mediterráneo, se puede observar que este es, en gran parte, superponible al mapa de las zonas afectadas por los incendios forestales registrado por los satélites. Esto no es nada nuevo para los investigadores que estudian los incendios y el cambio climático: la relación entre estos dos factores es bien conocida, pero no sería correcto atribuirles una causalidad sin tomar en cuenta muchos otros. Con el fin de comprender la relación entre los incendios y el abandono de las zonas rurales, visitamos los lugares donde se produjeron los incendios más devastadores en España, Italia, Grecia y Chipre en el verano de 2021.


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Primera parte. Italia y Grecia: fuego amigo y fuego enemigo
Sa Tanca Manna, el olivo milenario símbolo de Cuglieri, era un verdadero orgullo para los lugareños. Con dieciséis metros de altura y diez de anchura, se consideraba como el progenitor de todos los olivos de este rincón del noroeste de Cerdeña conocido por la calidad de su aceite, así como por ser un ejemplo de arqueología botánica. El árbol murió el verano pasado, víctima del voraz incendio que arrasó con el campo de Montiferru, quemando más de 20.000 hectáreas de tierra y devastando toda la economía local.
«Las llamas destruyeron más de la mitad de nuestros olivos, y la cosecha del otoño pasado fue tan pobre que produjimos menos de la mitad que el año anterior», afirma Laura Cocco, de 26 años, directora de la empresa aceitera Peddio, una de las muchas que sufrieron daños graves. «Muchos han replantado árboles, pero se necesitarán años, o quizá décadas, antes de que estos vuelvan a ser productivos como antes».

El incendio del Montiferru es uno de los muchos que asolaron Italia el verano pasado en el año más caluroso de la historia del país, con una destrucción de la superficie forestal cuatro veces superior a la media de la década anterior. La situación no fue mejor en el resto de Europa. Según el EFFIS, el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, en la Unión Europea, más de medio millón de hectáreas se convirtieron en cenizas en 2021. Este es el segundo peor dato jamás registrado a nivel continental. La región mediterránea fue la más afectada.
Sin embargo, si se observa la cifra global, el número de incendios en la orilla norte del Mediterráneo ha disminuido en las últimas décadas. Los que sí han aumentado son los llamados megaincendios, es decir, aquellos que cubren una superficie de más de mil hectáreas. La aparición de esta nueva generación de incendios está estrechamente relacionada con el cambio climático actual, que está creando cada vez más condiciones meteorológicas favorables para los incendios en la región mediterránea. Pero el cambio climático también se conjuga con otra tendencia que se está produciendo en toda la región mediterránea: el aumento de la superficie forestal.
No hace más de un siglo, cuando muchos países europeos aún dependían de la madera de sus bosques para construir edificios, embarcaciones e infraestructura, las zonas boscosas cubrían alrededor del 3% de la superficie del continente. Hoy en día, después de los planes de reforestación, la llegada de materiales de construcción más eficientes y el proceso de urbanización, el porcentaje ha aumentado a casi el cuádruple. En la zona mediterránea, donde los bosques se han expandido aproximadamente un 28% desde los noventa, la superficie forestal ocupa el 21% de la superficie terrestre.
El aumento ha sido particularmente pronunciado en Italia, donde los bosques han crecido un 75% en los últimos 80 años hasta cubrir casi la mitad del territorio nacional. Muchos de ellos han reaparecido en zonas rurales que han experimentado un abandono progresivo del ser humano y de las actividades asociadas a su presencia, como la agricultura y el pastoreo.
Por ejemplo, en los últimos diez años, el municipio de Cuglieri ha pasado de 2.980 habitantes a 2.500, perdiendo así el 20% de su población. En Italia hay 3.805 municipios (más de la mitad del total) que han perdido en promedio un 22% de sus habitantes, y el 44% de estos se encuentran en el sur y en las islas, las mismas zonas donde los incendios han aumentado en intensidad y frecuencia.
Por esta razón, según muchos expertos, considerar el número total de hectáreas quemadas por los incendios cada año como una medida para definir una buena o mala gestión forestal constituye una lógica en ocasiones engañosa. Francisco Moreira, experto en ecología forestal de la Universidad de Oporto, en Portugal, afirma que este paradigma contribuye parcialmente a dar vida a los incendios inéditos a los que nos estamos enfrentando desde hace unos años. Ante este nuevo tipo de suceso, las estrategias actuales, basadas esencialmente en la extinción de cualquier incendio, son muy ineficaces, y permiten que los megaincendios, una vez desencadenados, se extiendan de manera descontrolada e incontrolable, explica el experto.

Por ende, según sostiene Moreira, sería necesario «pasar de una lógica de supresión sistemática de incendios a una de mitigación de sus impactos negativos», priorizando la adopción de políticas que puedan evitar el surgimiento de condiciones propicias para estos devastadores acontecimientos en lugar de la inversión en nuevos aviones o equipos de extinción. «Uno de los desafíos principales para los bosques mediterráneos es evitar que los beneficios ecológicos del abandono de las zonas rurales (como la reforestación y el aumento de la capacidad de absorción de dióxido de carbono) se vean opacados por los efectos negativos de los incendios extremos».
Según Andrea Duane, investigadora especializada en la gestión de incendios del Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Cataluña, es necesario diseñar una gestión de incendios que garantice el buen funcionamiento de los ecosistemas. «Es crucial comprender el tipo y la extensión de la vegetación y su estructura para planificar un entorno que pueda absorber el dióxido de carbono y a la vez garantizar que no haya riesgos para los habitantes de estos lugares».
Con el abandono paulatino de las zonas rurales, los bosques se han llenado de arbustos y plantas que anteriormente se desbrozaban con el pastoreo, la recogida de madera para combustible y con incendios pequeños controlados por los lugareños para «limpiar» el sotobosque y evitar una acumulación excesiva de materia orgánica inflamable. Hoy en día, el abandono de estas actividades coincide con condiciones climáticas anómalas que convierten estas zonas en un enorme depósito de combustible listo para incendiarse.
De este modo, el acercamiento de los bosques a las zonas habitadas amenaza con afectar tanto a las viviendas como a la actividad agrícola, ejerciendo una mayor presión sobre los habitantes y la frágil economía agrícola. Además, los bosques mediterráneos constituyen el hábitat de tres cuartas partes de los mamíferos terrestres de estas regiones, cerca de la mitad de las especies de vertebrados mediterráneos y casi el 75 % de los insectos.
Eubea devastada
El incendio de la isla de Eubea, en Grecia, batió el récord de superficie quemada en el país, con 50.000 hectáreas reducidas a cenizas. El 70% de la zona era boscosa. Desde luego, el incendio de agosto de 2021 no fue el primero en la isla, pues en 1977, 2018 y 2019 se produjeron otros de gran magnitud. No obstante, este último ha devastado la economía local, vinculada con los productos del mismo bosque y con el turismo. El director de la agencia griega de medio ambiente y cambio climático (NECCA – ΟΦΥΠΕΚΑ), Ioannis Mitsopoulos, ha trabajado durante años en los pinares de Eubea, y considera que no se le puede echar toda la culpa al cambio climático. «Tiene mucho que ver con el uso de la financiación. Por cada diez euros destinados a la gestión forestal, dos se invierten en la prevención y ocho en la extinción de incendios en curso», afirma Mitsopoulos.

Moreira define esta lógica como una «trampa», es decir, invertir cada vez más en medios de extinción que funcionan en caso de incendios menores pero que resultan inútiles cuando se producen incendios excepcionalmente potentes, los cuales, sin embargo, se están tornando cada vez menos excepcionales. Por no mencionar que, hoy día, la extinción de cada incendio menor puede conducir a la acumulación de materiales inflamables que acabarán alimentando los megaincendios de mañana.
«La visión común de quienes viven en la ciudad y en zonas urbanas es que los incendios son acontecimientos externos no deseados y que siempre son catastróficos», declara Duane. Esto continúa y conduce a la exclusión de todos los incendios de nuestros sistemas sin tener en cuenta el efecto contraintuitivo que esto tendrá en los incendios extremos. «Muchas especies de plantas y animales incluso necesitan el fuego en cierta medida para reproducirse y proliferar. Lo que perjudica a la biodiversidad es el cambio de los regímenes de incendios, por ejemplo, en su frecuencia y extensión", argumenta Duane.
Antes de que las zonas rurales del Mediterráneo se despoblasen, la técnica del contrafuego era muy habitual en las comunidades rurales tradicionales. Esta consistía en prender fuego a zonas específicas del bosque que se encontraban en la trayectoria de un incendio mayor con el fin de frenar su avance. En las últimas dos o tres generaciones, y con leyes que la prohíben, esta práctica se ha abandonado a favor del uso de aviones y otros medios tecnológicos que además son más caros.

Hoy en día, la llamada «quema prescrita» retoma la lógica de quemar ciertas zonas forestales de manera preventiva y controlada con el fin de evitar que un eventual incendio, ya sea premeditado o por negligencia, logre alimentarse y convertirse en un acontecimiento extremo y devastador. En Australia y California, su adopción ha permitido limitar los daños que puedan sufrir los bosques de zonas mucho más extensas que los bosques mediterráneos, y que de otro modo serían enormes.
El problema de la expansión de los bosques es que, actualmente, entre el 60% y el 70% de estas zonas pertenecen a propietarios privados que deberían cuidarlos, pero que a menudo no lo hacen. «Por lo general, los propietarios privados que han heredado estas fracciones de bosque ya no tienen conocimientos sobre el uso del fuego con fines preventivos, por lo que no dan su consentimiento para las quemas prescritas», afirma Duane.

En la isla de Eubea, los bomberos voluntarios de Prokopi envían cartas todos los años a las autoridades para advertirles sobre el peligro inminente que supone la falta de gestión de los bosques privados. Según los voluntarios, el Estado no ha hecho lo suficiente para incentivar a los particulares a cuidar sus propios terrenos. El impacto económico y social a largo plazo del incendio de Eubea aún es incalculable. El alcalde de la localidad de Pappades, con 160 habitantes, en su mayoría ancianos, cree que este incendio provocará una muerte lenta del pueblo, ya que ningún joven estará interesado en ir a esta zona tan devastada.
El hotel de cabañas Forest Village, en Pappades, quedó parcialmente destruido por el incendio, lo que ha dejado sin trabajo a muchos lugareños que ahora se plantean trasladarse a otro lugar para buscar empleo. La pérdida de los olivos de Cuglieri, así como el impacto que esta tendrá en la producción de aceite en los próximos años y la pérdida de puestos de trabajo que habrá en el sector agrícola son igual de incalculables.
«Nuestra empresa tiene cuatro empleados y en el periodo de cosecha contratamos a 25 trabajadores temporales. Este año no hemos podido llamarlos», declara Laura Cocco refiriéndose a su almazara y a su explotación agrícola, que ha perdido el 40 % de sus olivos.
Se necesitará al menos una década para que la producción vuelva a los niveles previos al incendio, y este duro golpe a la frágil economía agrícola y turística provocará una mayor despoblación si no se encuentran incentivos concretos para quienes aún viven en estas zonas, emblemas de la vida rural mediterránea que se enfrentan a la crisis climática más grave jamás vista.
Este artículo forma parte de una investigación colaborativa entre los periodistas de CIVIO (España), MIIR (Grecia), Voxeurop (Europa) y periodistas independientes como Chloe Emmanouilidis (Chipre), Davide Mancini y Marcello Rossi (Italia).

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