El contexto
Al examinar el mapa de despoblación de las zonas interiores del Mediterráneo, se puede observar que este es, en gran parte, superponible al mapa de las zonas afectadas por los incendios forestales registrado por los satélites. Esto no es nada nuevo para los investigadores que estudian los incendios y el cambio climático: la relación entre estos dos factores es bien conocida, pero no sería correcto atribuirles una causalidad sin tomar en cuenta muchos otros. Con el fin de comprender la relación entre los incendios y el abandono de las zonas rurales, visitamos los lugares donde se produjeron los incendios más devastadores en España, Italia, Grecia y Chipre en el verano de 2021.


Descubra la investigación, incluyendo esta historia
Segunda parte. Chipre y España: paisajes olvidados
Frenar la despoblación y cuidar los bosques tiene una función tanto medioambiental como social. Muchos de los fondos de la Unión Europea destinados a este fin no se utilizan, y su impacto real no se mide. Los incendios del verano de 2021 en Chipre y España confirman una tendencia general en Europa mediterránea.

En el pueblo de Arakapas, en la isla de Chipre, el número de habitantes ha disminuido de 500 a 160 en treinta años, y la mayoría de ellos son jubilados. El verano pasado, esta localidad presenció el mayor incendio registrado en el país en los últimos diez años, con 4.500 hectáreas devastadas por las llamas. Al igual que la zona del Montiferru en Cerdeña, la isla de Eubea en Grecia, y muchas otras partes del Mediterráneo, las zonas internas de Chipre también han presenciado una disminución de su población desde el final de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la superficie forestal se ha expandido gradualmente durante el mismo periodo.
«En el pasado, las tierras agrícolas actuaban como una barrera contra el fuego, impidiendo su propagación. Por ejemplo, en los viñedos, solo se quemaba la primera o la segunda fila, no toda la cosecha, y el fuego no encontraba alimento. Hoy día, debido al abandono rural, la vegetación se ha fusionado con el bosque», explica Charalampos Alexandrou, director del departamento forestal nacional.
La dinámica del incendio de Arakapas es similar a la observada en otras regiones mediterráneas que se enfrentan a la despoblación, así como a olas de calor anormales, sequías y un aumento de las temperaturas provocadas por el cambio climático. Por ello, es cada vez más urgente adaptarse al nuevo escenario y avanzar hacia una política de prevención y megaincendios. Pero, si nos fijamos en los datos de los fondos europeos destinados a este fin y no utilizados, todavía nos encontramos muy lejos.
La financiación de las zonas forestales europeas es muy inferior a la de la agricultura, ya que solo representa el 1 % de la Política Agrícola Común (PAC). Esto, pese a que los bosques y las zonas forestales cubren el 45 % del territorio de la Unión Europea y se encuentran en un estado predominantemente «pobre» (54 %) o en mal estado (31 %), y solo el 14 % está clasificado como «en buen estado». El Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural agrupa la mayor parte de los fondos asignados a los bosques, fondos que pueden utilizarse para la conservación y restauración de las zonas forestales, e incluso con fines de prevención de incendios y mitigación del cambio climático.
Según un estudio del Tribunal de Cuentas Europeo, en el periodo 2014-2020, los países miembros solo utilizaron el 49 % de los fondos para medidas forestales, lo que supone 4.166 millones de euros. España e Italia son los dos países que más se han beneficiado de estos fondos, mientras que Chipre ocupa el último lugar de la clasificación.
El estudio señala que la escasa utilización de los fondos de la UE se debe a varios factores; en primer lugar, el hecho de que alrededor del 60 % de los bosques de la Unión Europea son propiedad privada. Muchos de los propietarios entrevistados declararon no haber solicitado ninguna subvención porque el proceso era «demasiado complejo o burocrático».
Para remediar esto e incentivar un mayor cuidado y prevención contra los yacimientos de los megaincendios, los cuales son cada vez más frecuentes debido al aumento de las temperaturas medias y las olas de calor, algunos de los entrevistados propusieron transformar el valor ambiental de los terrenos forestales privados en subvenciones directas para los propietarios con el fin de que los cuiden. Por ejemplo, brindar una forma de compensación por cada hectárea arbolada o en vía de reforestación perteneciente a propietarios privados a cambio de mantenimiento para evitar acumulaciones peligrosas de materia inflamable.
Incendios de sexta generación
«El incendio que hemos vivido es un incendio de sexta generación y es del tipo que veremos de ahora en adelante. Estos no queman tres o diez hectáreas, sino 20.000, como ocurrió aquí, y los daños causados continúan más allá del incendio». Esto lo cuenta Ana María Jiménez, representante del ayuntamiento de Sotalbo, un municipio de Ávila, donde en agosto del año pasado se produjo el mayor incendio registrado en la región.
Las consecuencias aún son notorias: todavía hay escasez de agua en varios pueblos de la zona debido a los daños que sufrieron las tuberías durante el incendio, que también contaminó la mayoría de los manantiales. «La intensa despoblación de las zonas rurales internas está llevando al territorio a una muerte lenta y silenciosa», advierte un reciente informe de WWF.

En el caso del incendio de Ávila, la zona forestal de la que surgieron las llamas es propiedad pública y, según Rodrigo Gandia, responsable de medio ambiente y territorio de la Junta de Castilla y León, recibía un mantenimiento regular. Pero para Ana María Jiménez no es así: «Estaba tan bien administrada que se quemaron 22.000 hectáreas», ironiza. Según ella, la falta de cortafuegos y la acumulación de arbustos, ramas y materia orgánica crearon las condiciones ideales para el megaincendio durante la ola de calor de agosto de 2021.

Otro problema detectado por el estudio del Tribunal de Cuentas Europeo concierne la metodología utilizada para evaluar el trabajo realizado mediante el uso de los fondos europeos asignados a las zonas forestales. De hecho, con el sistema actual, la Unión Europea simplemente se limita a tener en cuenta cuánto dinero se ha gastado. El problema es que este método no puede medir de ninguna manera los beneficios reales de los proyectos sobre la biodiversidad y la mitigación del cambio climático. Por lo tanto, no existen indicadores sobre el impacto de estas inversiones en los bosques, aun cuando algunas regiones han creado los suyos propios.
«Los incendios incontrolados provocan efectos negativos e irreversibles en tres escenarios», afirma Andrea Duane, investigadora del Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Cataluña, donde estudia cómo prever los cambios en los tipos de incendios y sus características. «Cuando los incendios son muy intensos, las altas temperaturas también destruyen las semillas, y las plantas no logran regenerarse.
También están los casos en que la zona quemada es tan amplia que las semillas transportadas de forma natural por las plantas aledañas no logran llegar al terreno quemado y regenerarse. O bien, aquellos en que, debido al cambio climático, los incendios son tan frecuentes, con largos periodos de sequía, que los árboles no pueden volver a crecer y prevalecen otras especies que se adaptan con más facilidad, como la maquia mediterránea».

La frágil economía agrícola de Europa mediterránea está en primera línea de los efectos de la crisis climática, como en Arakapas, donde Kostas Cheimonas, apicultor de 68 años perteneciente a una familia dedicada a las abejas desde hace generaciones, siempre ha vivido en armonía con el entorno gracias a la importante función de sus insectos polinizadores. Sin embargo, perdió 1.000 colmenas con las que producía miel, cuya venta era el principal ingreso económico para él y su familia. «La pérdida principal son los tres o cuatro años que tendremos que esperar para que esta vuelva a ser una región apícola. Ahora no queda nada», afirma con ansiedad, abriendo una de las colmenas recién instaladas.
Quienes han vivido toda una vida de su propia tierra tienen poco tiempo para la autocompasión, porque la resiliencia y el trabajo en condiciones adversas son un rasgo típico de quienes dependen del clima y la naturaleza de estas zonas marginales europeas. «El Mediterráneo debe su unidad a una red de ciudades y pueblos notablemente tenaz y constituida de manera temprana mucho más que al clima, la geología y el relieve: el espacio mediterráneo se formó en torno a ella, y esta lo anima y le brinda vida, escribió el historiador Maurice Aymard.
Pero, ¿quién queda para cuidar el paisaje mediterráneo? Evitar la despoblación de las zonas rurales significa recuperar la vitalidad y el conocimiento del mundo agrario, y, con los escenarios climáticos actuales, se convierte también en una acción necesaria para mitigar los daños ambientales y preservar el papel de los bosques en la captura de dióxido de carbono, evitando a la vez que generen nuevos y devastadores incendios cada verano.
Este artículo forma parte de una investigación colaborativa entre los periodistas de CIVIO (España), MIIR (Grecia), Voxeurop (Europa) y periodistas independientes como Chloe Emmanouilidis (Chipre), Davide Mancini y Marcello Rossi (Italia).

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