La diplomacia europea desarmada

Los europeos lideran el conflicto contra el régimen libio. Sin embargo, la Unión Europea está muda e impotente, sometida a las incoherencias alemanas y a la voluntad de los Estados miembros celosos de sus prerrogativas.

Publicado en 21 marzo 2011 a las 14:45

“La crisis libia habrá podido más que la política exterior común de la Unión Europea”, se lamenta Slate.fr. El sitio web de información recuerda, no obstante, que desde el Tratado de Lisboa, la UE cuenta con Catherine Ashton como alta representante de Asuntos Exteriores y de un Servicio de Acción Exterior, “una verdadera herramienta diplomática de la Unión, compuesto por unas 6.000 personas y con embajadores repartidos por todo el mundo”.

Ahora bien, “Asthon ha estado prácticamente ausente durante el movimiento que ha logrado la sublevación de los pueblos árabes”, señala Slate. “Ella misma ha explicado la razón con mucho candor. Sólo se puede pronunciar tras haber consultado con los veintisiete Ministerios de Asuntos Exteriores de los Estados miembros y tras haber obtenido una postura aceptable para todos. Este es la mayor parte del tiempo el mínimo común múltiplo. La expresión de una postura ‘europea’ se deja, como antaño, a los dirigentes de los países miembros y, sobre todo, a los más importantes de entre ellos. Si se trata de adoptar una postura sobre Egipto, Nicolas Sarkozy, Angela Merkel y David Cameron publican una declaración común. A los demás solo les queda sumarse a ella o manifestar su descontento mediante la abstención”.

Alemania ha jugado contra los intereses de la UE al abstenerse durante el voto del Consejo de Seguridad de la ONU que autoriza el uso de la fuerza contra Libia, estima también Slate. “Los alemanes intentaron explicar a posteriori que esta abstención tenía el valor de una aprobación. Pero el daño ya estaba hecho (…). Finalmente nos quedaremos con que Alemania se desunió de sus socios europeos, Francia y Gran Bretaña, y de su tradicional aliado estadounidense. Se encuentra de nuevo en la misma situación que en 2003, cuando el canciller Gerhard Schröeder, entonces líder de una coalición verdirroja, se opuso a la intervención estadounidense en Irak. La diferencia —esencial—, es que en aquel momento Berlín se encontraba del lado de París. Europa se dividió, pero Alemania no estaba aislada. (…) En la actualidad, su abstención en el Consejo de Seguridad la coloca en la misma categoría que Rusia y China”.

Incluso en la propia Alemania no se entiende bien esta postura. “Merkel aísla a Alemania” titula Handelsblatt. El diario económico destaca que el ministro de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle, repitió durante tres semanas que “el dictador no se puede quedar”. “Pedir el bien pero negando los medios. ¿Cómo se llama eso?”, se pregunta el comentarista Josef Joffe en el diario. “¿’Realpolitik’? ¿Lávame pero no me mojes? ¿Hipocresía?”, comenta Josef Joffe. Aun suponiendo que las reticencias de Berlín se deban a las muchas elecciones regionales que están teniendo lugar, “¿cuántos votos le puede costar el hecho de votar por el bien con el resto del mundo?”.

“En este caso, la solidaridad no es una frase desprovista de sentido, sino una perífrasis de la influencia”, analiza Joffe. “Renunciar a ella significa decir adiós a una política exterior común. O decir: ‘Queridos amigos árabes, os deseamos suerte en la democratización, y os mostramos nuestras condolencias si fracasáis’”.

“La afronta de Alemania a los europeos, a los estadounidenses y a los árabes solo revela testarudez aislacionista, autosuficiencia y confusión estratégica”, denuncia Welt am Sonntag. Con su abstención en Nueva York, “Alemania no solo pierde crédito como pilar fiable de la política global de seguridad”, indica el diario conservador. “En una cuestión de importancia primordial a nivel mundial, ha hecho estallar la ficción de una política ajena a la UE”.

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