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La incomprensible Alemania

Una potencia hegemónica pero que, consciente de su pasado, teme la idea de dominar. Obstinada, pero que pospone todo hasta la neurastenia. En la víspera de las elecciones del 22 de septiembre, las dificultades para entender a Alemania explican la abundancia de clichés y de definiciones elusivas por parte de sus vecinos.

Publicado en 17 septiembre 2013 a las 11:23

Berlín intenta disimular con cuidado los intentos de realizar un análisis psicológico de un poder evidente, agresivo, un poder que las capitales de la Unión no saben cómo contrarrestar. Toda Europa se nutre de estos estereotipos desde los inicios de la crisis y espera fascinada, inerte, el resultado de la votación. La renovación del Parlamento alemán el 22 de septiembre se producirá sólo unos meses antes de las elecciones europeas de finales de mayo. Dentro de la Unión, estas elecciones se consideran el primer acto de un drama que afecta al continente y cuya protagonista es la democracia enferma de Europa.

Es la historia de una Alemania que es y seguirá siendo una "pálida madre", como en la poesía de Brecht, impaciente por dejar de ser la que "entre todos los pueblos provoca la risa o el espanto". Lúcida en sus opiniones y dedicada a Europa, pero frenada por el nacionalismo de los países vecinos, con Francia a la cabeza. En las páginas del Guardian, el ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble corroboró este relato de ficción: "No queremos una Europa alemana. No les pedimos a los demás que sigan nuestro ejemplo".

Pero los alemanes son muy obstinados, aunque no lo quieran admitir. Wolfgang Schäuble invita a sus socios a no recurrir a los estereotipos nacionales, pero su razonamiento, su forma de minimizar, se convierten también en estereotipos. La espera pasiva del voto alemán es la confirmación de un poder hegemónico que se considera inmutable, ineludible, como lo son las políticas de austeridad que Berlín impone al hablar solo en nombre de todos los pueblos de la Unión.

Volver a la soberanía estatal

Las mentes más lúcidas son las de los intelectuales alemanes, los filósofos Jürgen Habermas y Ulrich Beck, el escritor Robert Menasse o el exministro de Exteriores Joschka Fischer. Desde el comienzo de la crisis, denuncian la regresión nacionalista de su país. Entre los partidos políticos, sólo los Verdes realizan su propio diagnóstico. Joschka Fischer, uno de sus dirigentes, acusa al Gobierno de haber despertado, más de 60 años después, la vieja obsesión de la "cuestión alemana".

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Angela Merkel es sospechosa de querer volver a una Europa de Estados soberanos: esa misma Europa basada en el equilibrio de fuerzas entre potencias competidoras que se enfrentaron durante las guerras de los siglos pasados y contra las que se erigió en los años cincuenta el baluarte de la Comunidad Europea.

Estas sospechas no son infundadas. [[La canciller ha ido abandonando progresivamente el europeísmo que había profesado en febrero de 2012 y de momento ha cerrado las puertas que había entreabierto]]. Ha sentido cómo se ha ido desarrollando a su alrededor un neonacionalismo (el reciente partido [Alternativa para Alemania] (4116341) (AfD) atrae a electores tanto de izquierda como de derecha) y se ha adaptado rápidamente a esta situación.

Un modelo maquiavélico

Tanto sus discursos como sus actos "carecen de cualquier núcleo normativo", como lamenta Jürgen Habermas. Por este motivo se posicionó junto a Reino Unido cuando [el primer ministro británico] David Cameron planteó su veto a cualquier aumento del presupuesto comunitario: juntos dijeron no a las políticas europeas cuyo objetivo fuera contrarrestar las curas de austeridad nacionales.

El 13 de agosto, en la televisión alemana, se libró de la carga: "Europa debe coordinarse mejor, pero creo que no todo debe hacerse en Bruselas. Es necesario plantearse la posibilidad de restituir ciertos aspectos a los Estados. Trataremos la cuestión después de las elecciones".

Para el escritor austriaco Robert Menasse, las raíces del mal que sufre el euro son más políticas y democráticas que económicas: residen en el poder que los Estados están recuperando, una reconquista que no es de hoy, sino que data del nacimiento, en lugar de una constitución federal, del Tratado de Lisboa de 2007. Efectivamente, desde entonces (en los consejos de ministros, en las cumbres de jefes de Estado y de Gobierno), los Estados empezaron a retomar la iniciativa, alegando una soberanía ilusoria pero no menos altiva, erosionando así cada vez más el poder de las instituciones supranacionales. Los fallos de concepción del euro son bien conocidos: se derivan de la ausencia de una unión política y económica. Pero respondemos a estos fallos reforzándolos, en lugar de reduciéndolos.

En una Europa en la que los Estados reinan a sus anchas, es inevitable que la mayor potencia económica sea la que dirija el barco. Y se dedica a ello sin malicia, hasta el punto que Ulrich Beck menciona el modelo de Maquiavelo cuando describe el imperio que Berlín ha instaurado accidentalmente: "Al igual que Maquiavelo, Angela Merkel ha aprovechado la oportunidad que se le presentaba, la crisis, y ha trastocado las relaciones de fuerza en Europa". [[La Unión dejó de ser una comunidad cuando se humilló a los "deudores-pecadores" [en alemán, "deuda" y "pecado" son la misma palabra] con la expresión de "periferia del sur de Europa"]]. Ahí es donde reside la explicación de la evaporación de cualquier "núcleo normativo" y de la volatilidad de las posturas alemanas: en los poderes que hay que restituir a las capitales, en una federación europea o una unión bancaria en un primer momento deseada y luego rechazada para proteger mejor los intereses de los bancos alemanes.

Lagunas de la memoria

Pero demos de nuevo la palabra a Ulrich Beck: "El príncipe, dice Maquiavelo, únicamente debe cumplir su palabra política de ayer si le aporta hoy un beneficio".

Los deseos de aislamiento del partido AfD aceleran esta regresión. Si el partido accede al Parlamento, el país cambiará de rostro, pero no se situará por ello al margen de Europa como hizo Reino Unido: su constitución le prescribe Europa (art. 23, enmendado en 1992), aunque la Europa deseada no sea federal.

El último estereotipo es el relativo a la memoria. En Alemania, la política de la memoria presenta lagunas singulares. Nos acordamos de la inflación de Weimar, pero no de la deflación ni de la austeridad adoptada en los años 1930 a 1932 bajo el mandato del canciller Brüning, que permitió el éxito electoral de Adolf Hitler. Nos acordamos del nacional-socialismo, pero no de lo que sucedió después: la reducción de la deuda alemana, generosamente acordada en 1953 por 65 Estados (entre ellos Grecia). Incluso el mito de la Alemania que aprende de la historia se disipa parcialmente, si no queremos dividir a Europa entre el centro y las "favelas": entre los santos y los pecadores que a lo sumo "se coordinan", olvidando de paso el nombre de "comunidad" que se atribuyeron hace tiempo y que abandonaron con descuido.

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