Un mal experimento en el laboratorio europeo

Por mucho tiempo considerada el prototipo de aquello en que podía convertirse la UE, Bélgica se enfrenta a unas elecciones que podrían llevar a su colapso definitivo. Para los otros Estados miembros, podría suponer el anuncio de un aumento de la división norte-sur.

Publicado en 11 junio 2010 a las 15:25

La última vez que Bélgica celebró elecciones generales, en 2007, hicieron falta 282 días para formar una coalición de gobierno con garantías. El país está llamado a unas nuevas elecciones el 13 de junio. La próxima coalición podría ser aún más difícil de formar.

Entre los hablantes de flamenco del norte del país encabeza las encuestas Bart De Wever, un bronco populista que califica a los francófonos del sur de “dependientes”, adictos a las transferencias de los adinerados flamencos. De Wever pretende partir en dos el sistema fiscal, así como el estado del bienestar y la mayor parte del gasto público. El rey y el país llamado Bélgica pueden seguir existiendo de momento, aunque la “evolución natural” de Flandes, según De Wever, es convertirse en un Estado independiente.

Entre los francófonos, que constituyen el 40% de la población belga, las encuestas sitúan en primer lugar a Elio Di Rupo, un socialista cuyo grito de batalla es la “solidaridad” entre los belgas (en otras palabras, la continuación de las transferencias desde Flandes). A pesar de que la deuda pública belga asciende al 99% de los ingresos nacionales, Di Rupo promete aumentos del gasto por encima de la inflación en salud y pensiones. De algún modo, la coalición que se forme deberá obtener el consentimiento de estos dos hombres.

El debate lingüístico en el centro de la campaña

La campaña electoral no ha rayado muy alto. Los líderes belgas apenas han hablado de la crisis económica más peligrosa que ha vivido Europa en toda una generación. En lugar de eso han debatido acerca de los derechos lingüísticos en varias comunas flamencas con gran cantidad de residentes francófonos, y otros asuntos locales por el estilo.

Durante años, la Bélgica federal creyó que podía ser el modelo de una Unión Europea donde los poderes fluirían en dirección descendente hacia las regiones, y ascendente hacia un superestado europeo, convirtiendo a las naciones en cáscaras vacías. No es extraño que los belgas estuvieran encantados con esta perspectiva: prometía la disolución de su problemático reino en unos Estados Unidos de Europa (con capital en Bruselas). Pero Europa siguió otro camino. Los Estados nación se revelaron más resistentes de lo esperado, y la política de la UE está dominada por unos pocos líderes nacionales de peso.

Pero estas elecciones han señalado a Bélgica como un modelo de otro tipo para Europa: una unión donde las divisiones norte-sur minan la integración económica y política. Consideren los eslóganes de De Wever: no sólo protesta por las transferencias de miles de millones de euros desde Flandes. También denuncia que los inspectores fiscales son más laxos en el sur del país. Refunfuña porque las autopistas de Flandes están plagadas de radares, mientras que las de Valonia no tienen cámaras. El ministro regional flamenco de economía, un colega de su partido, se queja de que la austera Flandes prevé tener superávit en 2011, mientras que los gobernantes de francófonos de Bruselas y Valonia pretenden mantener sus déficits otros cinco años.

Escasa presencia de Europa en las elecciones

En las elecciones celebradas el 9 de junio en los Países Bajos, inmediatamente al norte de Bélgica, Europa apenas tuvo ninguna presencia. Pero Mark Rutte, líder del partido liberal conservador VVD y probablemente el próximo primer ministro, prometió conseguir importantes recortes en los pagos de Holanda a la UE, y descalificó la ayuda europea a las regiones pobres como “reciclado de dinero”. Son las quejas propias de un choque cultural norte-sur, como demuestran los titulares de los periódicos alemanes que preguntan por qué los alemanes deben pagar a los griegos para que se retiren a los 55. Todo ello tiene importantes consecuencias para la UE. Europa está dividida en un bloque germánico, resuelto a salvar el euro mediante la disciplina presupuestaria, y un bloque del sur, liderado por Francia, que quiere salir adelante con propuestas como un abaratamiento del crédito mediante Eurobonos y transferencias de los ricos a los pobres en una “unión fiscal”.

Pero si los belgas, un país único con un tesoro único, tienen problemas para mantener la unidad de sus transferencias, ¿qué esperanza puede tener Europa de crear una desde cero? Los defensores de la “solidaridad” en el sur acusan a los norteños de egoísmo, pero eso es simplista: no se trata únicamente de dinero. Bélgica tiene aún otra lección que ofrecer a Europa: para que los votantes consientan en realizar transferencias de riqueza, deben sentir que sus beneficiarios responden democráticamente ante ellos. Los soñadores dicen que una unión de transferencia fiscal podría fundarse en la legitimidad del Parlamento Europeo.

En el mundo real, la mayoría de los votantes ni saben ni quieren saber quién los representa en el Parlamento Europeo. Si se intenta construir un proyecto demasiado pesado sobre unos cimientos tan débiles, se corre el riesgo de que se venga abajo. De acuerdo, dicen entonces los soñadores, pues que en las próximas elecciones europeas los presidentes de la Comisión Europea y algunos miembros del Parlamento Europeo sean votados en circunscripciones paneuropeas. Cuando el continente entre en la política paneuropea, todas las formas de unión presupuestaria y fiscal serán posibles. Todo suena bastante lógico, pero las divisiones democráticas de Europa son muy profundas. Pregunten si no a los belgas, un pueblo de 10 millones de personas que tiene problemas para construir una política pan-belga.

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