Trebujeni, Moldavia, julio de 2019. Una capilla en una cueva de monjes en el parque arqueológico de Orhei. Foto: Fotokon

“Haber nacido en la URSS es un estado mental”

Tatiana Ţîbuleac, nacida en 1978, en Chisináu, tenía 13 años cuando Moldavia declaró la independencia por la que su padre luchó durante toda su vida. Sin embargo, no fue capaz de hacer lo que todos esperaban de ella: cortar su vínculo con Rusia y el idioma ruso.

Publicado en 20 enero 2022
Trebujeni, Moldavia, julio de 2019. Una capilla en una cueva de monjes en el parque arqueológico de Orhei. Foto: Fotokon

Cuando mi padre falleció, volé a Chisináu y dormí una noche en su piso. Repartí sus trajes y corbatas entre los vecinos. Sus libros los dejé intactos. Al final, me senté en el borde de la cama y encendí el televisor. Apareció un canal ruso, una mujer joven estaba cantando una canción de amor, y me asusté tanto que arrojé el mando y me levanté de inmediato. Mi padre odiaba el ruso, mi padre odiaba a los rusos. 

Había algo fundamentalmente incorrecto en escuchar una canción de amor rusa en su casa, la casa de un hombre que ahora está muerto, pero que durante toda su vida había luchado contra el sistema soviético y había anhelado un idioma — el rumano. En ese momento le vi con claridad ante mí: un anciano lleno de arrepentimientos, con los puños apretados, con esa lengua extranjera amarrada alrededor de su cuello como una soga. Es en ese instante que comencé a llorar, por todo. 

Si en algún momento abandoné la Unión Soviética, fue esa noche.

Era una niña que había llegado después de los acontecimientos, pero lo que siempre se opuso entre nosotros como una cerca eléctrica no era eso, sino el idioma ruso. Mi padre nunca me perdonó que, cuando Moldavia proclamó su independencia, cuando en el 89 los moldavos recuperaron el alfabeto latino por el que habían luchado y algunos incluso muerto, yo no hubiese hecho lo que debía hacer: cortar mi relación con todo lo referente a Rusia. No hablar ruso nunca más, no leer nunca en ruso, dejar de tener amigos rusos. Eso era lo que se esperaba de mí. 


Archipiélago URSS: el 30º aniversario de la desintegración de la Unión Soviética

De la URSS a Maidán, el pasillo de la memoria
Back in the USSR, otra vez
La interminable desintegración de la Unión Soviética
Moldavia: “Haber nacido en la URSS es un estado mental”
En la Georgia soviética, la huida llegó a través del fútbol

No digo que no lo haya intentado, es solo que no lo logré. Me era difícil discutir con mi padre y mis amigos, que habían tenido que vivir los mejores años de su vida a medias, escondiéndose la mitad del tiempo, atemorizados. Los vi perder su salud, su trabajo, su familia, su dignidad, una cosa tras otra — todo por el mismo ideal: dejar la URSS y unirse a Rumanía. Me aplastaron con argumentos: abuelos deportados a Siberia, una madre nacida el Gulag, persecuciones, vidas diezmadas y carreras destrozadas. ¿Quién era yo después de todo? ¿Qué había escogido ser? Me pregunté esto por años. 


Mi padre odiaba el ruso, mi padre odiaba a los rusos


¿Por qué me era tan difícil odiar? Aun cuando el odio estaba justificado, cuando parecía lo correcto. 

Recuerdo que, en cierta mañana de otoño, seguramente alrededor del 91, todos en el patio de juegos nos dirigíamos a la escuela con nuestras mochilas, como lo habíamos hecho durante toda nuestra niñez. Luego alguien les gritó a los niños rusos que se fuesen a la estación de tren y luego a su casa, porque Moldavia ya no era su hogar. En esa época, aquel era un eslogan popular. No solo se oía en los patios de juegos, sino también en la televisión, en la prensa. Así comenzó la división. Luego sucedieron cosas graves: vecinos que dejaban de hablarse después de haber convivido en paz durante años, reuniones, violencia callejera, conflictos. 

Por fin teníamos el permiso para decirles a los “ocupantes” que ya no queríamos que viviesen con nosotros, o si no por lo menos que estuviesen de nuestra parte. Nuestro ideal era el ejemplo de los países bálticos, pero lamentablemente nos falló. Se presumió que el patriotismo efervescente de los moldavos brindaría a los rusos étnicos la determinación para aprender el rumano de la noche a la mañana. Esto no sucedió, sino que se desencadenó una guerra. La Guerra de Transnistria inició un año después y diezmó definitivamente el país. Una guerra inútil y brutal, una guerra de egos. Hasta la fecha, Moldavia todavía no ha recuperado a Transnistria de la influencia rusa. Hasta la fecha, Rusia no ha retirado sus tropas de la región, como había prometido. 

Tal como en la mayoría de los países exsoviéticos, Moldavia fue entonces testigo de años de renacimiento nacional. Esto significó mucho en el ámbito cultural: literatura, teatro, música, deporte. Los escritores, los artistas y los atletas de Moldavia ya no estaban sujetos a la etiqueta “soviética” en las finales, ya no estaban sujetos a pasar por el filtro del poder centralizado. El idioma rumano llegó a su hogar, al igual que el vínculo con la madre patria, por lo menos de manera ideológica. Siempre es difícil explicarles a los occidentales el entusiasmo que siente una persona al tener la autorización de utilizar su idioma con orgullo, al poder presentarse a sí misma con orgullo, pero sigo siendo lo suficientemente testaruda para continuar haciéndolo. 

Lo explico siempre que tengo la oportunidad de hacerlo. Es sobre todo en estos casos que tengo la impresión de hablar por varias personas que viven en mi interior: la nostálgica, la rebelde y la que desea venganza. Sin embargo, luego llegaron los años de transición (que nunca parecen terminar), con la crisis económica, la inflación, el tráfico de humanos y el debilitamiento de los sistemas sociales. Años de desempleo, de decepción, en los que Moldavia era la fuente constante de las noticias internacionales más controvertidas. Entonces recibimos el título del país más pobre de Europa y, poco después, el comunismo regresó oficialmente al poder. El entusiasmo inicial abrió el paso a un escepticismo amargo.


Siempre seré parte de las personas criadas entre dos idiomas, entre dos mundos. En cualquier lado y en ningún lado me sentiré en casa


¿Cuál es el verdadero significado de la independencia para los moldavos? Si tuviese que escoger uno en específico, elegiría primero el derecho de escoger. No obstante, siendo Moldavia un país pobre sin recursos naturales, el derecho de escoger siempre significó elegir a un hermano mayor: Rumanía, Europa, Rusia. Sin embargo, igual era una elección, algo que solo fue posible después de la desintegración de la URSS. Actualmente, más de un millón de moldavos viven en el extranjero por trabajo o estudios. La migración, en especial la de quienes son aptos para trabajar, es una de las costumbres más comunes, para la que sin duda pronto deberemos encontrar una alternativa. Al mismo tiempo, representa una gran oportunidad para que los jóvenes encuentren su lugar en el mundo en otras posiciones, con otras aspiraciones. 

Lo que más me atormentaba como escritora era la sensación de duda, de no estar haciendo lo correcto. Yo que no había tomado el camino extremo, un camino que muchos de mis congéneres habían tomado, mediante el cual se habían convertido en héroes nacionales y ejemplos, ¿tenía derecho a hablar sobre el pasado de mi familia? ¿Cómo podría haber escrito sobre deportaciones, sobre crímenes del régimen soviético si seguía hablando el idioma de los responsables de aquellos actos? Mudarme a Francia fue el último paso que me permitió ver las cosas desde un ángulo diferente. No más claro, sino diferente. 

También realicé la inevitable disección que todo niño nacido en la URSS debía experimentar en cierto punto. Descubrí todo un mundo criado en una cultura extranjera. Rusia era un parásito que atacaba el árbol y lo debilitaba, pero al final terminó convirtiéndose en el árbol mismo. Sí me habría sido posible cortarlo, pero esto habría significado cortar una buena parte de mi vida. Tuve que tomar una decisión para seguir adelante. En lo personal, dejé el odio atrás y separé el idioma del régimen, el político de la gente común. Es más difícil de lo que parece, pero es esencial, en especial cuando te encuentras entre extraños. No digo que lo haya logrado, pero sí lo intenté. 


Así como otros dicen que nacieron cerca del mar o de la montaña, nosotros decimos que nacimos en la URSS. No en un lugar, sino en un estado mental


Nunca seré solo una cosa o la otra. Siempre seré parte de la generación “intermedia”. Siempre seré parte de las personas criadas entre dos idiomas, entre dos mundos. En cualquier lado y en ningún lado me sentiré en casa.

En París tengo una estantería con algunos libros de mi infancia. Los tengo aparte, y todos en mi casa los llaman los libros de mamá. No porque yo los haya escrito, sino porque soy la única que puede leerlos. El idioma en el que están escritos ya no existe y nunca debió haber existido. Es el moldavo, un híbrido entre palabras rumanas y el alfabeto ruso, un idioma inventado por los soviéticos, que tenían un único propósito: mantenernos separados de Rumanía con el fin de controlarnos, de desarraigarnos. Es un idioma que, pese a estar extinto, aún nos atormenta. Me siento exactamente como esos libros — solo claros a medias, solo verdaderos a medias. Una mezcla de lo que soy y de lo que debería ser.

Treinta años después del rompimiento de la Unión Soviética, no siento gran cosa. No es una fecha que esté subrayada en rojo o en negro en mi calendario. Si no hubiese recibido la invitación para escribir este artículo, aquel habría sido un día como cualquier otro. Porque, de cierta manera, una parte de mí todavía está ahí, aunque el mapa mundial ahora diga lo contrario. Tengo amigos en las quince antiguas repúblicas hermanas. Intercambiamos mensajes, paquetes, preocupaciones y bromas que solo nosotros podemos entender. Es importante saber que hay personas a las que no necesitas explicarles tu pasado, incluso si vienen de otro país, de otra cultura. 

Así como otros dicen que nacieron cerca del mar o de la montaña, nosotros decimos que nacimos en la URSS. No en un lugar, sino en un estado mental. Puede que este haya sido un texto nostálgico. Quizá lo es. Pude haberme referido a caricaturas sin palabras, a competencias escolares en pequeños patios de juegos, a estanques y helados de paleta, a cartas con estampillas lamidas, a decenas de botellas recolectadas. A la amistad que trasciende las fronteras. A todas esas encantadoras singularidades que nunca perecerán en la vida de un sovok, un niño nacido y criado en la URSS, sin importar en qué parte del mundo terminen. Pero además de esto, de todos estos recuerdos que son como pequeñas luces, cada uno de nosotros siempre tendrá un precio que pagar. Yo he escrito sobre el mío. Porque la manera en la que eliges recordar el pasado te define como persona. 


Este artículo se publica en colaboración con la S. Fischer Stiftung y se traduce con el apoyo de la European Cultural Foundation.

¿Aprecias nuestro trabajo?

Ayúdanos a sacar adelante un periodismo europeo y multilingüe, en acceso libre y sin publicidad. Tu donación, puntual o mensual, garantiza la independencia de la redacción. ¡Gracias!

¿Eres un medio de comunicación, una empresa o una organización? Consulta nuestros servicios editoriales y de traducción multilingüe.

Apoya un periodismo europeo sin fronteras.

Haz una donación para reforzar nuestra independencia

Artículos relacionados