Ideas Guerra en Ucrania
El monumento al duque de Richelieu en lo alto de la escalinata Potëmkin. Giant staircase and Monument to Duc de Richelieu on Primorsky Boulevard in the city of Odessa, Ukraine. Panoramic view in a summer morning

“Ucrania es una belleza en sí misma”: el viaje a Odesa de Faruk Sehic

El autor bosnio Faruk Sehic viajó en coche desde Berlín hasta Ucrania. En este reportaje para el periódico Oslobodjenje de Sarajevo, publicado en julio de 2023, relata su experiencia en paralelo con la guerra en la que él mismo combatió en los años noventa del pasado siglo.

Publicado en 19 diciembre 2023 a las 16:55
Giant staircase and Monument to Duc de Richelieu on Primorsky Boulevard in the city of Odessa, Ukraine. Panoramic view in a summer morning Zarevv | Deposit Photo  | El monumento al duque de Richelieu en lo alto de la escalinata Potëmkin.

En Odesa he aprendido varios términos médicos nuevos para mí, como "torniquete", "parche torácico HALO" y "B.I.G." [acrónimo inglés de Bone Injection Gun (pistola para inyección en hueso) es decir, pistola para infusiones intraóseas].

Cosas de gran importancia para la vida de un soldado gravemente herido en el campo de batalla. Una vez, durante la guerra de Bosnia [en la que luchó el autor] improvisé un torniquete con mi camisa de manga larga y detuve la hemorragia de un hombre al que una granada de 120 mm sin detonar le había alcanzado en el muslo. Pequeña, había atravesado el tejado, un panel prefabricado y dos placas de hormigón (el resto lo describo en mi libro Pod pritiskom, "Bajo presión"). Cuando otro hombre, Cerim, resultó gravemente herido en el pecho no teníamos un parche torácico, pero teníamos un buen grupo de paramédicos, como Enes Hasanagic en mi unidad, hacia el final de la guerra en 1995.

En Odesa también llevábamos bolsas impermeables para los cadáveres y neoprenos y botas impermeables: una necesidad vital en aquella parte de Jersón inundada por el Dniéper tras la destrucción de la presa de Khalovka.

La debilidad del texto escrito se refleja, entre otras cosas, en el hecho de que no puedo representar plenamente la realidad que, por ejemplo, he vivido durante varios días en Ucrania. Sin embargo, vale la pena intentar describir por medio del lenguaje esa realidad en la que te has encontrado y que apenas acabas de dejar atrás.

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Foto: ©Faruk Šehić

Tan pronto como crucé la frontera entre Polonia y Ucrania por el paso fronterizo de Korczowa-Krakovets, sentí que me invadía una gran sensación de calma según me desplazaba por la amplia autopista sin peajes. Una calma que nos dominaba, igual que los árboles dominaban la carretera. En Ucrania todo parecía diferente, aunque Polonia fuese muy parecida en muchísimos aspectos. Viajábamos rápidamente por el paisaje de Ucrania y las imágenes pasaban a la velocidad de la luz.

Debieron ser el verdor, la exuberancia y el tamaño de los árboles, las ciudades, los pueblos, los ríos y los lagos lo que me hizo sentir más inmerso en la realidad, más que si estuviera en Berlín o Sarajevo; puede ser que la belleza esté en los ojos de quien la contempla, pero Ucrania es belleza en sí misma y ha entrado en mis ojos y en mi memoria. Como se suele decir, fue amor a primera vista. Pasamos la noche en una posada de carretera en la ciudad de Zólochiv, cerca de Lviv: por la tarde llovió como Dios manda y por la mañana continuamos hacia nuestro destino.

Mientras estábamos allí, escribí algunas ideas sobre Ucrania en las notas de mi iPhone.

"Incluso antes de emprender el viaje, sabía lo que me esperaba en una tierra devastada por la guerra porque, una vez que experimentas esos horrores, permanecen dentro de ti para siempre. Son como una brújula, un dispositivo para navegar en una realidad inusual. Están profundamente dentro de ti y se activan por sí mismos, cuando es necesario. Las personas que observan la guerra en las pantallas de sus teléfonos móviles y ordenadores portátiles piensan que un país en guerra se encuentra en un estado mágico y distorsionado, donde el horror reina continuamente y en todas partes (como en Bajmut). Esto no se corresponde con la verdad aun cuando sí hay un mínimo de verdad.

Foto: Faruk Šehić Odessa
Foto: ©Faruk Šehić

La diferencia es el contexto porque cuando caminas por las calles de Odesa eres profundamente consciente de que tu vida podría acabar en cualquier momento, pues sabes que pueden caer sobre ti misiles supersónicos. Cuando estás allí y ves que la vida, como una planta, está decidida a resistir todas las adversidades, te das cuenta de que esto sucede en un contexto diferente al de ciudades como Berlín o Sarajevo, que no están en guerra. Es exactamente este contexto el que determina el peligro inminente para la vida. Solo en la guerra se puede comprender el valor, la fragilidad y la nulidad de la vida.

En Ucrania respiro con naturalidad, mi corazón está más en paz que en Berlín. Es una paradoja que me esperaba, pero en cambio mi acompañante está preocupada por cómo comportarse si se llegara a producir una situación que provocara en mí el trauma de la guerra. Pero ha sucedido algo distinto, una aceptación normal del estado de guerra, porque en estas situaciones sé cómo ser eficiente y no despertar al perro dormido. Y así se puede entrar dos veces en el mismo río, porque la guerra es el mismo río".


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Es extraño mirar lo que la gente publica en las redes sociales, porque te encuentras inmerso en la tricentésima realidad (y allí se ven las cosas de otra manera). La realidad más allá de las fronteras ucranianas me resultaba extraña. No es que sintiera un silencioso desprecio hacia ella, pero sí que viera mejor la banalidad de las aspiraciones humanas. En contacto con un peligro mortal todo pasa a ser secundario ante la supervivencia.

Por supuesto, en mi primera noche en Odesa imaginé que un misil atravesaría mi ventana, pero estos misiles están hechos de tal manera que, en ese caso, destruirían todo el edificio del hotel. Entonces dejé de imaginar mi muerte y me quedé dormido tranquilamente. Mi amiga Kathryn se fue a la cama con los auriculares puestos para no poder oír los misiles y los drones. En realidad, ella fue más valiente que yo porque aunque tenía miedo, siguió adelante. De manera similar, superé el miedo durante la guerra de los noventa y aprendí a controlarlo.

En Ucrania todo funciona, no hay señales de caos ni desorganización, y aunque la guerra entra en su segundo año de luchas, es fascinante la limpieza y el orden de todo lo que ha pasado ante nuestros ojos. Durante todo el viaje de casi dos mil kilómetros, o durante mi estancia en las ciudades, no vi ni basura, ni bolsas de plástico, latas, botellas, colillas en los arcenes de las carreteras... La basura en Ucrania no llega a proliferar tanto como en Bosnia.

La infraestructura está cuidada. En el centro de Odesa observo a dos trabajadores mayores arrancando hierbajos y poniendo en su lugar flores en el parque. Es sábado por la mañana. Odesa está limpia y tranquila. Pero por la noche está rebosante de gente. Tirar una piedra a una ciudad tan hermosa es pecado mortal según la ley del sentido común. La vida aquí es más animada que en la mayoría de las ciudades europeas. Anoche no hubo ataques de drones ni de misiles. Escribí estas pocas frases banales en Instagram, con la intención de que la última dejara huella.

La gente se muestra sonriente, servicial, digna y culta. Soportan su desgracia con perseverancia esperando la victoria. Hay carteles gigantescos por todas partes que muestran al ejército ucraniano como el salvador (que lo es) y se invita a la personas a unirse a él. Como exsoldado puedo decir que ser soldado o combatiente es algo bueno, a pesar de que la experiencia de la guerra me haya enseñado algo más, pero eso es otra historia.

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Foto: ©Faruk Šehić

Los soldados de las fuerzas especiales tienen un aspecto atrayente y entre ellos se transmite la famosa arenga ucraniana: "Peremožemo!", "¡venceremos!".

En algunas vallas publicitarias y carteles también hay fotografías más realistas de soldados. En una de ellas se ve a un hombre con ojeras, rostro serio y decidido, no exento de una nota del sufrimiento y el horror que ha experimentado en su propia carne. En un artículo escribí que los rusos están luchando contra ellos mismos, dado que algunas de las mejores unidades del Ejército Rojo eran ucranianas y ahora he visto que lo mismo había dicho el payaso de la guerra Prigozhin.

En la frontera con Ucrania me atendió un guardia fronterizo que tenía ojos azules, cejas negras y una cara interesante y algo pícara que me dijo “Bosnia-Herzegovina” en tono amistoso al entregarme mi pasaporte una vez completado el proceso de cruce de frontera. Luego pasamos otro control y seguimos adelante por una amplia alameda.

En Ucrania cada pueblo tiene su propio lago. Devoro estos paisajes con voracidad, miro cómo el sol se pone sobre las cúpulas doradas y todo este mundo verde adquiere el tono oscuro que llega con el crepúsculo. Atravesamos varias óblasts (regiones), y la geografía cambia dependiendo de la proximidad al Mar Negro. Y todo lo que vemos es hermoso, enorme, espacioso, mientras que la avenida es interminable y sus diversos tramos se extienden a lo largo de diez kilómetros en línea recta. Hubiera sido bonito escribir un diario de viaje sobre este fascinante país, pero el contexto ha impuesto algo diferente.

Nada más llegar al excelente Hotel Continental, en la calle Deribasovska, nos dirigimos a los locales donde trabajan los jóvenes dedicados a la distribución de ayuda médica y militar. Descargamos el material sanitario, el que salva vidas humanas, neoprenos, bolsas para cadáveres...

Hablo principalmente con Oleksij, pero también están allí Slava, Mykola y Vitalij, la mayoría de ellos son de Jersón. Son jóvenes de entre 20 y 30 años, inteligentes y capaces, llenos de vida y de ganas de ayudar a su ejército, y realmente lo ayudan de la mejor manera. Mi compañera Kathrin pertenece a una organización humanitaria en Hannover y es ella quien se pone en contacto con los jóvenes de Odesa para preguntarles qué necesitan específicamente en cuanto a asistencia médica. Kathrin se lo proporciona todo (recogiendo donaciones en dinero) y por eso, cuando salimos de Berlín, tuve que sentarme con las rodillas en la guantera del coche. La parte de atrás del coche iba tan cargada que si hubiéramos abierto la puerta trasera muchas de las cosas que llevábamos se habrían caído al suelo. Y así es como recorrimos dos mil kilómetros en una dirección.

La mayoría de nuestros amigos llevan consigo un torniquete cuando están en Odesa. Para cuando se produzca alguna eventualidad. Oleksij pasó dos meses en Jersón durante la ocupación. Antes del 24 de febrero de 2022 tenía una casa con sauna y un yate. Todo se salvó, pero vivir hoy en Jersón sigue siendo como estar en primera línea.

Oleksij me dice que también hay personas en Odesa que no se consideran ucranianos, sino odesios y añade que, sin embargo, a medida que avanza la guerra, eso está cambiando poco a poco. A veces oigo hablar ruso en la calle, porque aquí se hablaba mucho ruso. La estatua de la zarina Catalina II ha sido retirada y en su lugar se encuentra la bandera de Ucrania. La placa con su nombre, en la plaza donde se encontraba, está hecha añicos. El monumento a Pushkin se ha encerrado en una especie de caja en la que hay fijadas una bandera ucraniana y la bandera negra y roja. En el oeste de Ucrania, lejos de Odesa, nos encontramos con muchas banderas negras y rojas.

El negro representa la tierra ucraniana y el rojo es la sangre de los combatientes por esta tierra. Los colores se remontan a la década de 1920, cuando esta bandera era el estandarte de un movimiento nacional y patriótico popular entre los jóvenes (algunos creen que estos colores son símbolos de resistencia y se remontan a cientos de años atrás). En general, la bandera indica la lucha revolucionaria por la supervivencia de la nación en tiempos pasados. Oleksij me dice que los soldados rusos tienen miedo de esta bandera y que en Polonia se la percibe de manera controvertida.

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Foto: ©Faruk Šehić

Quería ver la famosa escalera de la película "El acorazado Potemkin" (1924) de Sergei Eisenstein, pero está prohibido entrar y tomar fotografías. Está rodeada por sacos terreros y cintas rojas y blancas, custodiada además por soldados listos para el combate. Toda la parte antigua de la ciudad que da al mar (allí se encuentra el puerto más grande de Ucrania) está vedada a los civiles. También está prohibido tomar fotografías y respetamos estrictamente la prohibición.

Paseando por el parque Shevchenko vi muchos ciclistas equipados con los modelos más modernos de bicicletas de carretera, personas tatuadas como si acabaran de salir de algún antro nocturno de Berlín, jóvenes muy modernos que podrían proceder de cualquier otra ciudad europea.

Oleksij me cuenta cómo habían tenido que cambiar de mentalidad (atascada en el antiguo sistema soviético) para garantizar que el ejército pudiera abastecerse del equipamiento más moderno. Y, efectivamente, lo consiguieron. El día siguiente a nuestra llegada, parte del equipo médico que habíamos traído ya había sido entregado en el frente. Oleksij me mostró la fotografía de un soldado, según él un tártaro de Crimea, que había recibido el envío en el campo de batalla a través del correo de Nova Posta.

En una sala del edificio me muestra la diferencia entre el equipamiento de los soldados rusos y el de los soldados ucranianos. Todo el equipamiento ruso había sido requisado en el frente. Al abrir el botiquín de primeros auxilios con que se dota a un soldado ruso, se encuentran en su interior folletos religiosos con salmos y citas de la Biblia. Me recuerda a la unión de la Iglesia Ortodoxa Serbia y el ejército contra el que luchamos durante 44 largos meses, me recuerda a la manera en que los sacerdotes de la Iglesia Ortodoxa Serbia bendecían las armas utilizadas para asesinar a civiles y criminales de guerra. Luego me hizo ver la mochila militar de un paramédico ucraniano que actúa en primera línea. Dentro están las mismas cosas que trajimos de Alemania en coche. Un paramédico ucraniano no trata las heridas graves con citas bíblicas, sino con equipos de última generación que salvan vidas humanas.

La impresión general que me hice fue que los ucranianos ya habían ganado, al margen de cómo termine la batalla por la reconquista de los territorios temporalmente ocupados por los rusos. Están resistiendo con gran tenacidad y quieren apoyarse en Europa y en el progreso. Son fuertes y no creo que se lleguen a encontrar en la situación en que nos encontramos hoy en Bosnia (con un Ministro de Cultura que rehabilita a los criminales de guerra contra los que habíamos combatido) ni permitirán que colonizadores extranjeros les laven el cerebro a cuenta de la pacificación, como lo han hecho con nosotros después de la guerra.

Mientras íbamos saliendo del restaurante Kumanets, donde sirven auténtica cocina ucraniana, Slava y Vitalij me hacen comprender cómo la vida se entrelaza aquí con la guerra, como dos manos que se estrechan.

Por la noche, el sonido de una música en vivo llega a mis oídos, así que entro al local. Detrás de la mampara que delimita el espacio de reservados hay personas jóvenes muy guapas sentadas, hablando y escuchando música. Se sienten seducidas por la belleza de la vida y la magia de la noche que acaba de comenzar. El deseo de vivir se expresa con mayor fuerza en situaciones en las que tu vida podría terminar con la misma facilidad con que se apaga un cigarrillo.

Para decir "tilo" en ucraniano y bosnio utilizamos la misma palabra, "lipa". Por todas partes en las calles de Odesa hay hileras de tilos y plátanos. La ciudad huele a verano, pero está prohibido nadar en el mar debido a los desechos y residuos químicos que las aguas del Dniéper arrastran al Mar Negro tras la destrucción de la presa de Kajovka.

Cuando llegamos a la frontera, media hora antes de medianoche, recibimos un mensaje de Oleksij informándonos de que cuatro misiles Kalibr habían sido destruidos en el cielo nocturno de Odesa. Las explosiones fueron muy fuertes y brillantes. Tomo café en la estación de servicio "Okko" en una tacita de cartón negro y rojo con la inscripción: "Ojo por ojo". En otras tazas dice: "Diente por diente". Los beneficios de la venta del café se destinarán al ejército ucraniano.

Como nota final, incluyo aquí el mensaje de Oleksij que recibimos en Polonia cuando aún estábamos acercándonos a Ucrania:

"¡Odesa es hermosa! Alarmas aéreas 5 veces al día. Por la noche, cohetes, drones kamikaze. Romance..."

Seguimos con la mirada a unos enormes camiones militares que transportaban tanques cubiertos con lonas en dirección opuesta a la nuestra. Los ucranianos, en los coches que teníamos delante, tocaban la bocina a modo de saludo. Nadie sabe lo lejos o lo cerca que están el fin de la guerra y una paz justa. Espero que los rostros de nuestros amigos ucranianos finalmente se iluminen como el cielo azul de su bandera.

👉 Artículo original en Oslobodjenje
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