Costea Haiducu es viticultor. Este sexagenario vive en Stetcani, una aldea al norte de Chisinau, la capital de Moldavia. Aunque hoy en día la población de Stetcani no supera el centenar, esto no siempre ha sido así. “Los únicos que quedan son los mayores de 60 años como yo. La gente huye de este país y esto me produce una pena enorme. Es algo que se ha hecho normal en las aldeas de aquí”, se lamenta Haiducu. En cuanto los habitantes tienen la oportunidad de hacerlo, dejan tras de sí sus casas con la esperanza de una vida mejor en la capital o en el extranjero. Y tras este éxodo masivo, solo quedan aldeas desiertas de aspecto fantasmal.

“Los jóvenes no son los únicos que abandonan el país”, explica este hombre vestido con un mono de trabajo azul deslavado. Si bien la mayor parte de las personas suelen intentar ir a la capital, las más acomodadas toman directamente el camino hacia la Europa Occidental. Costea es una víctima directa de este éxodo: mi mujer se marchó a trabajar a Italia hace 10 años. La extraño mucho". Con lágrimas en los ojos este anciano regresa hacia su pequeña casa, dejando tras de sí el único camino asfaltado de la aldea.
Desde su independencia en 1991 tras el colapso de la URSS, este país incrustado entre Rumanía y Ucrania es uno de los más pobres de Europa. Del tamaño de Bélgica y con 2,6 millones de habitantes -un tercio de los cuales vive y trabaja en el extranjero-, Moldavia se ha visto a menudo dividida entre el autoritarismo y la democracia.
Son los pueblos del país los que han pagado el precio de esta inestabilidad: falta de inversión en infraestructura pública, falta de médicos y transporte público inexistente. “150 pueblos más podrían desaparecer en el próximo censo de población”, explica el demógrafo moldavo Valeriu Sainsus.

En las zonas rurales del país, los perros callejeros son a veces más numerosos que los humanos. Los esqueletos de casas abandonadas, a veces todavía en construcción, se van transformando poco a poco en nichos al inicio del invierno.
Caminos trillados del exilio
Los caminos del exilio, recorridos desde hace treinta años, están bien establecidos y no faltan medios para salir del país. Todos los miércoles y viernes se repite la misma escena en la estación de autobuses de Chisinau: a las 10:15 sale un autobús de la compañía EuropaTur hacia París. Colea, un moldavo de unos treinta años, se separa una vez más de su pareja para volver a su trabajo en Francia. Necesitará más de 20 horas de carretera para llegar a la capital francesa.
En 2023, más de un millón de moldavos viven en el extranjero. Aunque la mayoría de la diáspora vive hoy en Rumanía o Ucrania, miles de expatriados también trabajan en Italia o España. Es la mano de obra cualificada la que sale del país en esos autobuses. Moldavia depende económicamente de esta diáspora, que envía parte de su salario a las familias que se quedan en casa.
150 pueblos más podrían desaparecer en el próximo censo de población
Cuando no por las carreteras europeas, es por las vías férreas la forma en que los moldavos abandonan el país. A las 17:20, en la estación Gara Centru, el último tren soviético en Europa que conecta diariamente con Bucarest se prepara para partir. Los viajeros, a veces cargados con voluminosos equipajes que delatan una partida definitiva, descubren las rústicas literas que tendrán que soportar hasta las siete de la mañana siguiente.
Si para algunos este viaje es a menudo de ida sin vuelta alguna, otros están más acostumbrados. Como Edgar, profesor de 30 años en la Universidad Politécnica de Bucarest. Instalado y casado en Rumanía, forma parte de esta generación que nunca creyó en su futuro en Moldavia: “Sólo vuelvo dos o tres veces al año para ver a mis padres”, explica.

Instalada en el poder desde 2020, la presidenta Maia Sandu considera el ingreso en la UE su máxima prioridad. En la capital, cada bandera moldava colgada allí ondea al lado de la de doce estrellas. El 23 de junio de 2022, en el mismo momento en que lo hizo Ucrania, Moldavia consiguió el estatus de candidata a la adhesión. El gobierno vigente ve esta oportunidad como una mejora concreta y rápida de las condiciones de vida y, por ello, una disminución de la despoblación.
Sin embargo, la adhesión no habrá de poder materializarse antes de 2030. La corrupción y la presión rusa en Transnistria siguen siendo obstáculos importantes que serán difíciles de superar. Sin embargo, el Ministro del Interior moldavo, Adrian Efros, no se muerde la lengua cuando habla de la futura adhesión del país: "El ingreso en la Unión Europea traerá a Moldavia libertad, prosperidad, democracia y paz".
Las jóvenes generaciones moldavas ven con esperanza esta integración. Basta con echar una ojeada a la vecina Rumanía, que ingresó en la UE en 2007, para ponerse a soñar. En ciertas zonas rurales de Rumanía -y sin embargo, tan pobres como el campo moldavo- unas viviendas vetustas se codean con nuevas infraestructuras financiadas por Europa.
Mihai, de 20 años, es estudiante en la capital. Forma parte de la primera generación de moldavos que aprendieron inglés en la escuela, idioma que hoy domina sin problemas. Sorprendido al encontrarse con un periodista europeo en su país, Mihai defiende incondicionalmente el proyecto de adhesión. Explica que "espera de todo corazón que Moldavia pueda integrarse en la Unión Europea lo antes posible", para garantizar a la juventud un futuro en su país.
Este artículo se ha publicado en el marco del proyecto colaborativo Come Together
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