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Serbia, a favor de los verdugos de Putin

Mientras el mundo entero se ha unido para condenar la agresión de Rusia contra Ucrania, los medios de comunicación serbios glorifican los crímenes, celebrando la destrucción de las ciudades ucranianas y mostrando su apoyo incondicional al ejército ruso para que persista en la campaña contra su país vecino, tal y como observa con horror desde Belgrado el escritor Tomislav Marković.

Publicado en 21 julio 2022 a las 12:02

“¡Ucrania ataca a Rusia!” era el titular de una edición de febrero de Informer, el tabloide más famoso de Serbia, cuyo propietario y editor ha sido durante décadas confidente del presidente Aleksandar Vučić. Este título surrealista no es una excepción en la representación que hacen los medios de comunicación de la guerra en Ucrania, sino más bien la expresión descarnada de la "putinofilia" que lleva muchos años dominando Serbia. Mientras que el mundo entero se ha unido a la hora de condenar la agresión de Rusia contra Ucrania, los medios de comunicación bajo el control de Aleksandar Vučić se han dedicado a glorificar sin tapujos los crímenes. 

Tanto tabloides como portales web, diarios, semanarios y canales de televisión en todo el país celebran la destrucción de las ciudades ucranianas y muestran su apoyo incondicional al ejército ruso para que persista en la campaña contra su país vecino. Los editores y periodistas de estos medios de desinformación han caído en un profundo trance y el asesinato de civiles, el bombardeo de ciudades y la destrucción de monumentos culturales les llena de entusiasmo y euforia.

Mientras se celebraban manifestaciones en apoyo a los ucranianos en muchas ciudades del mundo, en Belgrado se organizaban grandes concentraciones en las que la multitud aclamaba a Vladimir Putin y se dibujaba la letra Z sobre el asfalto. El mundo entero se estremece al ver la cobertura de la guerra en tiempo real: cadáveres en las calles de Bucha, edificios en llamas en Kiev y Járkov, hospitales y colegios derribados, coches incendiados, civiles refugiándose de los bombardeos rusos en estaciones de metro y millones de refugiados huyendo del país. En cambio, los corazones de los putinófilos serbios saltan de gozo. En lugar de sentir compasión por las víctimas inocentes, se generaliza la comprensión por los criminales.

La neutralidad es imposible

Mientras sus lacayos en los medios de comunicación celebran la muerte y la destrucción, Aleksandar Vučić finge neutralidad política. Serbia votó a regañadientes a favor de la resolución de la Asamblea General de la ONU que condena rotundamente la agresión rusa y exige que el Kremlin cese de inmediato el uso de la fuerza contra Ucrania, pero insiste en negarse a imponer sanciones contra Rusia. Una multitud de autoridades europeas, senadores estadounidenses y otras misiones acudieron en masa a ver a Vučić para dejarle claro que había llegado el momento de posicionarse: ¿Serbia iba a ser parte de Europa o un aliado de Rusia? A pesar de toda la presión, Vučić sigue manteniendo a Serbia en el limbo, ni en la tierra ni en el cielo. Obviamente, no puede existir neutralidad ante la perversa campaña de Rusia contra Ucrania. Ser neutral mientras un verdugo asesina a una víctima significa estar a favor del verdugo.

La actitud concreta de Serbia con respecto a la guerra en Ucrania requiere una explicación adicional. Mientras que en otros países Sputnik y Russia Today se encargan de difundir la propaganda del Kremlin, en Serbia la mayoría de los medios de comunicación nacionales actúan como si fueran parte de la maquinaria rusa bajo el control directo de Vladimir Putin y la Roskomnadzor, la agencia federal de supervisión y censura de los medios y las comunicaciones.

Sin embargo, el problema no solo estriba en el ámbito de los medios de comunicación, que ya es el producto de políticas desastrosas. Serbia nunca ha renunciado a la ideología nacionalista de la “Gran Serbia”[WF3]  que fue el origen de las guerras en la antigua Yugoslavia. La única excepción fue el breve mandato de Zoran Đinđić, pero ese intento de volver a la civilización se interrumpió con su asesinato el 12 de marzo de 2003. El magnicidio fue cometido por las mismas fuerzas que financiaron las guerras e intentaron crear una Gran Serbia.

Los líderes políticos actuales fueron partícipes activos de la asociación delictiva conjunta [el término oficial del Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia, ICTY] en las guerras de los años noventa. El presidente Vučić fue un alto cargo en el Partido Radical Serbio del criminal de guerra condenado Vojislav Šešelj. Ivica Dačić, su socio de coalición y líder del Partido Socialista de Serbia, fue portavoz de Slobodan Milošević durante los crímenes de guerra y el genocidio.

Aleksandar Vulin, ministro de la policía y uno de los socios más cercanos de Vučić, comenzó su carrera como funcionario de Yugoslav Left, el partido fundado por Mirjana Marković, la mujer de Milošević. Jadranka Joksimović, la ministra actual de Integración Europea, fue editora del medio del Partido Radical Serbio Velika Srbija (Gran Serbia), cuyo nombre habla por sí solo.

Paz provisional 

Ningún funcionario político en Serbia ha admitido jamás que en Srebrenica se cometió un genocidio. En el ámbito estatal no se ha producido ningún acuerdo con el pasado. Al contrario: todas las élites políticas, de los medios de comunicación, culturales, eclesiásticas y sociales se unen al negar la responsabilidad serbia de los crímenes de guerra. La historia reciente se ha falsificado y la versión oficial es que los serbios siempre han sido las víctimas en todos los casos, nunca los criminales. Tras cumplir sus penas de prisión, los criminales de guerra vuelven a su país de origen, les reciben los más altos dignatarios, acceden a los comités centrales de los partidos gobernantes y se les ofrecen trabajos y espacios en los medios para exponer su versión de la verdad, algo incomprensible para el Tribunal de La Haya.

En infinidad de murales se muestra la imagen de Ratko Mladić con la consiga “Héroe serbio” en ciudades por toda Serbia. A quien se atreva a hablar de crímenes serbios se le declara un traidor y una turba enardecida en los medios de comunicación lanza de inmediato una campaña difamatoria contra el osado. En la Oficina de la Fiscalía para los Crímenes de Guerra, 2500 casos llevan años en fase de investigación previa al juicio, con el objetivo obvio de ocultarlos. Según los cálculos del Humanitarian Law Center, al menos 6000 criminales de guerra no condenados caminan tranquilamente por las calles de las ciudades serbias.

Para los nacionalistas serbios, el estado actual de paz es temporal, al igual que las fronteras en los Balcanes. Siguen soñando con un gran Estado serbio que abarque Kosovo, Montenegro, la República Srpska y partes de Croacia. Ese sueño no se puede hacer realidad con el orden actual de las cosas, pero los nacionalistas se mantienen pacientes.


Durante más de dos décadas, los nacionalistas han esperado a que Rusia entre en un conflicto decisivo con el “orden del nuevo mundo”, que declare la guerra al anticristo occidental, que derrote a los ateos de Europa y Estados Unidos


Tras la derrota en las guerras, se retiraron a sus guaridas para lamerse las heridas, avivar el odio hacia sus vecinos y mantener a la población en un estado constante de preparación para el combate a través de una ofensiva en los medios de comunicaciones. Tienen que aguardar al momento idóneo, hasta que las circunstancias internacionales cambien: esta es una de las principales narrativas de la propaganda rusa para el mercado serbio, repetida mil veces en artículos y apariciones públicas en las últimas décadas.

El nuevo orden de Putin

Durante más de dos décadas, los nacionalistas han esperado a que Rusia entre en un conflicto decisivo con el “orden del nuevo mundo”, que declare la guerra al anticristo occidental, que derrote a los ateos de Europa y Estados Unidos, y que se establezca un orden diferente en el planeta. Han depositado su fe en Putin como un mesías que creará un nuevo cielo y una nueva tierra. Se imaginan que el mandamás ruso será una versión actualizada de Slobodan Milošević, el dirigente de un imperio poderoso con un arsenal nuclear a su disposición.

Cuando las tropas rusas invadieron Ucrania, los putinófilos serbios pensaron que había llegado la hora de la confrontación final; creyeron que era el inicio de la gran agitación con la que el orden antiguo quedaría arrasado hasta los cimientos, y que surgiría un nuevo mundo de las ruinas, en el que la soberanía, las fronteras y los tratados internacionales no tendrían validez. En lugar del derecho internacional y otras bagatelas occidentales, prevalecería la ley de la jungla, como dicta la tradición autoritaria.

Y aquellos Estados que gozaran del favor del emperador del mundo entronizado en el Kremlin, como Serbia, obtendrían el derecho de acabar lo que habían empezado hace tres décadas: una ofensiva para exterminar y expulsar a otras naciones y religiones, con el fin de crear finalmente el gran Estado que han estado anhelando durante siglos, en el que quepa su imaginada magnificencia. Al fin y al cabo, la doctrina de los nacionalistas serbios considera que la mayoría de naciones vecinas son invenciones comunistas, al igual que la propaganda de Putin afirma que los ucranianos fueron una invención de Lenin. Todos son serbios equivocados, o más bien rusos: sencillamente se niegan a admitirlo y, por lo tanto, merecen ser castigados.

El entusiasmo por la agresión criminal de Rusia contra un país soberano puede parecer algo extraño para los desinformados, pero para los que vivimos en el corazón de las tinieblas es algo lógico y esperado. En un país cuyos héroes son Slobodan Milošević, Radovan Karadžić y Ratko Mladić, es lógico que se consideren héroes a Vladimir Putin o a uno de sus verdugos que mata civiles en Irpin, Mariupol y Járkov. La opinión pública, que en su mayoría piensa que la masacre en el mercado de Markake en Sarajevo fue un montaje y que los cadáveres descuartizados eran en realidad maniquíes, fácilmente se creerá el mismo tipo de propaganda sobre las masacres de civiles en Bucha.

Si las hienas de los medios de comunicación se mofan habitualmente de las víctimas del genocidio de Srebrenica en programas de televisión de máxima audiencia, ¿por qué no se iban a alegrar al ver a las víctimas de los crímenes de Putin? Tal y como dijo el gran escritor y pensador serbio Radomir Konstantinović hace tres décadas: “Vivimos en un mundo (si es que esto es vivir) en el que lo monstruoso se convierte en natural y lo natural en monstruoso”. Por desgracia, a día de hoy, su diagnóstico no ha perdido un ápice de precisión.

En asociación con S. Fischer Stiftung

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